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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA CONFERENCIA DE 500 REPRESENTANTES NACIONALES E INTERNACIONALES:
"LAS IDEAS DE LA EXPO 2015 - HACIA LA CARTA DE MILÁN"

Sábado 7 de febrero de 2015

 

 

Buenas tardes a todos vosotros, mujeres y hombres, que estáis reunidos hoy para reflexionar sobre el tema: «Nutrir el planeta. Energía para la vida».

Con ocasión de mi visita a la fao recordaba cómo, además del interés «por la producción, la disponibilidad de alimentos y el acceso a ellos, el cambio climático, el comercio agrícola» que son cuestiones inspiradoras cruciales, «la primera preocupación debe ser la persona misma, aquellos que carecen del alimento diario y han dejado de pensar en la vida, en las relaciones familiares y sociales, y luchan sólo por la supervivencia» (Discurso a la FAO, 20 de noviembre de 2014).

Hoy, en efecto, a pesar de la multiplicación de las organizaciones y las diferentes intervenciones de la comunidad internacional sobre la nutrición, vivimos lo que el santo Papa Juan Pablo II indicaba como «paradoja de la abundancia». En efecto, «hay comida para todos, pero no todos pueden comer, mientras que el derroche, el descarte, el consumo excesivo y el uso de alimentos para otros fines, están ante nuestros ojos. Esta es la paradoja. Por desgracia, esta “paradoja” sigue siendo actual. Hay pocos temas sobre los que se esgrimen tantos sofismas como los que se dicen sobre el hambre; pocos asuntos tan susceptibles de ser manipulados por los datos, las estadísticas, las exigencias de seguridad nacional, la corrupción o un reclamo lastimero a la crisis económica» (ibid.).

Para superar la tentación de los sofismas —ese nominalismo del pensamiento que va más allá, más allá, más allá, pero no toca nunca la realidad—, para superar esta tentación, os sugiero tres actitudes concretas.

1) Ir de las urgencias a las prioridades

Tened una mirada y un corazón orientados no a un pragmatismo de emergencia que se revela como propuesta siempre provisional, sino a una orientación decidida en resolver las causas estructurales de la pobreza. Recordemos que la raíz de todos los males es la inequidad (cf. Evangelii gaudium, 202). A vosotros deseo repetir lo que he escrito en Evangelii gaudium: «No a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa» (ibid., 53). Este es el fruto de la ley de competitividad por la cual el más fuerte tiene la mejor parte ante el débil. Atención: aquí no estamos sólo ante la lógica de la explotación, sino ante la del descarte; en efecto «los excluidos no son sólo explotados, sino desechos, sobrantes» (ibid., 53).

Por lo tanto, es necesario, si queremos realmente resolver los problemas y no perdernos en sofismas, resolver la raíz de todos los males que es la inequidad. Para hacer esto hay algunas opciones prioritarias por realizar: renunciar a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y actuar ante todo sobre las causas estructurales de la inequidad.

2) Sed testigos de caridad

«La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común». Debemos convencernos que la caridad «no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas» (ibid., 205).

¿De dónde debe partir una sana política económica? ¿En qué se compromete un político auténtico? ¿Cuáles son los fundamentos de quien está llamado a administrar la cuestión pública? La respuesta es precisa: la dignidad de la persona humana y el bien común. Lamentablemente, estos dos pilares, que deberían estructurar la política económica, a menudo «parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral» (ibid., 203). Por favor, sed valientes y no tengáis miedo de dejaros interrogar en los proyectos políticos y económicos por un significado más amplio de la vida, porque esto os ayuda a «servir verdaderamente al bien común» y os dará fuerza para «multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo» (ibid.).

3) Custodios y no dueños de la tierra

Recuerdo nuevamente, como ya lo hice a la FAO, una frase que escuché de un anciano campesino, hace muchos años: «Dios siempre perdona… las ofensas, los maltratos, Dios siempre perdona; los hombres perdonamos a veces; la tierra no perdona nunca. Cuidar a la hermana tierra, la madre tierra para que no responda con la destrucción» (Discurso a la FAO, 20 de noviembre de 2014).

Ante los bienes de la tierra estamos llamados a «tener siempre presente el origen y la finalidad de tales bienes, para así realizar un mundo justo y solidario», así dice la doctrina social de la Iglesia (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 174). La tierra se nos ha confiado para que pueda ser para nosotros madre, capaz de dar lo necesario a cada uno para vivir. Una vez escuché algo hermoso: la tierra no es una herencia que hemos recibido de nuestros padres, sino un préstamo que nos hacen nuestros hijos, para que nosotros la custodiemos, la hagamos seguir adelante y la entreguemos a ellos. La tierra es generosa y no hace faltar nada a quien la custodia. La tierra, que es madre para todos, pide respeto y no violencia o peor aún arrogancia de patrones. Debemos entregarla a nuestros hijos mejorada, custodiada, porque ha sido un préstamo que ellos nos hicieron a nosotros. La actitud de custodiar no es un compromiso exclusivo de los cristianos, implica a todos. Confío a vosotros lo que dije durante la misa de inicio de mi ministerio como obispo de Roma: «Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, custodios del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos [...] No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura». Custodiar la tierra no sólo con bondad, sino también con ternura.

He aquí, pues, tres actitudes que os presento para superar las tentaciones de los sofismas, de los nominalismos, de los que buscan hacer algo pero sin la realidad concreta de la vida. Elegir a partir de la prioridad: la dignidad de la persona; ser hombres y mujeres testigos de caridad; no tener miedo de custodiar la tierra que es madre de todos.

A todos vosotros os pido que recéis por mí, lo necesito. Y sobre vosotros invoco la bendición de Dios. Gracias.

 



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