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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA DIOCESANA DE ROMA

Aula Pablo VI
Lune
s 17 de junio de 2013

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"No me avergüenzo del Evangelio"

 

¡Buenas tardes a todos, queridos hermanos y hermanas!

El Apóstol terminaba este pasaje de su carta a nuestros antepasados con estas palabras: ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. Y esta es nuestra vida: caminar bajo la gracia, porque el Señor nos ha amado, nos ha salvado, nos ha perdonado. Todo lo ha hecho el Señor, y esta es la gracia, la gracia de Dios. Nosotros estamos en camino bajo la gracia de Dios, que ha venido entre nosotros, en Jesucristo que nos ha salvado. Pero esto nos abre a un horizonte grande y es para nosotros alegría. «Vosotros ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia». Y ¿qué significa este «vivir bajo la gracia»? Procuraremos explicar algo de qué significa vivir bajo la gracia. Es nuestra alegría, es nuestra libertad. Nosotros somos libres. ¿Por qué? Porque vivimos bajo la gracia. Nosotros ya no somos esclavos de la ley: somos libres porque Jesucristo nos ha liberado, nos ha dado la libertad, esa libertad plena de hijos de Dios, que vivimos bajo la gracia. Esto es un tesoro. Intentaré explicar un poco este misterio tan bello, tan grande: vivir bajo la gracia.

Este año habéis trabajado mucho sobre el Bautismo y también sobre la renovación de la pastoral post-bautismal. El Bautismo, este pasar de «bajo la ley» a «bajo la gracia», es una revolución. Son muchos los revolucionarios en la historia, han sido muchos. Pero ninguno ha tenido la fuerza de esta revolución que nos trajo Jesús: una revolución para transformar la historia, una revolución que cambia en profundidad el corazón del hombre. Las revoluciones de la historia han cambiado los sistemas políticos, económicos, pero ninguna de ellas ha modificado verdaderamente el corazón del hombre. La verdadera revolución, la que transforma radicalmente la vida, la realizó Jesucristo a través de su Resurrección: la Cruz y la Resurrección. Y Benedicto XVI decía, de esta revolución, que «es la mutación más grande de la historia de la humanidad». Pensemos en esto: es la mayor mutación de la historia de la humanidad, es una verdadera revolución y nosotros somos revolucionarias y revolucionarios de esta revolución, porque nosotros vamos por este camino de la mayor mutación de la historia de la humanidad. Un cristiano, si no es revolucionario, en este tiempo, ¡no es cristiano! ¡Debe ser revolucionario por la gracia! Precisamente la gracia que el Padre nos da a través de Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, hace de nosotros revolucionarios, pues —cito de nuevo a Benedicto— «es la mutación más grande de la historia de la humanidad». Porque cambia el corazón. El profeta Ezequiel lo decía: «Arrancaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne». Y esta es la experiencia que vive el Apóstol Pablo: después de haber encontrado a Jesús en el camino de Damasco, cambia radicalmente su perspectiva de vida y recibe el Bautismo. ¡Dios transforma su corazón! Pero pensad: un perseguidor, uno que iba tras la Iglesia y los cristianos, se convierte en un santo, en un cristiano hasta la médula, ¡justamente un cristiano verdadero! Antes es un violento perseguidor; ahora se convierte en un apóstol, un testigo valiente de Jesucristo, hasta el punto de no tener miedo de sufrir el martirio. Aquel Saulo que quería matar a quien anunciaba el Evangelio, al final da su vida por anunciar el Evangelio. Es este el cambio, la mutación más grande de la que nos hablaba el Papa Benedicto. Te cambia el corazón; de pecador —de pecador: todos somos pecadores— te transforma en santo. ¿Alguno de nosotros no es pecador? Si hubiera alguno, ¡que levante la mano! Todos somos pecadores, ¡todos! ¡Todos somos pecadores! Pero la gracia de Jesucristo nos salva del pecado: ¡nos salva! Todos, si acogemos la gracia de Jesucristo, Él cambia nuestro corazón y de pecadores nos hace santos. Para llegar a ser santos no es necesario volver los ojos y mirar allá, o tener un poco cara de estampita. No, no, ¡no es necesario esto! Una sola cosa es necesaria para hacerse santos: acoger la gracia que el Padre nos da en Jesucristo. Esto es. Esta gracia cambia nuestro corazón. Nosotros seguimos siendo pecadores, porque todos somos débiles, pero también con esta gracia que nos hace sentir que el Señor es bueno, que el Señor es misericordioso, que el Señor nos espera, que el Señor nos perdona, esta gracia grande, que cambia nuestro corazón.

Y, decía el profeta Ezequiel, que de un corazón de piedra lo cambia en un corazón de carne. ¿Qué quiere decir esto? Un corazón que ama, un corazón que sufre, un corazón que se alegra con los demás, un corazón lleno de ternura hacia quien, llevando impresas las heridas de la vida, se siente en la periferia de la sociedad. El amor es la mayor fuerza de transformación de la realidad, porque derriba los muros del egoísmo y colma las fosas que nos tienen alejados a unos de otros. Y esto es el amor que viene de un corazón cambiado, de un corazón de piedra que es transformado en un corazón de carne, un corazón humano. Y esto lo hace la gracia, la gracia de Jesucristo que todos nosotros hemos recibido. ¿Alguno de vosotros sabe cuánto cuesta la gracia? ¿Dónde se vende la gracia? ¿Dónde puedo comprar la gracia? Nadie sabe decirlo: no. ¿Voy a comprarla a la secretaria parroquial? ¿A lo mejor ella vende la gracia? ¿Algún sacerdote vende la gracia? Oíd bien esto: la gracia no se compra ni se vende; es un regalo de Dios en Jesucristo. Jesucristo nos da la gracia. Es el único que nos da la gracia. Es un regalo: nos lo ofrece a nosotros. Tomémosla. Es bello esto. El amor de Jesús es así: nos da la gracia gratuitamente, gratuitamente. Y nosotros debemos darla a los hermanos, a las hermanas, gratuitamente. Es un poco triste cuando uno encuentra a algunos que venden la gracia: en la historia de la Iglesia algunas veces ha sucedido esto, y ha hecho mucho daño, mucho daño. Pero la gracia no se puede vender: la recibes gratuitamente y la das gratuitamente. Y esta es la gracia de Jesucristo.

En medio de tantos dolores, de tantos problemas que hay aquí, en Roma, hay gente que vive sin esperanza. Cada uno de nosotros puede pensar, en silencio, en las personas que viven sin esperanza, y se hallan inmersas en una profunda tristeza de la que buscan salir creyendo encontrar la felicidad en el alcohol, en las drogas, en el juego, en el poder del dinero, en la sexualidad sin normas... Pero se encuentran más desilusionadas aún, y a veces desahogan su rabia ante la vida con comportamientos violentos e indignos del hombre. ¡Cuántas personas tristes, cuántas personas tristes, sin esperanza! Pensad también en tantos jóvenes que, después de haber experimentado muchas cosas, no encuentran sentido a la vida e intentan el suicidio como solución. ¿Sabéis cuántos suicidios de jóvenes hay hoy en el mundo? ¡La cifra es alta! ¿Por qué? No tienen esperanza. Han experimentado muchas cosas y la sociedad, que es cruel —¡es cruel!— no te puede dar esperanza. La esperanza es como la gracia: no se puede comprar; es un don de Dios. Y nosotros debemos ofrecer la esperanza cristiana con nuestro testimonio, con nuestra libertad, con nuestra alegría. El regalo que nos hace Dios de la gracia trae la esperanza. Nosotros, que tenemos la alegría de percatarnos de que no somos huérfanos, de que tenemos un Padre, ¿podemos ser indiferentes ante esta ciudad que nos pide, tal vez inconscientemente, sin saberlo, una esperanza que la ayude a contemplar el futuro con mayor confianza y serenidad? Nosotros no podemos ser indiferentes. Pero ¿cómo podemos hacer esto? ¿Cómo podemos ir adelante y ofrecer la esperanza? ¿Yendo por la calle diciendo: «Yo tengo la esperanza»? ¡No! Con vuestro testimonio, con vuestra sonrisa, decir: «Yo creo que tengo un Padre». El anuncio del Evangelio es este: con mi palabra, con mi testimonio decir: «Yo tengo un Padre. No somos huérfanos. Tenemos un Padre», y compartir esta filiación con el Padre y con todos los demás. «Padre, ahora entiendo: se trata de convencer a los demás, de hacer prosélitos». No: nada de esto. El Evangelio es como la semilla: tú lo siembras, lo siembras con tu palabra y con tu testimonio. Y después no haces una estadística acerca de cómo ha ido esto: la hace Dios. Él hace crecer esta semilla; pero debemos sembrar con esa certeza de que el agua la da Él, el crecimiento lo da Él. Y nosotros no cosechamos: lo hará otro sacerdote, otro laico, otra laica, otro lo hará. Pero la alegría de sembrar con el testimonio, porque con la palabra sólo no es bastante, no basta. La palabra sin el testimonio es aire. Las palabras no bastan. El verdadero testimonio del que habla Pablo.

El anuncio del Evangelio está destinado ante todo a los pobres, a cuantos carecen a menudo de lo necesario para llevar una vida digna. A ellos se anuncia en primer lugar el alegre mensaje de que Dios les ama con predilección y viene a visitarles a través de las obras de caridad que los discípulos de Cristo realizan en su nombre. Antes de nada, ir a los pobres: esto es lo primero. En el momento del Juicio final, podemos leer en Mateo, 25, todos seremos juzgados sobre esto. Pero algunos, luego, piensan que el mensaje de Jesús está destinado a quienes no tienen una preparación cultural. ¡No! ¡No! El Apóstol afirma con fuerza que el Evangelio es para todos, también para los doctos. La sabiduría que deriva de la Resurrección no se opone a la humana, sino que, al contrario, la purifica y la eleva. La Iglesia siempre ha estado presente en los lugares donde se elabora la cultura. Pero el primer paso es siempre la prioridad a los pobres. Pero también debemos ir a las fronteras del intelecto, de la cultura, en la altura del diálogo, del diálogo que hace la paz, del diálogo intelectual, del diálogo razonable. ¡El Evangelio es para todos! Esto de ir a los pobres no significa que tengamos que hacernos «pauperistas» o una especie de «mendigos espirituales». No, no, no significa esto. Significa que debemos ir hacia la carne de Jesús que sufre, pero también sufre la carne de Jesús de aquellos que no le conocen con su estudio, con su inteligencia, con su cultura. ¡Debemos ir allí! Por ello me gusta usar la expresión «ir a las periferias», las periferias existenciales. A todos, a todos ellos, desde la pobreza física y real a la pobreza intelectual, que es real también. Todas las periferias, todos los cruces de caminos: ir ahí. Y ahí sembrar la semilla del Evangelio con la palabra y con el testimonio.

Y esto significa que debemos tener valor. Pablo VI decía que no entendía a los cristianos desalentados: no les comprendía. Estos cristianos tristes, ansiosos, estos cristianos de quienes uno piensa si creen en Cristo o en el «dios lamentos»: nunca se sabe. Todos los días se lamentan, se quejan: cómo va el mundo, mira, qué desgracia, qué calamidad. Pero pensad: el mundo no es peor que hace cinco siglos. El mundo es el mundo; siempre ha sido el mundo. Y cuando uno se lamenta: así va, no se puede hacer nada, ah, esta juventud... Os pregunto: ¿conocéis a cristianos así? ¡Los hay, los hay! Pero el cristiano debe ser valiente y ante el problema, ante una crisis social, religiosa, debe tener el valor de ir adelante, ir adelante con valentía. Y cuando no se puede hacer nada, con paciencia: soportando. Soportar. Valentía y paciencia, estas dos virtudes de Pablo. Valentía: ir adelante, hacer las cosas, dar testimonio fuerte; ¡adelante! Soportar: llevar sobre los hombros las cosas que no se pueden cambiar aún. Pero ir adelante con esta paciencia, con esta paciencia que nos da la gracia. Pero, ¿qué debemos hacer con la valentía y la paciencia? Salir de nosotros mismos: salir de nosotros mismos. Salir de nuestras comunidades para ir allí donde los hombres y las mujeres viven, trabajan y sufren, y anunciarles la misericordia del Padre que se ha dado a conocer a los hombres en Jesucristo de Nazaret. Anunciar esta gracia que nos ha sido regalada por Jesús. Si a los sacerdotes, el Jueves Santo, les pedí que fueran pastores con olor a oveja, a vosotros, queridos hermanos y hermanas, digo: sed en todo lugar portadores de la Palabra de vida en nuestros barrios, en los lugares de trabajo y allí donde las personas se encuentren y desarrollen relaciones. Debéis salir fuera. No entiendo las comunidades cristianas que están cerradas, en la parroquia. Quiero deciros algo. En el Evangelio es bonito ese pasaje que nos habla del pastor que, cuando vuelve al ovil, se da cuenta de que falta una oveja: deja las 99 y va a buscarla, a buscar una. Pero, hermanos y hermanas, nosotros tenemos una; ¡nos faltan 99! Debemos salir, ¡debemos ir hacia los demás! En esta cultura —digámonos la verdad— tenemos sólo una, ¡somos minoría! ¿Y sentimos el fervor, el celo apostólico de ir y salir y buscar las otras 99? Esta es una gran responsabilidad y debemos pedir al Señor la gracia de la generosidad y el valor y la paciencia para salir, para salir a anunciar el Evangelio. Ah, esto es difícil. Es más fácil quedarse en casa, con esa única oveja. Es más fácil con esa oveja, peinarla, acariciarla... pero nosotros sacerdotes, también vosotros cristianos, todos: el Señor nos quiere pastores, no peinadores de ovejas; ¡pastores! Y cuando una comunidad está cerrada, siempre con las mismas personas que hablan, esta comunidad no es una comunidad que da vida. Es una comunidad estéril, no es fecunda. La fecundidad del Evangelio viene por la gracia de Jesucristo, pero a través de nosotros, de nuestra predicación, de nuestra valentía, de nuestra paciencia.

Sale un poco largo, ¿verdad? ¡Pero no es fácil! Tenemos que decirnos la verdad: la labor de evangelizar, de llevar adelante la gracia gratuitamente no es fácil, porque no estamos nosotros solos con Jesucristo; existe también un adversario, un enemigo que quiere tener a los hombres separados de Dios. Y por eso instila en los corazones la desilusión, cuando no vemos recompensado enseguida nuestro compromiso apostólico. El diablo cada día arroja en nuestros corazones semillas de pesimismo y amargura, y uno se desanima, nos desanimamos. «¡No sale! Hemos hecho esto, no sale; hemos hecho lo otro y no funciona. Y mira esa religión cómo atrae a tanta gente y nosotros no». Es el diablo que introduce esto. Debemos prepararnos para la lucha espiritual. Esto es importante. No se puede predicar el Evangelio sin esta lucha espiritual: una lucha de todos los días contra la tristeza, contra la amargura, contra el pesimismo; ¡una lucha de todos los días! Sembrar no es fácil. Es más bello cosechar, pero sembrar no es fácil, y esta es la lucha de todos los días de los cristianos.

Pablo decía que tenía la urgencia de predicar y tenía la experiencia de esta lucha espiritual, cuando decía: «Tengo en mi carne una espina de satanás y todos los días la siento». También nosotros tenemos espinas de satanás que nos hacen sufrir y nos hacen caminar con dificultad y muchas veces nos desaniman. Prepararnos a la lucha espiritual: la evangelización pide de nosotros un verdadero valor también por esta lucha interior, en nuestro corazón, para decir con la oración, con la mortificación, con el deseo de seguir a Jesús, con los Sacramentos que son un encuentro con Jesús, decir a Jesús: gracias, gracias por tu gracia. Quiero llevarla a los demás. Pero esto es trabajo: esto es trabajo. Esto se llama —no os asustéis— se llama martirio. El martirio es esto: luchar, todos los días, para testimoniar. Esto es martirio. Y a algunos el Señor les pide el martirio de la vida, pero existe el martirio de todos los días, de todas las horas: el testimonio contra el espíritu del mal que no quiere que seamos evangelizadores.

Y ahora desearía terminar pensando algo. En este tiempo, en el que la gratuidad parece debilitarse en las relaciones interpersonales porque todo se vende y todo se compra, y la gratuidad es difícil hallarla, los cristianos anunciamos a un Dios que para ser nuestro amigo no pide nada más que ser acogido. Lo único que pide Jesús: ser acogido. Pensemos en cuántos viven en la desesperación porque jamás han encontrado a nadie que les haya prestado atención, que les haya consolado, que les haya hecho sentirse preciosos e importantes. Nosotros, discípulos del Crucificado, ¿podemos negarnos a ir a esos lugares adonde nadie quiere acudir por miedo a comprometernos y al juicio ajeno, y así negar a estos hermanos nuestros el anuncio de la Palabra de Dios? ¡La gratuidad! Nosotros hemos recibido esta gratuidad, esta gracia, gratuitamente; debemos darla, gratuitamente. Y esto es lo que, al final, quiero deciros. No tener miedo, no tener miedo. No tener miedo del amor, del amor de Dios, nuestro Padre. No tener miedo. No tener miedo de recibir la gracia de Jesucristo, no tener miedo de nuestra libertad que viene dada por la gracia de Jesucristo o, como decía Pablo: «Ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia». No tener miedo de la gracia, no tener miedo de salir de nosotros mismos, no tener miedo de salir de nuestras comunidades cristianas para ir a encontrar a las 99 que no están en casa. E ir a dialogar con ellos, y decirles qué pensamos, ir a mostrar nuestro amor que es el amor de Dios.

Queridos, queridos hermanos y hermanas: ¡no tengamos miedo! Vayamos adelante para decir a nuestros hermanos y a nuestras hermanas que estamos bajo la gracia, que Jesús nos da la gracia y esto no cuesta nada: sólo recibirla. ¡Adelante!

 


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