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VISITA PASTORAL A CASSANO ALL'IONIO

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Explanada de Marina di Sibari
Sábado 21 de junio de 2014

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En la fiesta del Corpus Christi celebramos a Jesús «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6, 51), alimento para nuestra hambre de vida eterna, fuerza para nuestro camino. Doy gracias al Señor que hoy me concede celebrar el Corpus Christi con vosotros, hermanos y hermanas de esta Iglesia que está en Cassano all’Jonio.

La fiesta de hoy es la fiesta en la que la Iglesia alaba al Señor por el don de la Eucaristía. Mientras que el Jueves Santo hacemos memoria de su institución en la última Cena, hoy predomina la acción de gracias y la adoración. Y, en efecto, es tradicional en este día la procesión con el Santísimo Sacramento. Adorar a Jesús Eucaristía y caminar con Él. Estos son los dos aspectos inseparables de la fiesta de hoy, dos aspectos que dan la impronta a toda la vida del pueblo cristiano: un pueblo que adora a Dios y un pueblo que camina: ¡que no está quieto, camina!

Ante todo, nosotros somos un pueblo que adora a Dios. Adoramos a Dios que es amor, que en Jesucristo se entregó a sí mismo por nosotros, se entregó en la cruz para expiar nuestros pecados y por el poder de este amor resucitó de la muerte y vive en su Iglesia. Nosotros no tenemos otro Dios fuera de este.

Cuando la adoración del Señor es sustituida por la adoración del dinero, se abre el camino al pecado, al interés personal y al abuso; cuando no se adora a Dios, el Señor, se llega a ser adoradores del mal, como lo son quienes viven de criminalidad y de violencia. Vuestra tierra, tan hermosa, conoce las señales y las consecuencias de este pecado. La ’ndrangheta es esto: adoración del mal y desprecio del bien común. Este mal se debe combatir, se debe alejar. Es necesario decirle no. La Iglesia, que sé que está muy comprometida en educar las conciencias, debe entregarse cada vez más para que el bien pueda prevalecer. Nos lo piden nuestros muchachos, nos lo exigen nuestros jóvenes necesitados de esperanza. Para poder dar respuesta a estas exigencias, la fe nos puede ayudar. Aquellos que en su vida siguen esta senda del mal, como son los mafiosos, no están en comunión con Dios: están excomulgados.

Hoy lo confesamos con la mirada dirigida al Corpus Christi, al Sacramento del altar. Y por esta fe, nosotros renunciamos a satanás y a todas sus seducciones; renunciamos a los ídolos del dinero, de la vanidad, del orgullo, del poder, de la violencia. Nosotros cristianos no queremos adorar nada ni a nadie en este mundo salvo a Jesucristo, que está presente en la santa Eucaristía. Tal vez no siempre nos damos cuenta hasta el fondo de lo que esto significa, qué consecuencias tiene, o debería tener, esta nuestra profesión de fe.

Esta fe nuestra en la presencia real de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en el pan y en el vino consagrados, es auténtica si nos comprometemos acaminar detrás de Él y con Él. Adorar y caminar: un pueblo que adora es un pueblo que camina. Caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). El pueblo que adora a Dios en la Eucaristía es el pueblo que camina en la caridad. Adorar a Dios en la Eucaristía, caminar con Dios en la caridad fraterna.

Hoy, como obispo de Roma, estoy aquí para confirmaros no sólo en la fe sino también en la caridad, para acompañaros y alentaros en vuestro camino con Jesús Caridad. Quiero expresar mi apoyo al obispo, a los presbíteros y a los diáconos de esta Iglesia, y también de la eparquía de Lungro, rica de su tradición greco-bizantina. Pero lo extiendo a todos, a todos los Pastores y fieles de la Iglesia en Calabria, comprometida valientemente en la evangelización y en favorecer estilos de vida e iniciativas que pongan en el centro las necesidades de los pobres y de los últimos. Y lo hago extensivo también a las autoridades civiles que buscan vivir el compromiso político y administrativo por lo que es, un servicio al bien común.

Os aliento a todos a testimoniar la solidaridad concreta con los hermanos, especialmente los que tienen mayor necesidad de justicia, de esperanza, de ternura. La ternura de Jesús, la ternura eucarística: ese amor tan delicado, tan fraterno, tan puro. Gracias a Dios hay muchas señales de esperanza en vuestras familias, en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos eclesiales. El Señor Jesús no cesa de suscitar gestos de caridad en su pueblo en camino. Una señal concreta de esperanza es el Proyecto Policoro, para los jóvenes que quieren ponerse en juego y crear posibilidades de trabajo para sí y para los demás. Vosotros, queridos jóvenes, no os dejéis robar la esperanza. Lo he dicho muchas veces y lo repito una vez más: ¡no os dejéis robar la esperanza! Adorando a Jesús en vuestro corazón y permaneciendo unidos a Él sabréis oponeros al mal, a las injusticias, a la violencia, con la fuerza del bien, de la verdad, de la belleza.

Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía nos ha congregado juntos. El Cuerpo del Señor hace de nosotros una cosa sola, una sola familia, el pueblo de Dios reunido en torno a Jesús, Pan de vida. Lo que he dicho a los jóvenes lo digo a todos: si adoráis a Cristo y camináis detrás de Él y con Él, vuestra Iglesia diocesana y vuestras parroquias crecerán en la fe y en la caridad, en la alegría de evangelizar. Seréis una Iglesia en la cual padres, madres, sacerdotes, religiosos, catequistas, niños, ancianos y jóvenes caminan uno junto al otro, se sostienen, se ayudan, se aman como hermanos, especialmente en los momentos de dificultad.

María, nuestra Madre, Mujer eucarística, que vosotros veneráis en tantos santuarios, especialmente en el de Castrovillari, os precede en esta peregrinación de la fe. Que Ella os ayude, os ayude siempre a permanecer unidos a fin de que, incluso por medio de vuestro testimonio, el Señor pueda seguir dando la vida al mundo. Que así sea.



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