Index   Back Top Print

[ ES ]

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Sólo el humilde comprende

Martes 2 de diciembre de 2014

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 49, viernes 5 de diciembre de 2014

 

La grandeza del misterio de Jesús sólo se puede conocer humillándose y abajándose como lo hizo Él, que llegó al punto de ser «marginado» y ciertamente no se presentó como un «general o un gobernador». Los teólogos mismos, si no hacen «teología de rodillas», corren el riesgo de decir «muchas cosas» pero de no entender «nada». Ser humildes y mansos, por lo tanto, fue la sugerencia del Papa Francisco, en la misa del martes 2 de diciembre.

«Los textos litúrgicos que nos ofrece hoy la Iglesia —destacó el Pontífice— nos acercan al misterio de Jesús, al misterio de su persona». Y, en efecto, explicó, el pasaje del Evangelio de san Lucas (10, 21-24) «dice que Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y alabó al Padre». Por lo demás, «esta es la vida interior de Jesús: su relación con el Padre, relación de alabanza, en el Espíritu, precisamente el Espíritu Santo que une esa relación». Este es «el misterio de la interioridad de Jesús, lo que Él sentía».

En efecto, Jesús —continuó el Papa Francisco— «dijo que quien lo veía a Él, veía al Padre». Dice precisamente: «Sí, Padre, porque así te ha parecido bien». Y «nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Al Padre, continuó el Papa, «sólo el Hijo lo conoce: Jesús conoce al Padre». Y así, «cuando Felipe fue hacia Jesús y dijo: “muéstranos al Padre”», el Señor le responde: «Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre». En efecto, «es muy grande la unión entre ellos: Él es la imagen del Padre; es la cercanía de la ternura del Padre a nosotros». Y «el Padre se acerca a nosotros en Jesús».

El Papa Francisco recordó que «en el discurso de despedida, tras la Cena», Jesús repitió muchas veces: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti». Y «prometió el Espíritu Santo, porque precisamente el Espíritu Santo es quien hace esta unidad, como la hace entre el Padre y el Hijo».

«Esto es un poco para acercarnos a este misterio de Jesús», explicó el Pontífice. Pero «este misterio no quedó solamente entre ellos, se nos reveló a nosotros». El Padre, por lo tanto, «fue revelado por Jesús: Él nos hace conocer al Padre; nos hace conocer esta vida interior que Él tiene». Y «¿a quién revela esto, el Padre?, ¿a quién da esta gracia?», se preguntó el Papa. La respuesta la da Jesús mismo, como dice san Lucas en su Evangelio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños».

Por ello «sólo quienes tienen el corazón como los pequeños son capaces de recibir esta revelación». Sólo «el corazón humilde, manso, que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, que se siente pobre». En una palabra, «sólo quien camina con la primera bienaventuranza: los pobres de espíritu».

Cierto, reconoció el Papa, «muchos pueden conocer la ciencia, la teología incluso». Pero «si no hacen esta teología de rodillas, es decir, humildemente, como los pequeños, no comprenderán nada». Tal vez «nos dirán muchas cosas pero no comprenderán nada». Porque «sólo esta pobreza es capaz de recibir la revelación que el Padre da a través de Jesús, por medio de Jesús». Y «Jesús viene no como un capitán, un general del ejército, un gobernante poderoso», sino que «viene como un brote», según la imagen de la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías (11, 1-10): «Pero brotará un renuevo del tronco de Jesé». Por lo tanto, «Él es el renuevo, es humilde, es manso, y vino para los humildes, para los mansos, a traer la salvación a los enfermos, a los pobres, a los oprimidos, como Él mismo dice en el cuarto capítulo de san Lucas al visitar la sinagoga de Nazaret». Y Jesús vino precisamente «para los marginados: Él se margina, no considera un valor innegociable ser igual a Dios». En efecto, recordó el Pontífice, «se humilló a sí mismo, se anonadó». Él «se marginó, se humilló» para «darnos el misterio del Padre y el suyo».

El Papa destacó que «no se puede recibir esta revelación fuera, al margen, del modo como la trae Jesús: en humildad, abajándose a sí mismo». Nunca se puede olvidar que «el Verbo se hizo carne, se marginó para traer la salvación a los marginados». Y «cuando el gran Juan Bautista, en la cárcel, no comprendía mucho cómo estaban las cosas allí, con Jesús, porque estaba un poco perplejo, envió a sus discípulos a preguntar: “Juan te pregunta: ¿eres tú o tenemos que esperar a otro?”».

Ante la petición de Juan, Jesús no respondió: «Soy yo el Hijo». Dijo en cambio: «Mirad, observad todo esto, y luego decid a Juan lo que habéis visto»: o sea que «los leprosos quedan limpios, los pobres son evangelizados, los marginados son encontrados».

Resulta evidente, según el Papa Francisco, que «la grandeza del misterio de Dios sólo se conoce en el misterio de Jesús, y el misterio de Jesús es precisamente un misterio de abajarse, de anonadarse, de humillarse, y trae la salvación a los pobres, a quienes son aniquilados por muchas enfermedades, pecados y situaciones difíciles».

«Fuera de este marco —dijo el Papa— no se puede comprender el misterio de Jesús, no se puede comprender esta unción del Espíritu Santo que lo hace gozar, como hemos escuchado en el Evangelio, en la alabanza al Padre, que lo lleva a evangelizar a los pobres, a los marginados».

En esta perspectiva, en el tiempo de Adviento, el Papa Francisco invitó a rezar para pedir la gracia «al Señor de acercarnos más, más, más a su misterio, y de hacerlo por el camino que Él quiere que recorramos: la senda de la humildad, la senda de la mansedumbre, la senda de la pobreza, la senda de sentirnos pecadores» Porque es así, concluyó, como «Él viene a salvarnos, a liberarnos».

 

El Papa Francisco lanzó una invitación a la «esperanza», a no dejarse abatir y asustar por una realidad hecha de «guerras y sufrimientos». Al recordar cómo las grandes construcciones que son erigidas prescindiendo de Dios están destinadas a derrumbarse: así sucedió para la «malvada Babilonia», que cayó por la corrupción de la mundanidad espiritual. Y fue así también para la «distraída Jerusalén», que cayó por ser «suficiente» a sí misma e incapaz de advertir las visitas del Señor. Así, para el cristiano, la actitud justa es siempre «la esperanza» y jamás «el abatimiento», dijo en la misa del jueves 27 de noviembre. Y dedicó la celebración a la bienaventurada Virgen de la medalla milagrosa, importante para la espiritualidad de las Hijas de la caridad de San Vicente de Paúl, las consagradas que prestan servicio en la Casa Santa Marta.

«En estos últimos días del año litúrgico —hizo notar inmediatamente el Pontífice— la Iglesia nos propone meditar sobre el fin, sobre los últimos días, sobre el fin del mundo». Y «lo hace con diversas imágenes, con diversos argumentos: mañana tocará la de los signos de los tiempos». Pero, prosiguió, «atrae siempre nuestra atención hacia el fin: la apariencia de este mundo se disolverá y existirá otra tierra, otro cielo; pero esto terminará, terminará transformado». Así, explicó, «hoy nos presenta, para meditar, la figura de dos ciudades, la caída de dos ciudades: dos ciudades que no acogieron al Señor, que se alejaron del Señor; dos ciudades que se sentían satisfechas de sí mismas». Y, así, en la primera lectura, tomada del Apocalipsis (18,1-2.21- 23; 19,1-3.9) Juan habla de la caída de Babilonia. Mientras que Lucas, en el Evangelio (21, 20-28) refiere las palabras de Jesús sobre la caída de Jerusalén.

Sin embargo, precisó el Papa Francisco, «la caída de estas dos ciudades ocurre por motivos diferentes». Por una parte está Babilonia, «símbolo del mal, del pecado en el que se había convertido», se lee precisamente en el Apocalipsis, «morada de demonios, guarida de todo espíritu inmundo, guarida de todo pájaro inmundo y abominable». Y «Babilonia cae por corrupción». Al final lo dice precisamente el apóstol: «Ella, la gran prostituta que corrompía a la tierra con sus fornicaciones». Babilonia, destacó el Papa Francisco, «era corrupta, se sentía dueña del mundo y de sí, con el poder del pecado». Y «cuando se acumula el pecado, se pierde la capacidad de reaccionar y se comienza a pudrir».

Sin embargo, «así sucede también con las personas, con las personas corruptas, que no tienen fuerza para reaccionar», precisó el Papa. Porque «la corrupción te da algo de felicidad, te da poder y también te hace sentir satisfecho de ti mismo»; pero «no deja espacio para el Señor, para la conversión». He aquí, entonces, el perfil de la «ciudad corrupta». Y precisamente «la palabra corrupción hoy nos dice mucho: no sólo corrupción económica, sino corrupción con tantos pecados diversos; corrupción con ese espíritu pagano, con ese espíritu mundano». Por lo demás, destacó el Pontífice, «la peor corrupción es el espíritu de mundanidad». Y, en efecto, «Jesús había pedido mucho al Padre que guardara a sus discípulos del mundo, del espíritu del mundo, que te hace sentir como en el paraíso aquí, pleno, abundante». En cambio «dentro, esa cultura corrupta es una cultura putrefacta: muerta y más... Esto no se ve».

Babilonia es así el «símbolo» —dijo el Pontífice— de «toda sociedad, de toda cultura, de toda persona alejada de Dios; también alejada del amor al prójimo, que termina por pudrirse, por pudrirse en sí misma». Y al final «esta Babilonia, que era morada de demonios, cae por espíritu de mundanidad, cae por corrupción, se aleja del Señor por corrupción».

En cambio, explicó el Papa Francisco, «Jerusalén cae por otro motivo». Ante todo, «Jerusalén es la esposa, es la novia del Señor: ¡la quería mucho!». Pero «no se da cuenta de las visitas del Señor» y «hace llorar al Señor». Tanto que le hace decir: «Cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos: no te diste cuenta de mis visitas, de las numerosas veces que Dios te visitó».

Así, pues, precisó el Papa, si «Babilonia cae por corrupción, Jerusalén cae por distracción, por no recibir al Señor que viene a salvarla». En concreto, «no se sentía necesitada de la salvación: tenía los escritos de los profetas, de Moisés y esto era suficiente». Pero esos escritos estaban «cerrados». Por consiguiente, «no dejaba lugar para ser salvada, tenía la puerta cerrada para el Señor». Y, así, «el Señor llamaba a la puerta, pero no había disponibilidad para recibirle, escucharle, dejarse salvar por Él». Y al final Jerusalén cae.

Según el Pontífice, «estos dos ejemplos nos pueden hacer pensar en nuestra vida: también nosotros, un día, sentiremos el sonido de las trompetas». Pero «¿en qué ciudad estaremos ese día? ¿En la corrupta y suficiente Babilonia? ¿En la distraída, con las puertas cerradas, Jerusalén?». En todo caso, al final ambas son destruidas.

Sin embargo, «el mensaje de la Iglesia en estos días —sugirió el Papa Francisco— no termina con la destrucción: en los dos textos hay una promesa de esperanza». En efecto, en el momento en que Babilonia cae «se siente el grito de victoria: ¡aleluya, bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero! Aleluya, ahora comienza el banquete de bodas, ahora que todo está limpio». Esa ciudad, añadió, «no era digna de este banquete».

Por otra parte, «el texto de la caída de Jerusalén nos consuela mucho con esa palabra de Jesús: ¡alzad la cabeza!». La invitación del Señor es «mirar» y no dejarse «asustar por los paganos». Puesto que «los paganos tienen su tiempo y debemos soportarlo con paciencia, como soportó el Señor su pasión». Por eso queda la invitación de Jesús: «¡Alzad la cabeza!».

Con este llamamiento a la esperanza el Papa concluyó su meditación. «Cuando pensemos en el fin, en el fin de nuestra vida, en el fin del mundo —explicó— cada uno de nosotros tendrá su fin; cuando pensemos en el fin, con todos nuestros pecados, con toda nuestra historia, pensemos en el banquete que se nos dará gratuitamente y alcemos la cabeza». Por ello «sin abatimiento» sino con «esperanza». Es verdad, reconoció el Papa Francisco, que «la realidad es fea: hay muchos, muchos pueblos, ciudades y gente, mucha gente, que sufre; muchas guerras, mucho odio, mucha envidia, mucha mundanidad espiritual y mucha corrupción». Pero «todo esto caerá». He aquí por qué, afirmó, debemos pedir «al Señor la gracia de estar preparados para el banquete que nos espera, con la cabeza siempre en alto».

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana