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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA COMUNIDAD DE LA FACULTAD TEOLÓGICA
PONTIFICIA
TERESIANUM


Sala Clementina
Jueves 19 de mayo de 2001

 

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con vosotros y unirme a vuestra acción de gracias al Señor por los 75 años de la Facultad teológica pontificia Teresianum. Saludo cordialmente al gran canciller, padre Saverio Cannistrà, prepósito general de la Orden de los Carmelitas Descalzos, y le agradezco las hermosas palabras que me ha dirigido; con él acojo de buen grado a los padres de la casa general. Saludo al rector, padre Aniano Álvarez-Suárez, a las autoridades académicas y a todo el cuerpo docente del Teresianum, y con afecto os saludo a vosotros, queridos estudiantes, carmelitas descalzos, religiosos y religiosas de distintas Órdenes, sacerdotes y seminaristas. Han pasado tres cuartos de siglo desde aquel 16 de julio de 1935, memoria litúrgica de Nuestra Señora del Carmen, cuando el entonces Colegio internacional de la Orden de los Carmelitas Descalzos en la urbe fue elevado a Facultad teológica. Desde el principio esta Facultad se orientó a la profundización de la teología espiritual en el marco de la cuestión antropológica. Con el paso de los años, se constituyó después el Instituto de espiritualidad, que junto a la Facultad teológica forma el grupo académico que lleva el nombre de Teresianum.

Considerando, con mirada retrospectiva, la historia de esta institución, queremos alabar al Señor por las maravillas que ha realizado en ella y, a través de ella, en los numerosos estudiantes que la han frecuentado. Ante todo, porque formar parte de esta comunidad académica constituye una experiencia eclesial peculiar, valorizada por toda la riqueza de una gran familia espiritual como es la Orden de los Carmelitas Descalzos. Pensemos en el amplio movimiento de renovación originado en la Iglesia por el testimonio de los santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Ese movimiento suscitó el resurgir de ideales y fervores de vida contemplativa que en el siglo XVI inflamó, por decirlo así, Europa y el mundo entero. Queridos estudiantes, en la línea de este carisma se sitúa también vuestro trabajo de profundización antropológica y teológica, la tarea de penetrar el misterio de Cristo, con la inteligencia del corazón que es a la vez un conocer y un amar; esto exige poner a Jesús en el centro de todo, de vuestros afectos y pensamientos, de vuestro tiempo de oración, de estudio y de acción, de todo vuestro vivir. Él es la Palabra, el «libro vivo», como lo fue para santa Teresa de Ávila, que afirmaba: «Dios ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades» (Vida 26, 5). Deseo a cada uno de vosotros que podáis decir con san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3, 8).

A este propósito, quiero recordar la descripción que hace santa Teresa de la experiencia interior de la conversión, tal como ella misma la vio un día delante de la imagen del Crucifijo. Escribe: «En mirándola... fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece que se me partía, y arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle» (Vida 9, 1). Con el mismo ímpetu, la Santa parece preguntarnos a nosotros también: ¿Cómo quedar indiferentes ante tanto amor? ¿Cómo ignorar al que nos ha amado con una misericordia tan grande? El amor del Redentor merece toda la atención del corazón y de la mente, y puede activar también en nosotros el admirable círculo en el que el amor y el conocimiento se alimentan recíprocamente. Durante vuestros estudios teológicos tened siempre la mirada dirigida al motivo último por el que los habéis emprendido, es decir, a Jesús, que «nos ha amado y ha dado su vida por nosotros» (cf. 1 Jn 3, 16). Sed conscientes de que estos años de estudio son un don precioso de la divina Providencia; don que es preciso acoger con fe y vivir diligentemente, como una oportunidad irrepetible para crecer en el conocimiento del misterio de Cristo.

En el contexto actual, reviste gran importancia el estudio profundo de la espiritualidad cristiana a partir de sus presupuestos antropológicos. Ciertamente, es importante la preparación específica que ese estudio proporciona, porque hace idóneos y habilita para la enseñanza de esta disciplina, pero constituye una gracia todavía más grande por el bagaje sapiencial que lleva consigo para la delicada tarea de la dirección espiritual. Como ha hecho siempre, la Iglesia sigue recomendando la práctica de la dirección espiritual, no sólo a quienes desean seguir al Señor de cerca, sino a todo cristiano que quiera vivir con responsabilidad su Bautismo, es decir, la vida nueva en Cristo. De hecho, todos, y de modo especial los que han acogido la llamada divina a seguirlo más de cerca, necesitan ser acompañados personalmente por un guía seguro en la doctrina y experto en las cosas de Dios; este puede ayudar a evitar fáciles subjetivismos, poniendo a disposición su bagaje de conocimientos y experiencias personales en el seguimiento a Jesús. Se trata de instaurar la misma relación personal que el Señor tenía con sus discípulos, el vínculo especial con el que los condujo, tras de sí, a abrazar la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42), es decir, a abrazar la cruz. También vosotros, queridos amigos, en la medida en la que seáis llamados a esta tarea insustituible, atesorad todo lo que habéis aprendido durante estos años de estudio, para acompañar a todos los que la divina Providencia os confíe, ayudándoles en el discernimiento de los espíritus y en la capacidad de secundar las mociones del Espíritu Santo, con el objetivo de conducirlos a la plenitud de la gracia hasta llegar —como dice san Pablo— «a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4, 13).

Queridos amigos, procedéis de todas las partes del mundo. Aquí en Roma vuestro corazón y vuestra inteligencia son impulsados a abrirse a la dimensión universal de la Iglesia; son estimulados a sentire cum Ecclesia, en profunda armonía con el Sucesor de Pedro. Os exhorto, por tanto, a vivir una capacidad de amar y de servir a la Iglesia cada vez mayor y más apasionada. En este tiempo pascual, pedimos al Señor resucitado el don de su Espíritu, y lo pedimos sostenidos por la oración de la Virgen María; ella, que en el Cenáculo, junto con los Apóstoles, invocó al Paráclito, os obtenga el don de la sabiduría del corazón y atraiga una renovada efusión de dones celestiales para el futuro que os espera. Por intercesión de la Madre de Dios, y de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, imparto de corazón la bendición apostólica a la comunidad del Teresianum y a toda la familia carmelita.

 



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