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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS MUCHACHOS DE LA OBRA MISIONAL PONTIFICIA
DE LA INFANCIA MISIONERA


Sala Pablo VI
Sábado 30 de mayo de 2009

 

Me llamo Anna Filippone, tengo doce años, soy monaguilla, vengo de Calabria, de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi. Papa Benedicto, el papá de mi amigo Giovanni es italiano y su mamá, ecuatoriana; y él es muy feliz. ¿Crees que las diferentes culturas podrán vivir un día sin pelearse en el nombre de Jesús?

Entiendo que queréis saber cómo nosotros nos ayudábamos unos a otros cuando éramos niños. Os puedo decir que viví los años de la escuela primaria en un pequeño pueblo de 400 habitantes, muy lejos de los grandes centros. Por tanto, éramos algo ingenuos; en ese pueblo, había unos agricultores muy ricos y otros menos ricos pero acomodados; y también había empleados pobres, artesanos. Poco antes de que yo comenzara la escuela primaria, nuestra familia había llegado a ese pueblo procedente de otro; por eso, éramos casi extranjeros para ellos; incluso el dialecto era diferente. Por tanto, en esa escuela se reflejaban situaciones sociales muy diversas. Sin embargo, reinaba gran comunión entre nosotros. Me enseñaron su dialecto, pues yo todavía no lo conocía. La colaboración era buena, y debo reconocer que, como es natural, en alguna ocasión también nos peleábamos, pero después nos reconciliábamos y olvidábamos lo que había sucedido.

Esto me parece importante. A veces, en la vida humana parece inevitable pelearse; pero, en cualquier caso, lo importante es el arte de reconciliarse, el perdón, volver a comenzar de nuevo y no dejar amargura en el alma. Recuerdo con gratitud cómo colaborábamos todos: uno ayudaba al otro y seguíamos juntos nuestro camino. Todos éramos católicos, y naturalmente esto era una gran ayuda. Así aprendimos juntos a conocer la Biblia, desde la creación hasta el sacrificio de Jesús en la cruz y los inicios de la Iglesia. Juntos aprendimos el catecismo, aprendimos a rezar juntos, nos preparamos juntos para la primera confesión, para la primera Comunión, que fue un día espléndido. Comprendimos que Jesús mismo viene a nosotros y que no es un Dios lejano: entra en nuestra vida, en nuestra alma. Y, si Jesús mismo entra en cada uno de nosotros, nosotros somos hermanos, hermanas, amigos y, por tanto, debemos comportarnos como tales.

Para nosotros esta preparación para la primera confesión como purificación de nuestra conciencia, de nuestra vida, y después también para la primera Comunión como encuentro concreto con Jesús, que viene a mí, que viene a todos nosotros, fueron factores que contribuyeron a formar nuestra comunidad. Nos ayudaron a avanzar juntos, a aprender juntos a reconciliarnos, cuando era necesario. Hacíamos también pequeños espectáculos: es importante también colaborar, prestar atención a los demás.

A los ocho o nueve años me hice monaguillo. En aquel tiempo no había todavía monaguillas, pero las muchachas leían mejor que nosotros. Por eso, ellas leían las lecturas de la liturgia, mientras que nosotros éramos monaguillos. En aquel tiempo, todavía había muchos textos en latín que había que aprender; así, cada uno tenía que hacer su parte de esfuerzo. Como he dicho, no éramos santos: nos peleábamos, pero había gran comunión, en la que no contaban las distinciones entre ricos y pobres, inteligentes y menos inteligentes. Contaba la comunión con Jesús en el camino de la fe común y en la responsabilidad común, en los juegos, en el trabajo común. Éramos capaces de vivir juntos, de ser amigos; y aunque desde 1937, es decir, desde hace más de setenta años, no he vuelto a ese pueblo, seguimos siendo amigos. Aprendimos a aceptarnos unos a otros, a soportarnos unos a otros.

Esto me parece importante: a pesar de nuestras debilidades, nos aceptamos; y con Jesucristo, con la Iglesia, encontramos juntos el camino de la paz y aprendemos a vivir bien.

Me llamo Letizia y te quería hacer una pregunta. Querido Papa Benedicto XVI, cuando eras pequeño, ¿qué quería decir para ti el lema: "Los niños ayudan a los niños"? ¿Pensaste alguna vez que llegarías a ser Papa?

A decir verdad, nunca pensé que llegaría a ser Papa, pues, como ya he dicho, era un muchacho bastante ingenuo, en un pequeño pueblo muy alejado de las ciudades, en una provincia olvidada. Éramos felices de vivir en esa provincia y no pensábamos en otras cosas. Naturalmente conocíamos, venerábamos y amábamos al Papa —era Pío XI—, pero para nosotros estaba a una altura inalcanzable, casi otro mundo; era nuestro padre, pero una realidad muy superior a todos nosotros. Y tengo que decir que todavía hoy me cuesta comprender cómo el Señor pudo pensar en mí, destinándome a este ministerio. Pero lo acepto de sus manos, aunque es algo sorprendente y me parece que supera con mucho mis fuerzas. Sin embargo, el Señor me ayuda.

Querido Papa Benedicto, soy Alessandro. Quiero preguntarte a ti que eres el primer misionero: nosotros, los muchachos, ¿cómo podemos ayudarte a anunciar el Evangelio?

Una primera manera es colaborar con la Obra pontificia de la Infancia Misionera. Así formáis parte de una gran familia, que lleva el Evangelio al mundo. Así pertenecéis a una gran red. Aquí se ve representada la familia de los diferentes pueblos. Vosotros estáis en esta gran familia: cada uno hace lo que está de su parte y juntos sois misioneros, promotores de la obra misionera de la Iglesia. Tenéis un hermoso programa, indicado por vuestra portavoz: escuchar, rezar, conocer, compartir, ser solidarios. Estos son los elementos esenciales que constituyen realmente una forma de ser misionero, de hacer que crezca la Iglesia y la presencia del Evangelio en el mundo. Quiero subrayar algunos de estos puntos.

Ante todo, rezar. La oración es una realidad: Dios nos escucha y, cuando rezamos, Dios entra en nuestra vida, se hace presente entre nosotros, y actúa. Rezar es algo muy importante, que puede cambiar el mundo, pues hace presente la fuerza de Dios. Y es importante ayudarse para rezar: rezamos juntos en la liturgia, rezamos juntos en la familia. Es importante comenzar el día con una pequeña oración y también acabar el día con una pequeña oración: recordar a vuestros padres en la oración. Rezar antes de la comida, antes de la cena, y con motivo de la celebración común del domingo. Un domingo sin misa, la gran oración común de la Iglesia, no es un verdadero domingo: le falta el corazón del domingo, y la luz para la semana. Podéis también ayudar a los demás, especialmente cuando no se reza en casa, cuando no se conoce la oración, enseñándoles a rezar: al rezar con ellos se introduce a los demás en la comunión con Dios.

Luego hay que escuchar, es decir, aprender realmente lo que nos dice Jesús. Además, hay que conocer la Sagrada Escritura, la Biblia. En la historia de Jesús —como ha dicho el cardenal— descubrimos el rostro de Dios, aprendemos cómo es Dios. Es importante conocer a Jesús de forma profunda y personal. Así entra en nuestra vida y, a través de nuestra vida, entra en el mundo.

También hay que compartir, no querer las cosas sólo para uno mismo, sino para todos; compartir con los demás. Y si vemos que otro tiene necesidad, que tiene menos cualidades, debemos ayudarle, para hacer presente el amor de Dios sin grandes palabras en nuestro pequeño mundo personal, que forma parte del gran mundo. Así, juntos nos convertimos en una familia, en la que uno respeta al otro: soporta al otro en su alteridad, acepta incluso a los antipáticos, no deja que uno quede marginado, sino que lo ayuda a integrarse en la comunidad.

Todo esto quiere decir simplemente vivir en esta gran familia de la Iglesia, en esta gran familia misionera. Vivir los puntos esenciales como el compartir, el conocimiento de Jesús, la oración, la escucha recíproca y la solidaridad es una obra misionera, pues ayuda a que el Evangelio se haga realidad en nuestro mundo.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 



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