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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
EN EL ALMUERZO OFRECIDO POR EL COLEGIO CARDENALICIO,
CON MOTIVO DEL 60° ANIVERSARIO
DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL

Sala Ducal del Palacio Apostólico
Viernes 1 de julio de 2011

 

Queridos hermanos:

Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum (Sal 133, 1). Estas palabras del Salmo son para mí en este momento una realidad vivida. Vemos cuán hermoso es que los hermanos estén juntos y vivan juntos la alegría del sacerdocio, de estar llamados a la viña del Señor. Quiero darle las gracias de todo corazón a usted, cardenal decano, por sus hermosas, conmovedoras y confortadoras palabras, y sobre todo también por el donativo que me ha dado, porque así nuestro «estar juntos» se amplía a los pobres de Roma. No estamos sólo nosotros comiendo aquí; están con nosotros los pobres que necesitan nuestra ayuda y nuestra asistencia, nuestro amor, que se realiza concretamente en la posibilidad de comer, de vivir bien; en la medida de nuestras posibilidades, queremos actuar en este sentido. Y para mí es una señal importante que en esta hora solemne no estamos sólo nosotros, sino que están con nosotros los pobres de Roma, que son amados particularmente por el Señor.

Fratres in unum: la experiencia de la fraternidad es una realidad interna al sacerdocio, porque uno no es ordenado nunca por sí mismo sino que es incorporado en un presbiterio o, como obispo, en el colegio episcopal. Así el «nosotros» de la Iglesia se acompaña y se manifiesta en esta hora. Esta hora es un tiempo de gratitud por la guía del Señor, por todo lo que me ha dado y perdonado en estos años, pero también es un momento de memoria. En 1951 el mundo era muy diferente: no había televisión, no había internet, no había ordenadores, no había teléfonos móviles. El mundo del que venimos parece realmente prehistórico; y sobre todo nuestras ciudades estaban destruidas, la economía arruinada, había una gran pobreza material y espiritual, pero también una fuerte energía y voluntad de reconstruir este país y de renovarlo, especialmente en la Comunidad europea, sobre el fundamento de nuestra fe, e insertarse en la gran Iglesia de Cristo, que es el pueblo de Dios y nos guía hacia el mundo de Dios. Así comenzamos con gran entusiasmo y con alegría en aquel momento. Vino luego el momento del concilio Vaticano II, donde todas esas esperanzas que habíamos sembrado parecían realizarse; después, el momento de la revolución cultural de 1968, años difíciles en los que la barca del Señor parecía llena de agua, casi a punto de hundirse; y, sin embargo, el Señor, que en ese momento parecía dormido, estaba presente y nos guió para salir adelante. Eran los años en que trabajé junto al beato Juan Pablo II: años inolvidables. Y luego, por último, la hora totalmente inesperada del 19 de abril de 2005, cuando el Señor me llamó a un nuevo compromiso y, confiando sólo en su fuerza, abandonándome a él, pude decir el «sí» de ese momento.

En estos sesenta años ha cambiado casi todo, pero ha permanecido la fidelidad del Señor. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, y esta es nuestra certeza, que nos indica el camino hacia el futuro. El momento de la memoria, el momento de la gratitud, es también el momento de la esperanza: In te Domine speravi, non confundar in aeternum.

Gracias al Señor en este momento por su guía. Gracias a todos vosotros por la compañía fraterna. Que el Señor os bendiga a todos. Y gracias por el donativo y por toda la colaboración. Con la ayuda del Señor, sigamos adelante.

 



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