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VISITA PASTORAL A CAGLIARI

SANTA MISA EN EL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE BONARIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza del Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, Cagliari
Domingo 22 de septiembre de 2013

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Galería fotográfica

 

Que la paz de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con vosotros.

Hoy se realiza el deseo que anuncié en la Plaza de San Pedro, antes del verano, de visitar el santuario de Nuestra Señora de Bonaria.

He venido para compartir con vosotros alegrías y esperanzas, fatigas y ocupaciones, ideales y aspiraciones de vuestra isla, y para confirmaros en la fe. También aquí en Cágliari, como en toda Cerdeña, no faltan dificultades —y son muchas—, problemas y preocupaciones: pienso, en especial, en la falta de trabajo y en su precariedad, y, por lo tanto, en la incertidumbre para el futuro. Cerdeña, vuestra bella región, sufre desde hace largo tiempo muchas situaciones de pobreza, acentuadas también por su condición insular. Es necesaria la colaboración leal por parte de todos, con el compromiso de los responsables de las instituciones —también de la Iglesia— para asegurar a las personas y a las familias los derechos fundamentales, y hacer crecer una sociedad más fraterna y solidaria. Asegurar el derecho al trabajo, el derecho a llevar el pan a casa, pan ganado con el trabajo. ¡Os soy cercano! Os soy cercano, os recuerdo en la oración, y os aliento a perseverar en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente radicados en la fe y en la historia de este territorio y de su población. ¡Mantened siempre encendida la luz de la esperanza!

He venido en medio de vosotros para ponerme con vosotros a los pies de la Virgen que nos da a su Hijo. Sé bien que María, nuestra Madre, está en vuestro corazón, como testimonia este Santuario, al que han subido muchas generaciones de sardos —¡y seguirán subiendo!— para invocar la protección de la Virgen de Bonaria, patrona máxima de la isla. Vosotros traéis aquí las alegrías y los sufrimientos de esta tierra, de sus familias, y también de los hijos que viven lejos, que muchas veces partieron con gran dolor y nostalgia para buscar un trabajo y un futuro para sí y para sus seres queridos. Hoy, todos nosotros aquí reunidos, queremos dar las gracias a María porque está siempre cerca de nosotros, queremos renovar a Ella nuestra confianza y nuestro amor.

La primera Lectura que hemos escuchado nos presenta a María en oración, en el Cenáculo, junto a los Apóstoles. María reza, ora junto a la comunidad de los discípulos, y nos enseña a tener plena confianza en Dios, en su misericordia. ¡Este es el poder de la oración! No nos cansemos de llamar a la puerta de Dios. Llevemos al corazón de Dios, a través de María, toda nuestra vida, cada día. Llamar a la puerta del corazón de Dios.

En el Evangelio, en cambio, percibimos sobre todo la última mirada de Jesús hacia su Madre (cf. Jn 19, 25-27). Desde la cruz Jesús mira a su Madre y le confía el apóstol Juan, diciendo: éste es tu hijo. En Juan estamos todos, también nosotros, y la mirada de amor de Jesús nos confía a la custodia maternal de la Madre. María habrá recordado otra mirada de amor, cuando era una muchacha: la mirada de Dios Padre, que había mirado su humildad, su pequeñez. María nos enseña que Dios no nos abandona, puede hacer cosas grandes incluso con nuestra debilidad. ¡Tengamos confianza en Él! ¡Llamemos a la puerta de su corazón!

Y la tercera reflexión: hoy he venido en medio de vosotros, es más, hemos venido todos juntos para encontrar la mirada de María, porque allí está como reflejo la mirada del Padre, que la hizo Madre de Dios, y la mirada del Hijo desde la cruz, que la hizo Madre nuestra. María nos contempla hoy con esa mirada. Tenemos necesidad de su mirada de ternura, de su mirada maternal que nos conoce mejor que cualquier otro, de su mirada llena de compasión y de atención. María, hoy queremos decirte: Madre, danos tu mirada. Tu mirada nos lleva a Dios, tu mirada es un regalo del Padre bueno, que nos espera en cada giro de nuestro camino, es un don de Jesucristo en la cruz, que carga sobre sí nuestros sufrimientos, nuestras fatigas, nuestro pecado. Y para encontrar a este Padre lleno de amor, hoy le decimos: ¡Madre, danos tu mirada! Lo decimos todos juntos: «¡Madre, danos tu mirada!». «¡Madre, danos tu mirada!».

En el camino, a menudo difícil, no estamos solos, somos muchos, somos un pueblo, y la mirada de la Virgen nos ayuda a mirarnos de modo fraterno entre nosotros. ¡Mirémonos de modo más fraterno! María nos enseña a tener esa mirada que busca acoger, acompañar, proteger. Aprendamos a mirarnos unos a otros bajo la mirada maternal de María. Hay personas a quienes instintivamente consideramos menos y que en cambio tienen más necesidad: los más abandonados, los enfermos, quienes no tienen de qué vivir, quienes no conocen a Jesús, los jóvenes que atraviesan dificultades, los jóvenes que no encuentran trabajo. No tengamos miedo de salir y mirar a nuestros hermanos y hermanas con la mirada de la Virgen, Ella nos invita a ser auténticos hermanos. Y no permitamos que algo o alguien se interponga entre nosotros y la mirada de la Virgen. ¡Madre, danos tu mirada! ¡Que nadie nos la esconda! Que nuestro corazón de hijos sepa defenderla de tantos discursos vacíos que prometen ilusiones; de quienes tienen una mirada ávida de vida fácil, de promesas que no se pueden cumplir. Que no nos roben la mirada de María, que está llena de ternura, nos da fuerza, nos hace solidarios entre nosotros. Digamos todos: ¡Madre, danos tu mirada! ¡Madre, danos tu mirada! ¡Madre, danos tu mirada!

Nuestra Señora de Bonaria, acompáñanos siempre en nuestra vida.

 




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