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CELEBRACIÓN PRESIDIDA POR EL SANTO PADRE FRANCISCO
EN REDIPUGLIA
CON MOTIVO DEL CENTENARIO DEL INICIO DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

(13 DE SEPTIEMBRE DE 2014)

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Monumento Militar de Redipuglia
Sábado 13 de septiembre de 2014

Vídeo
Galería fotográfica

 

Viendo la belleza del paisaje de esta zona, en la que hombres y mujeres trabajan para sacar adelante a sus familias, donde los niños juegan y los ancianos sueñan… aquí, en este lugar, cerca de este cementerio, solamente acierto a decir: la guerra es una locura.

Mientras Dios lleva adelante su creación y nosotros los hombres estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra destruye. Destruye también lo más hermoso que Dios ha creado: el ser humano. La guerra trastorna todo, incluso la relación entre hermanos. La guerra es una locura; su programa de desarrollo es la destrucción: ¡crecer destruyendo!

La avaricia, la intolerancia, la ambición de poder… son motivos que alimentan el espíritu bélico, y estos motivos a menudo encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el impulso desordenado. La ideología es una justificación, y cuando no es la ideología, está la respuesta de Caín: «¿A mí qué me importa?», «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4, 9). La guerra no mira a nadie a la cara: ancianos, niños, madres, padres… «¿A mí qué me importa?».

Sobre la entrada de este cementerio, se alza el lema desvergonzado de la guerra: «¿A mí qué me importa?». Todas estas personas, que reposan aquí, tenían sus proyectos, tenían sus sueños… pero sus vidas quedaron truncadas. ¿Por qué? Porque la humanidad dijo: «¿A mí qué me importa?».

Hoy, tras el segundo fracaso de otra guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida «por partes», con crímenes, masacres, destrucciones…

Para ser honestos, la primera página de los periódicos debería llevar el titular: «¿A mí qué me importa?». En palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?».

Esta actitud es justamente lo contrario de lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Lo hemos escuchado: Él está en el más pequeño de los hermanos: Él, el Rey, el Juez del mundo, Él es el hambriento, el sediento, el forastero, el encarcelado… Quien se ocupa del hermano entra en el gozo del Señor; en cambio, quien no lo hace, quien, con sus omisiones, dice: «¿A mí qué me importa?», queda fuera.

Aquí y en el otro cementerio hay muchas víctimas. Hoy las recordamos. Hay lágrimas, hay luto, hay dolor. Y desde aquí recordamos a las víctimas de todas las guerras.

También hoy hay muchas víctimas… ¿Cómo es posible esto? Es posible porque también hoy, en la sombra, hay intereses, estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder, y está la industria armamentista, que parece ser tan importante.

Y estos planificadores del terror, estos organizadores del desencuentro, así como los fabricantes de armas, llevan escrito en el corazón: «¿A mí qué me importa?».

Es de sabios reconocer los propios errores, sentir dolor, arrepentirse, pedir perdón y llorar.

Con ese «¿A mí qué me importa?», que llevan en el corazón los que especulan con la guerra, quizás ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar. Caín no lloró. No pudo llorar. La sombra de Caín nos cubre hoy aquí, en este cementerio. Se ve aquí. Se ve en la historia que va de 1914 hasta nuestros días. Y se ve también en nuestros días.

Con corazón de hijo, de hermano, de padre, pido a todos ustedes y para todos nosotros la conversión del corazón: pasar de «¿A mí qué me importa?» al llanto… por todos los caídos de la «masacre inútil», por todas las víctimas de la locura de la guerra de todos los tiempos. Las lágrimas. Hermanos, la humanidad tiene necesidad de llorar, y esta es la hora del llanto.

 



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