Index   Back Top Print

[ ES ]

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

El poder del dinero

Viernes 20 de septiembre de 2013

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 39, viernes 27 de septiembre de 2013

 

Hay que cuidarse de ceder a la tentación de idolatrar el dinero. Significaría debilitar nuestra fe y correr así el riesgo de habituarse al engaño de deseos insensatos y perjudiciales, tales que lleven al hombre al punto de ahogarse en la ruina y en la perdición. De este peligro puso en guardia el Papa Francisco durante la homilía de la misa que celebró en la mañana del viernes, 20 de septiembre, en la capilla de Santa Marta.

«Jesús —dijo el Santo Padre comentando las lecturas— nos había dicho claramente, y también definitivamente, que no se puede servir a dos señores: no se puede servir a Dios y al dinero. Hay algo entre ambos que no funciona. Hay algo en la actitud de amor hacia el dinero que nos aleja de Dios». Y citando la primera carta de san Pablo a Timoteo (6, 2-12), el Papa dijo: «Los que quieren enriquecerse sucumben a la tentación del engaño de muchos deseos absurdos y nocivos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición».

De hecho la avidez —prosiguió— «es la raíz de todos los males. Y algunos, arrastrados por este deseo, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos. Es tanto el poder del dinero que hace que te desvíes de la fe pura. Te quita la fe, la debilita y la pierdes». Y, siguiendo la carta paulina, observó que el apóstol afirma que «si alguno enseña otra doctrina y no se aviene a las palabras sanas de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, es un orgulloso y un ignorante, que padece la enfermedad de plantear cuestiones y discusiones sobre palabras».

Pero san Pablo va más allá y, como notó el Pontífice, escribe que es precisamente de ahí de donde «salen envidias, polémicas, malévolas suspicacias, altercados de hombres corrompidos en la mente y privados de la verdad, que piensan que la piedad es un medio de lucro».

El Obispo de Roma se refirió después a cuantos dicen ser católicos porque van a misa, a quienes entienden su ser católicos como un estatus y que «por debajo hacen sus negocios». Al respecto el Papa recuerda que Pablo usa un término particular, que «hallamos tan, tan frecuentemente en los periódicos: ¡hombres corrompidos en la mente! El dinero corrompe. No hay vía de escape. Si eliges este camino del dinero al final serás un corrupto. El dinero tiene esta seducción de llevarte, de hacerte deslizar lentamente en tu perdición. Y por esto Jesús es tan decidido: no puedes servir a Dios y al dinero, no se puede: o el uno o el otro. Y esto no es comunismo, esto es Evangelio puro. Estas cosas son palabra de Jesús».

¿Pero «entonces qué pasa con el dinero»?, se preguntó el Papa. «El dinero —fue su respuesta— te ofrece un cierto bienestar: te va bien, te sientes un poco importante y después sobreviene la vanidad. Lo hemos leído en el Salmo [48]: te viene esta vanidad. Esta vanidad que no sirve, pero te sientes una persona importante». Vanidad, orgullo, riqueza: es de lo que presumen los hombres descritos en el salmo: los que «confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas». ¿Entonces cuál es la verdad? La verdad —explicó el Papa— es que «nadie puede rescatarse a sí mismo, ni pagar a Dios su propio precio. Demasiado caro sería el rescate de una vida. Nadie puede salvarse con el dinero», aunque es fuerte la tentación de perseguir «la riqueza para sentirse suficientes, la vanidad para sentirse importante y, al final, el orgullo y la soberbia».

El Papa introdujo después el pecado ligado a la codicia del dinero, con todo lo que se deriva, en el primero de los diez mandamientos: se peca de «idolatría», dijo: «El dinero se convierte en ídolo y tú le das culto. Y por esto Jesús nos dice: no puedes servir al ídolo dinero y al Dios viviente. O el uno o el otro». Los primeros Padres de la Iglesia «decían una palabra fuerte: el dinero es el estiércol del diablo. Es así, porque nos hace idólatras y enferma nuestra mente con el orgullo y nos hace maniáticos de cuestiones ociosas y te aleja de la fe. Corrompe». El apóstol Pablo nos dice en cambio que tendamos a la justicia, a la piedad, a la fe, a la caridad, a la paciencia. Contra la vanidad, contra el orgullo «se necesita mansedumbre». Es más, «éste es el camino de Dios, no el del poder idolátrico que puede darte el dinero. Es el camino de la humildad de Cristo Jesús que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos precisamente con su pobreza. Este es el camino para servir a Dios. Y que el Señor nos ayude a todos nosotros a no caer en la trampa de la idolatría del dinero».

 


© Copyright - Libreria Editrice Vaticana