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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL CONGRESO MUNDIAL DE LA OFICINA INTERNACIONAL DE LA EDUCACIÓN CATÓLICA (OIEC)

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Señora Presidenta,
señor Secretario general,
queridos amigos:

Me alegra saludaros cordialmente a todos los que dais vida en la ciudad de Nueva York al Congreso Mundial de la OIEC sobre el tema: Educar en el humanismo de la fraternidad para construir una civilización del amor. Envío un saludo especial a vuestra Presidenta, la Sra. Augusta Muthigani, y al Secretario General, el Sr. Philippe Richard, así como a los Secretarios de los Comités Regionales de la OIEC y a los miembros de los diversos organismos.

Vuestra participación convencida manifiesta la pasión con que vivís la misión educativa en el espíritu del Evangelio y según las enseñanzas de la Iglesia. Os doy las gracias por este servicio, y a través de vosotros me gustaría transmitir mi sincero agradecimiento a todos aquellos que trabajan en la enseñanza católica, fieles laicos, religiosos, religiosos, sacerdotes. Mis pensamientos van con afecto a los millones de estudiantes que asisten a instituciones católicas en las ciudades y especialmente en las periferias, y también a sus familias. Los jóvenes, como dije en la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, pertenecen al hoy de Dios y, por lo tanto, también son el hoy de nuestra misión educativa.

La profundización que queréis hacer acerca de la contribución de la educación al humanismo de la fraternidad se coloca en armonía con la Declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II. Cito el Concilio: «Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin, al propio carácter; al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz». Y continúa: «Hay que prepara r a los niños y los jóvenes [...] para la participación en la vida social, de forma que, bien instruidos con los medios necesarios y oportunos, puedan participar activamente en los diversos grupos de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los otros y presten su fructuosa colaboración gustosamente a la consecución del bien común» (n. 1). Hasta aquí el Concilio Vaticano II.

Por lo tanto, el humanismo que las instituciones educativas católicas están llamadas a construir, como afirmaba San Juan Pablo II, es el que «promueve una visión de la sociedad centrada en la persona humana y en sus derechos inalienables, en los valores de la justicia y de la paz, en una correcta relación entre personas, sociedad y Estado, y en la lógica de la solidaridad y de la subsidiariedad. Es un humanismo capaz de infundir un alma al mismo progreso económico, para promover a todos los hombres y a todo el hombre»[1]. Esta perspectiva humanista hoy no puede dejar de incluir la educación ecológica, que promueve una alianza entre la humanidad y el medio ambiente, en los diferentes niveles de «equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios» (Enc. Laudato si’, 210).

No se trata de un desafío fácil y ciertamente no se puede enfrentar solos, de forma aislada. También por esta razón, el intercambio que vivís en los días de vuestro Congreso es una experiencia muy importante para llevar a cabo un trabajo de discernimiento, frente a las oportunidades y dificultades, y para renovar vuestra “apuesta educativa”, inspirándoos también en los grandes testimonios de las santas y de los santos educadores, cuyo ejemplo es un faro luminoso que puede iluminar vuestro servicio.

Una de las principales dificultades que enfrenta la educación hoy en día es la tendencia generalizada a la deconstrucción del humanismo. El individualismo y el consumismo generan una competencia que degrada la cooperación, ofusca los valores comunes y socava de raíz las reglas más básicas de la convivencia. También la cultura de la indiferencia, que envuelve las relaciones entre las personas y los pueblos, así como el cuidado de la casa común, también corroe el sentido del humanismo.

Para hacer frente a esta deconstrucción necesitamos la sinergia de las diferentes realidades educativas. La primera es la familia, en cuanto lugar donde se aprende a salir de sí mismo y «colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir» (Exh.. ap. postsin. Amoris laetitia, 276). A este proceso de crecimiento en humanidad, están llamados a colaborar todos los educadores, tanto con su profesionalismo como con el testimonio coherente de sus vidas, para ayudar a los jóvenes a ser constructores activos de un mundo más solidario y pacífico. En particular, las instituciones educativas católicas tienen la misión de ofrecer horizontes abiertos a la trascendencia, porque la educación católica “hace la diferencia” al cultivar valores espirituales en los jóvenes.

Reconstruir el humanismo también significa orientar el trabajo educativo hacia las periferias, las periferias sociales y las periferias existenciales. A través del servicio, del encuentro y de la acogida, se ofrecen oportunidades a los más débiles y vulnerables. Así, se crece y se madura juntos, entendiendo las necesidades de los demás. De ese modo, la comunidad educativa, a través del paciente trabajo diario genera una amplia inclusión, que traspasa los muros de la escuela y se extiende con su fuerza transformadora a toda la sociedad, favoreciendo el encuentro, la paz y la reconciliación. En este sentido, el documento sobre la fraternidad humana que firmé recientemente con el Gran Imán de Al-Azhar, ofrece elementos de reflexión y acción.

Otro peligro que amenaza la delicada tarea de la educación es la dictadura de los resultados que considera a la persona como un objeto de “laboratorio” y no tiene interés en su crecimiento integral. También ignora sus dificultades, sus errores, sus miedos, sus sueños, su libertad. Este enfoque, dictado por la lógica de la producción y el consumo, pone el énfasis principalmente en la economía y parece equiparar artificialmente a los hombres con las máquinas.

Para superar este obstáculo, hay que poner en el centro de la acción educativa a la persona en su integralidad. Para este fin, el educador debe ser competente, calificado y, al mismo tiempo, rico en humanidad, capaz de estar entre los estudiantes para promover su crecimiento humano y espiritual. El educador debe aunar cualidad de enseñanza y capacidad de atención y cuidado amoroso de las personas. Para estos dos aspectos, se necesita formación permanente, que ayude a docentes y dirigentes a mantener su profesionalismo y, al mismo tiempo, a cuidar su fe y sus motivaciones espirituales.

Hoy, la educación también debe enfrentar el obstáculo de la llamada “rapidación” (en inglés rapidification), que aprisiona la existencia en el torbellino de la velocidad, cambiando constantemente los puntos de referencia. En este contexto, la identidad en sí misma pierde consistencia y la estructura psicológica se desintegra cuando se enfrenta a una transformación incesante que «contrasta con la lentitud natural de la evolución biológica»[2].

Al caos de la velocidad hay que responder devolviendo al tiempo su factor principal, especialmente en la edad evolutiva desde la infancia hasta la adolescencia. De hecho, la persona necesita su propio camino en el tiempo para aprender, consolidar y transformar el conocimiento. Redescubrir el tiempo también significa apreciar el silencio y detenerse para contemplar la belleza de la creación, encontrar inspiración para proteger nuestra “casa común” y activar iniciativas encaminadas a proponer nuevos estilos de vida en respeto de las generaciones futuras. ¡Es un acto de responsabilidad para nuestra posteridad, que no podemos ignorar!

Vuestro encontraros en estos días es una gran oportunidad para reavivar el impulso de la educación católica que dio origen a OIEC como una red mundial de realidades nacionales e internacionales. También es una oportunidad para aceptar con entusiasmo el desafío educativo actual de un mundo globalizado y digitalizado, así como para relanzar la disponibilidad para la cooperación con las organizaciones internacionales.

Por lo tanto, os deseo a todos que prosigáis en la misión educativa con la alegría de hacer y la paciencia de escuchar. ¡No perdamos la confianza! Como decía Santa Elizabeth Ann Bailey Seton, debemos “mirar hacia arriba” sin temor alguno. Trabajemos para liberar la educación de un horizonte relativista y abrirla a la formación integral de todos y de cada uno.

Os doy las gracias por el trabajo que lleváis a cabo para hacer que las instituciones educativas sean lugares y experiencias de crecimiento a la luz del Evangelio, para que sean “canteras” de un humanismo de fraternidad para construir la civilización del amor. Rezo por vosotros; y vosotros también, por favor, rezad por mí. ¡Gracias!


[1] Discurso a los profesores universitarios, 9 septiembre 2000

[2] Cf. Enc. Laudato si’, 18.

 


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 8 de junio de 2019.

 



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