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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A
LA ASAMBLEA DE LA REUNIÓN DE LAS OBRAS
PARA LA AYUDA A LAS IGLESIAS ORIENTALES (ROACO)

Sala del Consistorio
Jueves 20 de junio de 2013

 

Queridos amigos:

¡Bienvenidos a todos! Os recibo con alegría para dar gracias al Señor, junto con los hermanos y hermanas de Oriente, representados aquí por algunos de sus Pastores y por vosotros superiores y colaboradores de la Congregación para las Iglesias orientales y miembros de las agencias que componen la ROACO. Agradezco a Dios la fidelidad a Cristo, al Evangelio y a la Iglesia de la que los católicos orientales han dado prueba a lo largo de los siglos, afrontando toda fatiga por el nombre cristiano, «conservando la fe» (cf. 2 Tm 4, 6-8). Les esto y cercano con gratitud. Extiendo mi agradecimiento a cada uno de vosotros, y a las Iglesias que representáis, por todo lo que hacéis en su favor; y correspondo el saludo cordial que me ha dirigido el cardenal prefecto. Como mis predecesores, deseo alentaros y sosteneros en el ejercicio de la caridad, que es el único motivo de gloria para los discípulos de Jesús. Esta caridad brota del amor de Dios en Cristo: la Cruz es su vértice, signo luminoso de la misericordia y de la caridad de Dios hacia todos, que ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5).

Es para mí un deber exhortar a la caridad, que es inseparable de esa fe en la que el Obispo de Roma, sucesor del Apóstol Pedro, ha de confirmar a sus hermanos. El Año de la fe nos impulsa a profesar de modo aún más convencido el amor de Dios en Cristo Jesús. Os pido que me acompañéis en la tarea de unir la fe a la caridad, que es propia del servicio petrino. San Ignacio de Antioquía tiene esa densa expresión con la que define a la Iglesia de Roma: «la Iglesia que preside en la caridad» (carta a los Romanos, saludo). Os invito, por lo tanto, a colaborar «en la fe y en la caridad de Jesucristo, Dios nuestro» (ibid), recordándoos que nuestro obrar será eficaz sólo si está arraigado en la fe, nutrido por la oración, especialmente por la santa Eucaristía, sacramento de la fe y de la caridad.

Queridos amigos, éste es el primer testimonio que debemos ofrecer en nuestro servicio a Dios y a los hermanos, y sólo de este modo cada una de nuestras acciones será fecunda. Continuad vuestra obra inteligente y atenta en la realización de proyectos bien ponderados y coordinados, que den la oportuna prioridad a la formación, especialmente de los jóvenes. Pero no olvidéis jamás que estos proyectos deben de ser un signo de la profesión del amor de Dios que constituye la identidad cristiana. La Iglesia, en la multiplicidad y riqueza de sus componentes y de sus actividades, no encuentra su seguridad en los medios humanos. La Iglesia es de Dios, confía en su presencia y en su acción, y lleva al mundo el poder de Dios, que es el poder del amor. Que la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente sea para vosotros una referencia valiosa en vuestro servicio.

La presencia de los patriarcas de Alejandría de los coptos y de Babilonia de los caldeos, así como de los representantes pontificios en Tierra Santa y Siria, del obispo auxiliar del patriarca de Jerusalén y del custodio de Tierra Santa, me conduce con el corazón a los santos lugares de nuestra Redención, pero reaviva en mí la viva preocupación eclesial por la condición de tantos hermanos y hermanas que viven en una situación de inseguridad y de violencia que parece interminable y no perdona a los inocentes y a los más débiles. A nosotros, los creyentes, se nos pide la oración constante y confiada para que el Señor conceda la anhelada paz, unida a la participación y a la solidaridad concreta. Quisiera dirigir una vez más desde lo más profundo de mi corazón un llamamiento a los responsables de los pueblos y de los organismos internacionales, a los creyentes de cada religión y a los hombres y mujeres de buena voluntad para que se ponga fin a todo dolor, a toda violencia, a toda discriminación religiosa, cultural y social. Que el enfrentamiento que siembra muerte deje espacio al encuentro y a la reconciliación que trae vida. A todos aquellos que sufren les digo con fuerza: ¡no perdáis jamás la esperanza! La Iglesia está a vuestro lado, os acompaña y os sostiene. Os pido que hagáis todo lo posible para aliviar las graves necesidades de las poblaciones afectadas, en particular la población siria, la gente de la amada Siria, los desplazados, los refugiados cada vez más numerosos. Precisamente san Ignacio de Antioquía pedía a los cristianos de Roma: «Recordad en vuestra oración a la Iglesia de Siria… Jesucristo velará sobre ella y vuestra caridad» (Carta a los Romanos IX, I. También yo os repito esto: recordaos en vuestra oración de la Iglesia de Siria… Jesucristo vigilará sobre ella y vuestra caridad. Encomiendo al Señor de la vida las innumerables víctimas e imploro a la Santísima Madre de Dios para que consuele a cuantos están en la «gran tribulación» (Ap 7, 14). ¡Es verdad, esto de Siria es una gran tribulación!

A cada uno de vosotros, a las agencias y a todas las Iglesias orientales imparto de corazón la bendición apostólica.

 


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