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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A
LA ACADEMIA ECLESIÁSTICA PONTIFICIA

Sala Clementina
Jueves 6 de junio de 2013

 

Querido hermano en el episcopado,
queridos sacerdotes,
queridas hermanas,
amigos:

Dirijo a todos la más cordial bienvenida. Saludo cordialmente a vuestro presidente, monseñor Beniamino Stella, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, haciendo memoria de las gratas visitas que hice en el pasado a vuestra Casa. Recuerdo también la cordial insistencia con la que monseñor Stella me convenció, hace ya dos años, para que enviara a un sacerdote de la arquidiócesis de Buenos Aires a la Academia. Monseñor Stella sabe llamar a la puerta. Un grato pensamiento dirijo también a sus colaboradores, a las religiosas y al personal que ofrecen su generoso servicio en vuestra comunidad.

Queridos amigos, vosotros os estáis preparando para un ministerio de especial empeño que os pondrá al servicio directo del Sucesor de Pedro, de su carisma de unidad y comunión, y de su solicitud por todas las Iglesias. Lo que se presta en las representaciones pontificias es un trabajo que requiere, como por lo demás todo tipo de ministerio sacerdotal, una gran libertad interior, gran libertad interior. Vivid estos años de vuestra preparación con empeño, generosidad y grandeza de ánimo a fin de que esta libertad tome verdaderamente forma en vosotros.

Pero, ¿qué significa tener libertad interior?

Ante todo significa estar libres de proyectos personales, estar libres de proyectos personales, de algunas de las modalidades concretas con las que tal vez, un día, habíais pensado vivir vuestro sacerdocio, de la posibilidad de programar el futuro; de la perspectiva de permanecer largo tiempo en «vuestro» lugar de acción pastoral. Significa, en cierto modo, llegar a ser libres también respecto a la cultura y a la mentalidad de la cual procedéis, no para olvidarla y mucho menos para negarla, sino para abriros, en la caridad, a la comprensión de culturas diversas y al encuentro con hombres que pertenecen a mundos incluso muy lejanos del vuestro. Sobre todo, significa velar para estar libres de ambiciones o miras personales, que tanto mal pueden causar a la Iglesia, teniendo cuidado de poner siempre en primer lugar no vuestra realización, o el reconocimiento que podríais recibir dentro y fuera de la comunidad eclesial, sino el bien superior de la causa del Evangelio y la realización de la misión que se os confiará. Y este estar libres de ambiciones o miras personales, para mí, es importante, es importante. El carrerismo es una lepra, una lepra. Por favor: nada de carrerismo. Por este motivo debéis estar dispuestos a integrar vuestra visión de la Iglesia, incluso legítima, toda idea personal o juicio, en el horizonte de la mirada de Pedro y de su peculiar misión al servicio de la comunión y de la unidad del rebaño de Cristo, de su caridad pastoral, que abraza a todo el mundo y que, también gracias a la acción de las representaciones pontificias, quiere hacerse presente sobre todo en aquellos lugares, a menudo olvidados, donde son mayores las necesidades de la Iglesia y de la humanidad.

En una palabra, el ministerio al que os preparáis —porque vosotros os preparáis a un ministerio. No a una profesión, a un ministerio—, este ministerio, os pide salir de vosotros mismos, un desprendimiento de sí que puede alcanzarse únicamente a través de un intenso camino espiritual y una seria unificación de la vida entorno al misterio del amor de Dios y al inescrutable designio de su llamada. A la luz de la fe, podemos vivir la libertad de nuestros proyectos y de nuestra voluntad no como motivo de frustración o de vacío, sino como apertura al don superabundante de Dios, que hace fecundo nuestro sacerdocio. Vivir el ministerio al servicio del Sucesor de Pedro y de las Iglesias a las que seréis enviados podrá parecer exigente, pero os permitirá, por decirlo así, ser y respirar en el corazón de la Iglesia, de su catolicidad. Y esto constituye un don especial, puesto que, como recordaba precisamente a vuestra comunidad el Papa Benedicto XVI, «donde hay apertura a la objetividad de la catolicidad, allí está también el principio de una auténtica personalización» (Discurso a la Academia eclesiástica pontificia , 10 de junio de 2011: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de junio de 2011, p. 5).

Cuidad de manera especial la vida espiritual, que es la fuente de la libertad interior. Sin oración no hay libertad interior. Podréis tomar en consideración los elementos de conformación a Cristo propios de la espiritualidad sacerdotal, cultivando la vida de oración y haciendo de vuestro trabajo diario el gimnasio de vuestra santificación. Me gusta recordar aquí la figura del beato Juan XXIII, de quien hemos celebrado hace pocos días el quincuagésimo aniversario del fallecimiento: su servicio como representante pontificio fue uno de los ámbitos, y no el menos significativo, en los que se forjó su santidad. Releyendo sus escritos, impresiona la atención que siempre dedicó a custodiar su propia alma en medio de las más diversas ocupaciones en ámbito eclesial y político. De aquí nacía su libertad interior, la leticia que transmitía exteriormente y la eficacia misma de su acción pastoral y diplomática. Así anotaba en el Diario del alma, durante los ejercicios espirituales de 1948, mientras era nuncio en París: «Cuanto más maduro en años y en experiencias, más reconozco que el camino más seguro para mi santificación personal y para el mejor éxito de mi servicio a la Santa Sede sigue siendo el esfuerzo vigilante de reducir todo —principios, orientaciones, posiciones, asuntos— al máximo de sencillez y de calma; con atención en podar siempre mi viña de aquello que es follaje inútil... e ir recto a lo que es verdad, justicia, caridad, sobre todo caridad. Cualquier otro modo de hacer no es más que pose y búsqueda de afirmación personal, que pronto traiciona y llega a ser un estorbo y ridículo» (Cinisello Balsamo 2000, p. 497). Él quería podar su viña, quitar el follaje, podar. Y algunos años después, al llegar el término de su largo servicio como representante pontificio, siendo ya patriarca de Venecia, escribía así: «Ahora me encuentro en pleno ministerio dirigido a las almas. En verdad, siempre consideré que para un eclesiástico la diplomacia así llamada siempre debe estar permeada de espíritu pastoral; de otro modo nada cuenta, y pone en ridículo una misión santa» (ibid., pp. 513-514). Esto es importante. Escuchad bien: cuando en la nunciatura hay un secretario o un nuncio que no va por el camino de la santidad y se deja involucrar en las muchas formas, en las numerosas maneras de mundanidad espiritual, hace el ridículo y todos se ríen de él. Por favor, no hagáis el ridículo: o santos o volved a la diócesis como párrocos; pero no seáis ridículos en la vida diplomática, donde para un sacerdote existen tantos peligros para la vida espiritual.

Una palabra —¡gracias!— desearía decir también a las Hermanas que desempeñan con espíritu religioso y franciscano su servicio cotidiano en medio de vosotros. Son las buenas madres que os acompañan con la oración, con sus palabras sencillas y esenciales y, sobre todo, con el ejemplo de fidelidad, entrega y amor. Junto a ellas quisiera dar las gracias al personal laico que trabaja en la Casa. Son presencias escondidas, pero importantes, que os permiten vivir con serenidad y dedicación vuestro tiempo en la Academia.

Queridos sacerdotes, os deseo que emprendáis el servicio a la Santa Sede con el mismo espíritu que el beato Juan XXIII. Os pido que recéis por mí y os encomiendo a la protección de la Virgen María y de san Antonio, abad, vuestro patrono. Que os acompañe la seguridad de mi recuerdo y mi bendición, que de corazón extiendo a todos vuestros seres queridos. Gracias.

 


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