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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA CONFEDERACIÓN DE CULTIVADORES DIRECTOS

Sala Clementina
Viernes 22 de junio de 2012

 

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros con ocasión de vuestra asamblea, que tiene como tema: «Agricultura familiar para un desarrollo sostenible». Este encuentro me ofrece la oportunidad de expresar a la Coldiretti mi aprecio por el compromiso en favor de las familias que viven y trabajan en las áreas rurales italianas. Os saludo a todos con afecto, empezando por el presidente nacional, doctor Sergio Marini, a quien doy las gracias por las palabras con que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos. Saludo asimismo al consiliario nacional, al Consejo nacional y a los demás dirigentes de vuestra benemérita confederación.

La sociedad, la economía y el trabajo no representan ámbitos únicamente seculares, y mucho menos extraños al mensaje cristiano, sino espacios para fecundar con la riqueza espiritual del Evangelio. De hecho, la Iglesia nunca es indiferente a la calidad de la vida de las personas, a sus condiciones laborales, y advierte la necesidad de preocuparse del hombre y de los contextos en que este vive y produce, para que sean lugares cada vez más auténticamente humanos y humanizadores. A este respecto, el siervo de Dios Pablo VI señalaba que «la Iglesia siempre ha dedicado especial atención a la gente del campo, abriendo el camino a su elevación humana y moral, y ayudándola a realizar su misión con dignidad y conciencia de su valor espiritual y social» (Discurso a los cultivadores directos italianos, 19 de abril de 1972: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de mayo de 1972, p. 10).

En esta solicitud, la Iglesia se alegra de implicar también a las diversas asociaciones, como la vuestra, que inspiran su acción en los principios de la doctrina social católica. A través de esta, de hecho, la Iglesia «actualiza en los acontecimientos históricos el mensaje de liberación y redención de Cristo, el Evangelio del Reino; (…) enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina» (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 63).

Precisamente en la Coldiretti, la enseñanza católica conoció uno de sus «laboratorios» más fértiles en materia de ética social, gracias a la intuición y a la sabiduría clarividente de su fundador Paolo Bonomi, que actuó a la luz del Evangelio de la caridad y en la estela del Magisterio social de la Iglesia. Fue una persona que estuvo muy atenta a la promoción de los agricultores, capaz de ofrecerles orientaciones y criterios claros, que siguen siendo sustancialmente válidos en nuestros días. Sed dignos herederos de un patrimonio ideal tan rico. Hoy en día, a vosotros os toca, permaneciendo fieles a los valores adquiridos, poneros en diálogo valiente con las nuevas condiciones de la sociedad. Además, se os han pedido una nueva conciencia y un esfuerzo ulterior de responsabilidad hacia el mundo agrícola. Sentíos implicados en esta misión. Que cada uno se comprometa, en el papel que desempeña, a sostener los intereses legítimos de las categorías que representa, actuando siempre con paciencia y clarividencia, con el fin de valorar los aspectos más nobles y distintivos de la persona humana: el sentido del deber, la capacidad de compartir y de sacrificio, la solidaridad, la observancia de las justas exigencias del descanso y de la regeneración corporal y más aún espiritual.

Sé muy bien que estáis comprometidos en continuar vuestro servicio de testimonio evangélico en el ambiente agrícola y pesquero, resaltando aquellos valores que hacen de la actividad laboral un instrumento valioso para la realización de una convivencia más justa y humana. Pienso en el respeto de la dignidad de la persona, en la búsqueda del bien común, en la honradez y en la transparencia en la gestión de los servicios, en la seguridad alimentaria y en la tutela del ambiente y del paisaje, y en la promoción del espíritu de solidaridad. Os animo a proseguir en esta obra, convirtiéndoos vosotros mismos, cada vez más, en fermento de vida buena, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14).

La persistente crisis económico-financiera, con las consiguientes incógnitas, sitúa a los emprendedores agrícolas y pesqueros ante retos nuevos y ciertamente difíciles, que vosotros estáis llamados a afrontar como cristianos, cultivando un renovado y profundo sentido de responsabilidad, dando prueba de solidaridad y participación. Considerando que en la raíz de la actual dificultad económica hay una crisis moral, esforzaos con diligencia para que las instancias éticas mantengan el primado sobre cualquier otra exigencia. En realidad, es preciso poner remedio allí donde está la raíz de la crisis, favoreciendo el redescubrimiento de aquellos valores espirituales de los cuales después surgen las ideas, los proyectos y las obras. Como recordé en la encíclica Caritas in veritate, «hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor» (n. 21). En este terreno ético, es necesario que la familia, la escuela, el sindicato y las demás instituciones políticas, culturales y cívicas realicen una labor importante de colaboración y de enlace, de estímulo y de promoción, sobre todo en lo que concierne a los jóvenes. Estos están llenos de propósitos y de esperanzas, buscan con generosidad construir su futuro y esperan de los adultos ejemplos válidos y propuestas serias. ¡No podemos defraudar sus expectativas!

Queridos amigos, esforzaos no sólo para que se tutele oportunamente a las empresas agrícolas y a los cultivadores directos, sino también para que se pongan en práctica adecuadas políticas sociales en favor de la persona y de su profesionalidad, considerando especialmente el papel crucial de la familia para toda la sociedad. Os animo a perseverar en vuestra obra educativa y social, llevando adelante con generosidad vuestros proyectos de solidaridad, de modo especial en favor de los más débiles y menos garantizados. A través de vuestra acción social testimoniáis la novedad del Evangelio, y por eso necesitáis una constante referencia en Cristo, en la oración, a fin de sacar la energía espiritual necesaria para dar nuevo vigor a vuestro compromiso. Por mi parte, os manifiesto el afecto y el apoyo de la Iglesia y, a la vez que encomiendo al Señor las alegrías y las fatigas cotidianas de cuantos trabajan en el sector agrícola y pesquero, os imparto de corazón una especial bendición apostólica a vosotros, a vuestras familias y a todos los miembros de vuestra asociación.

 



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