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VISITA OFICIAL DEL SANTO PADRE
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA
S.E. SR. D. GIORGIO NAPOLITANO

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Palacio del Quirinal
Jueves 14 de noviembre de 2013

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Señor Presidente:

Con viva gratitud devuelvo hoy la cordial visita que Usted quiso hacerme el pasado 8 de junio en el Vaticano. Le agradezco las corteses expresiones de bienvenida con las que me ha acogido, haciéndose intérprete de los sentimientos del pueblo italiano.

En la costumbre institucional de las relaciones entre Italia y la Santa Sede, mi visita confirma el excelente estado de las recíprocas relaciones, y, antes aún, quiere expresar un signo de amistad. En efecto, ya en estos primeros ocho meses de mi servicio petrino he podido experimentar de Su parte, señor Presidente, tantos gestos de atención. Éstos se añaden a los muchos que Usted progresivamente manifestó, durante su primer septenio, con respecto a mi predecesor Benedicto XVI. A él deseo dirigir en este momento nuestro pensamiento y nuestro afecto, en el recuerdo de su visita al Quirinal, que en aquella ocasión él definió «casa simbólica de todos los italianos» (Discurso del 4 de octubre de 2008).

Visitándole en este lugar tan cargado de símbolos y de historia, desearía idealmente llamar a la puerta de cada habitante de este país, donde están las raíces de mi familia terrena, y ofrecer a todos la palabra sanadora y siempre nueva del Evangelio.

Reflexionando acerca de los momentos destacados de las relaciones entre el Estado italiano y la Santa Sede, desearía recordar la inserción de los Pactos Lateranenses y el Acuerdo de revisión del Concordato en la Constitución republicana. De tal Acuerdo se celebrará dentro de pocas semanas el trigésimo aniversario. Tenemos aquí el sólido marco de referencia normativo para un desarrollo sereno de las relaciones entre Estado e Iglesia en Italia, marco que refleja y sostiene la colaboración cotidiana al servicio de la persona humana en vista del bien común, en la distinción de los respectivos papeles y ámbitos de acción.

Son muchas las cuestiones ante las cuales nuestras preocupaciones son comunes y las respuestas pueden ser convergentes. El momento actual está marcado por la crisis económica que le cuesta superar, y que, entre los efectos más dolorosos, tiene el de una insuficiente disponibilidad de trabajo. Es necesario multiplicar los esfuerzos para aliviar las consecuencias y captar y fortalecer todo signo de reactivación.

La tarea primaria que corresponde a la Iglesia es la de testimoniar la misericordia de Dios y alentar respuestas generosas de solidaridad para abrir a un futuro de esperanza; porque allí donde crece la esperanza se multiplican también las energías y el compromiso para la construcción de un orden social y civil más humano y más justo, y surgen nuevas potencialidades para un desarrollo sostenible y sano.

Están impresas en mi mente las primeras visitas pastorales que he podido realizar en Italia. A Lampedusa, ante todo, donde he podido encontrar de cerca el sufrimiento de quienes, a causa de las guerras o de la miseria, se dirigen hacia la emigración en condiciones a menudo desesperantes; y donde he visto el encomiable testimonio de solidaridad de tantos que se prodigan en la obra de acogida. Recuerdo luego la visita a Cágliari, para rezar ante la Virgen de Bonaria; y la visita a Asís, para venerar al Santo que es patrono de Italia y de quien he tomado el nombre. También en estos lugares he tocado con la mano las heridas que afligen hoy a tanta gente.

En el centro de las esperanzas y de las dificultades sociales está la familia. Con renovada convicción, la Iglesia sigue promoviendo el compromiso de todos, personas e instituciones, para sostener a la familia, que es el lugar primario donde se forma y crece el ser humano, donde se aprenden los valores y ejemplos que les hacen creíbles. La familia necesita estabilidad y reconocimiento de los vínculos recíprocos, para extender plenamente su insustituible tarea y realizar su misión. Mientras pone sus energías a disposición de la sociedad, ella pide ser apreciada, valorada y tutelada.

Señor Presidente, en esta circunstancia me agrada formular el deseo, sostenido por la oración, de que Italia, tomando de su rico patrimonio de valores civiles y espirituales, sepa encontrar nuevamente la creatividad y la concordia necesarias para su desarrollo armonioso, para promover el bien común y la dignidad de cada persona, y para ofrecer en el simposio de autoridades internacionales su aportación para la paz y la justicia.

Me es particularmente grato, por último, unirme a la estima y al afecto que el pueblo italiano alberga por Su persona y renovarle mis augurios más cordiales para el cumplimiento de las obligaciones propias de Su altísimo cargo. Que Dios proteja a Italia y a todos sus habitantes.

 



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