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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Sala Clementina
Jueves 28 de noviembre de 2013

 

Señores cardenales,
queridos hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

Ante todo, disculpadme por mi tardanza. Las audiencias se han retrasado. Os doy las gracias por la paciencia. Me alegra encontrarme con vosotros en el contexto de vuestra sesión plenaria. Os doy a cada uno mi más cordial bienvenida y agradezco al cardenal Jean-Louis Tauran las palabras que me ha dirigido también en vuestro nombre.

La Iglesia católica es consciente del valor que reviste la promoción de la amistad y del respeto entre los hombres y las mujeres de diversas tradiciones religiosas. Comprendemos cada vez más su importancia, ya sea porque el mundo ha llegado a ser, en cierto modo, «más pequeño», ya sea porque el fenómeno de las migraciones aumenta los contactos entre personas y comunidades de tradición, cultura y religión diferentes. Esta realidad interpela nuestra conciencia de cristianos y es un desafío para la comprensión de la fe y para la vida concreta de las Iglesias locales, de las parroquias, de muchísimos creyentes.

Por eso, es de particular actualidad el tema elegido para vuestra reunión: «Miembros de diferentes tradiciones religiosas en la sociedad». Como afirmé en la exhortación Evangelii gaudium, «una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes» (n. 250). En efecto, en el mundo no faltan contextos en los que la convivencia es difícil: a menudo motivos políticos o económicos se suman a las diferencias culturales y religiosas, recurriendo a incomprensiones y errores del pasado. Todo esto amenaza con crear desconfianza y miedo. Hay un solo camino para vencer este miedo, y es el diálogo, el encuentro caracterizado por la amistad y el respeto. Cuando se va por este camino, es un camino humano.

Dialogar no significa renunciar a la propia identidad cuando se sale al encuentro del otro, y tampoco ceder a componendas sobre la fe y sobre la moral cristiana. Al contrario, «la verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa» (ibid., 251), y por esto está dispuesta a comprender las razones del otro, es capaz de relaciones humanas respetuosas, convencida de que el encuentro con quien es diferente de nosotros puede ser una ocasión de crecimiento en la fraternidad, de enriquecimiento y testimonio. Por este motivo, el diálogo interreligioso y la evangelización no se excluyen, sino que se alimentan recíprocamente. No imponemos nada, no usamos ninguna estrategia engañosa para atraer a los fieles, sino que testimoniamos con alegría, con sencillez, lo que creemos y lo que somos. En efecto, un encuentro en el que cada uno dejara a un lado aquello en lo que cree, en el que fingiera renunciar a lo que más quiere, ciertamente no sería una relación auténtica. En ese caso, se podría hablar de una fraternidad falsa. Como discípulos de Jesús, debemos esforzarnos por vencer el miedo, siempre dispuestos a dar el primer paso, sin desanimarnos frente a las dificultades e incomprensiones.

El diálogo constructivo entre personas de diversas tradiciones religiosas también sirve para superar otro miedo que, por desgracia, vemos que aumenta en las sociedades más fuertemente secularizadas: el miedo a las diferentes tradiciones religiosas y a la dimensión religiosa en cuanto tal. Se considera la religión como algo inútil o, incluso, peligroso; a veces, se pretende que los cristianos renuncien a sus convicciones religiosas y morales en el ejercicio de la profesión (cf. Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo diplomático, 10 de enero de 2011). Está generalizado el pensamiento según el cual la convivencia sería posible sólo escondiendo la propia pertenencia religiosa, encontrándonos en una especie de espacio neutro, carente de referencias a la trascendencia. Pero también aquí: ¿cómo sería posible crear verdaderas relaciones, construir una sociedad que sea auténtica casa común, imponiendo dejar a un lado lo que cada uno considera parte íntima de su ser? No es posible pensar en una fraternidad «de laboratorio». Ciertamente, es necesario que todo se haga con respeto de las convicciones de los demás, incluso de quien no cree, pero debemos tener la valentía y la paciencia de salir al encuentro el uno del otro por lo que somos. El futuro está en la convivencia respetuosa de las diferencias, no en la homologación de un pensamiento único teóricamente neutral. Hemos visto largamente en la historia, la tragedia de los pensamientos únicos. Por eso, es imprescindible el reconocimiento del derecho fundamental a la libertad religiosa, en todas sus dimensiones. Sobre esto, el magisterio de la Iglesia se ha expresado con gran solicitud en los últimos decenios. Estamos convencidos de que por este camino se llega a la construcción de la paz del mundo.

Doy las gracias al Consejo pontificio para el diálogo interreligioso por el valioso servicio que presta, e invoco sobre cada uno de vosotros la abundancia de la bendición del Señor. Gracias.

 



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