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MOVIMIENTO ECLESIAL DE COMPROMISO CULTURAL,
FEDERACIÓN DE ORGANISMOS CRISTIANOS
DE SERVICIO INTERNACIONAL VOLUNTARIO
MOVIMIENTO CRISTIANO DE TRABAJADORES

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aula Pablo VI
Sábado 19 de mayo de 2012

 

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros esta mañana en este encuentro que reúne al Movimiento eclesial de compromiso cultural, a la Federación de organismos cristianos de servicio internacional voluntario y al Movimiento cristiano de trabajadores. Saludo con afecto a los hermanos en el episcopado que os apoyan y os guían, a los dirigentes y responsables, a los consiliarios y a todos los socios y simpatizantes. Este año vuestras asociaciones festejan los aniversarios de fundación: ochenta años el Movimiento eclesial de compromiso cultural; cuarenta años la Federación de organismos cristianos de servicio internacional voluntario y el Movimiento cristiano de trabajadores. Estas tres realidades son deudoras de la sabia obra del siervo de Dios Pablo VI, quien, en calidad de consiliario nacional, sostuvo los primeros pasos del Movimiento de licenciados de la Acción católica en 1932, y, como Pontífice, el reconocimiento de la Federación de los organismos cristianos de voluntariado y el nacimiento del Movimiento cristiano de trabajadores, en 1972. A mi venerado predecesor se dirige nuestro recuerdo y nuestra gratitud por el impulso que dio a estas importantes asociaciones eclesiales.

Los aniversarios son ocasiones propicias para pensar nuevamente en el propio carisma con gratitud y también con mirada crítica, atenta a los orígenes históricos y a los nuevos signos de los tiempos. Cultura, voluntariado y trabajo constituyen un trinomio indisoluble del compromiso diario del laicado católico, que quiere hacer incisiva su pertenencia a Cristo y a la Iglesia, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública de la sociedad. El fiel laico se pone propiamente en acción cuando entra en uno o más de estos ámbitos y, en el servicio cultural, en la acción solidaria con las personas necesitadas y en el trabajo, se esfuerza por promover la dignidad humana. Estos tres ámbitos están unidos por un común denominador: el don de sí. En efecto, el compromiso cultural, sobre todo el escolar y el universitario, orientado a la formación de las futuras generaciones, no se limita a la transmisión de nociones técnicas y teóricas, sino que implica el don de sí con la palabra y con el ejemplo. El voluntariado, recurso insustituible de la sociedad, conlleva no tanto dar cosas cuanto darse a sí mismo en la ayuda concreta a los más necesitados. Por último, el trabajo no es sólo instrumento de ganancia individual, sino también ocasión para expresar las propias capacidades dedicándose, con espíritu de servicio, a la actividad profesional, ya sea obrera, agrícola, científica o de otro tipo.

Pero para vosotros todo esto tiene una connotación particular, la cristiana: vuestra acción debe estar animada por la caridad; esto significa aprender a ver con los ojos de Cristo y dar al otro algo más que las cosas necesarias exteriormente, darle la mirada, el gesto de amor que necesita. Esto nace del amor que proviene de Dios, quien nos ha amado primero, nace del encuentro íntimo con él (cf. Deus caritas est, 18). San Pablo, en su discurso de despedida de los ancianos de Éfeso, recuerda una verdad expresada por Jesús: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 35). Queridos amigos, es la lógica del don, una lógica a menudo subestimada, que vosotros valoráis y testimoniáis: dar el propio tiempo, las propias habilidades y competencias, la propia instrucción, la propia profesionalidad; en una palabra, prestar atención al otro, sin esperar nada a cambio en este mundo; y os agradezco este gran testimonio. Al obrar así, no sólo se hace bien al otro, sino que también se descubre la felicidad profunda, según la lógica de Cristo, que se entregó totalmente a sí mismo.

La familia es el primer lugar en el que se experimenta el amor gratuito; y cuando esto no sucede, la familia se desnaturaliza, entra en crisis. Todo lo que se vive en la familia, la entrega sin reservas por el bien del otro, es un momento educativo fundamental para aprender a vivir como cristianos también la relación con la cultura, el voluntariado y el trabajo. En la encíclica Caritas in veritate quise extender el modelo familiar de la lógica de la gratuidad y de la entrega a una dimensión universal. La justicia sola de hecho no es suficiente. Para que haya verdadera justicia es necesario algo «más» que sólo la gratuidad y la solidaridad pueden dar: «La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto, no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia» (n. 38). La gratuidad no se compra en el mercado y no se puede prescribir por ley. Sin embargo, tanto la economía como la política necesitan la gratuidad, personas abiertas al don recíproco (cf. ib, 39).

El encuentro de hoy pone de relieve dos elementos: la afirmación por vuestra parte de la necesidad de seguir recorriendo el camino del Evangelio, con fidelidad a la doctrina social de la Iglesia y con lealtad a los pastores; y mi aliento, el aliento del Papa, que os invita a proseguir con constancia vuestro compromiso en favor de los hermanos. De este compromiso también forma parte la tarea de evidenciar las injusticias y testimoniar los valores en los que se funda la dignidad de la persona, promoviendo las formas de solidaridad que favorecen el bien común. El Movimiento eclesial de compromiso cultural, a la luz de su historia, está llamado a un renovado servicio en el mundo de la cultura, caracterizado por desafíos urgentes y complejos, para la difusión del humanismo cristiano: la razón y la fe son aliadas en el camino hacia la Verdad. La Federación de organismos cristianos de servicio internacional voluntario debe continuar confiando sobre todo en la fuerza de la caridad que viene de Dios, prosiguiendo su lucha contra toda forma de pobreza y de exclusión, en favor de las poblaciones menos favorecidas. El Movimiento cristiano de trabajadores ha de llevar luz y esperanza cristiana al mundo del trabajo, para lograr también una justicia social cada vez mayor. Además, ha de mirar siempre al mundo juvenil, que hoy más que nunca busca sendas de compromiso que sepan conjugar idealidad y concreción.

Queridos amigos, deseo a cada uno que prosiga con alegría su compromiso personal y asociativo, testimoniando el Evangelio del don y de la gratuidad. Invoco para vosotros la intercesión maternal de la Virgen María y os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo a todos los socios y a los familiares. Gracias por vuestro compromiso y por vuestra presencia.

 

  



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