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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON MOTIVO DEL VÍA CRUCIS DE LOS RECLUSOS
EN LA CÁRCEL ROMANA DE REBIBBIA

 

Queridos hermanos:

Me ha alegrado saber que, en preparación para la Pascua, realizaréis, en el centro penitenciario de Rebibbia, un vía crucis que será presidido por mi vicario para Roma, el cardenal Agostino Vallini, con la participación de los reclusos, la policía carcelaria y grupos de fieles de varias parroquias de la ciudad. Me siento particularmente cercano a esta iniciativa, porque sigue vivo en mi alma el recuerdo de la visita que realicé a la cárcel de Rebibbia poco antes de la pasada Navidad; recuerdo los rostros que encontré y las palabras que escuché, y que han dejado en mí una huella profunda. Por ello, me uno espiritualmente a vuestra oración, para dar así continuidad a mi presencia en medio de vosotros, y por esto doy las gracias en particular a vuestros capellanes.

Sé que este vía crucis quiere ser también un signo de reconciliación. En efecto, como dijo uno de los reclusos durante nuestro encuentro, la cárcel sirve para levantarse después de haber caído, para reconciliarse con uno mismo, con los demás y con Dios, y poder así reintegrarse en la sociedad. Cuando, en el vía crucis, vemos a Jesús que cae al suelo —una, dos, tres veces— comprendemos que él compartió nuestra condición humana; el peso de nuestros pecados lo hizo caer; sin embargo, tres veces Jesús se levantó y prosiguió el camino hacia el Calvario; y así, con su ayuda, también nosotros podemos levantarnos de nuestras caídas, y tal vez ayudar a otro, a un hermano, a levantarse.

¿Pero qué es lo que le daba a Jesús la fuerza de seguir adelante? Era la certeza de que el Padre estaba con él. Aunque en su corazón tenía toda la amargura del abandono, Jesús sabía que el Padre lo amaba, y precisamente este amor inmenso, esta misericordia infinita del Padre celestial lo consolaba y era más grande que las violencias y las afrentas que lo rodeaban. Aunque todos lo despreciaban y ya no lo trataban como a un hombre, Jesús, en su corazón, tenía la firme certeza de que era siempre hijo, el Hijo amado por Dios Padre.

Este, queridos amigos, es el gran don que Jesús nos ha hecho con su vía crucis: nos ha revelado que Dios es amor infinito, es misericordia, y lleva hasta el fondo el peso de nuestros pecados, para que podamos levantarnos y reconciliarnos y recobrar la paz. Tampoco nosotros, por tanto, debemos tener miedo de recorrer nuestro «vía crucis», de llevar nuestra cruz junto a Jesús. Él está con nosotros. Y con nosotros está también María, su madre y nuestra madre. Ella permanece fiel también al pie de nuestra cruz, y reza por nuestra resurrección, porque cree firmemente que, incluso en la noche más oscura, la última palabra es la luz del amor de Dios.

Con esta esperanza, basada en la fe, os deseo a todos que viváis la próxima Pascua en la paz y en la alegría que Cristo nos ha conquistado con su sangre, y con gran afecto os imparto la bendición apostólica, extendiéndola de corazón a vuestros familiares y a vuestros seres queridos.

Vaticano, 22 de marzo de 2012

BENEDICTO PP. XVI

 



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