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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE TIMOR ORIENTAL
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 17 de marzo de 2014

 

Amados hermanos en el episcopado:

En el amor de Cristo, saludo cordialmente a toda la Iglesia de Dios en Timor Oriental, representada aquí por vosotros, sus pastores, que habéis venido a «conocer a Pedro» en la persona de su Sucesor y a «exponer a su consideración» vuestro servicio a la causa del Evangelio (cf. Ga 1, 18; 2, 2). Agradezco a monseñor Basílio, obispo de Baucau y presidente de la Conferencia episcopal, las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de todos y que muestran el admirable crecimiento de vuestras comunidades y su deseo de ser fieles al Evangelio. Os felicito porque las semillas de la buena nueva de Jesús, plantadas en vuestra tierra hace casi quinientos años, han crecido y han dado fruto en un pueblo que, desde la gran prueba del último cuarto del siglo XX, se profesa católico de modo decidido y valiente. La creación de la nueva diócesis de Maliana, al inicio de 2010, y la institución de la Conferencia episcopal timorense, a final de 2011, son señales positivas de la obra que el Señor ha comenzado entre vosotros y que quiere ir consumando (cf. Flp 1, 6).

Estas señales expresan el arraigo de la Iglesia en Timor y al mismo tiempo invitan a sus hijos y a sus hijas a un gran testimonio de vida cristiana y a un esfuerzo redoblado de evangelización para llevar la buena nueva a todos los estratos de la sociedad, transformándola desde dentro (cf. exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 18). A través de vuestras relaciones quinquenales y otras noticias, he podido conocer el espíritu fraterno que anima al pueblo timorense y a sus líderes en la construcción de una nación libre, solidaria y justa para todos. En los años que os separan de la última visita «ad limina» —realizada en octubre de 2002, o sea, pocos meses después del anhelado y feliz nacimiento de vuestra patria— no han faltado dolorosas sorpresas de ajuste nacional, con la Iglesia que recordaba las bases necesarias para una sociedad que quiere ser digna del hombre y de su destino trascendente. Estoy seguro de que vosotros, con los sacerdotes, seguiréis cumpliendo la función de conciencia crítica de la nación, manteniendo para este fin la debida independencia del poder político, en una colaboración equidistante que le deje la responsabilidad de ocuparse del bien común de la sociedad y de promoverlo.

De hecho, la Iglesia pide una sola cosa en el ámbito de la sociedad: la libertad de anunciar el Evangelio de modo integral, aun cuando va contracorriente, defendiendo valores que ha recibido y a los que debe permanecer fiel. Y vosotros, queridos hermanos, no tengáis miedo de ofrecer esta contribución de la Iglesia al bien de toda la sociedad. Nos lo recuerdan bien las palabras del Concilio Vaticano II: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (constitución pastoral Gaudium et spes, 1). En verdad, el Padre celestial, al enviar a su Hijo en nuestra carne, puso en nosotros sus entrañas de misericordia. Y, sin la misericordia, hoy tenemos pocas posibilidades de insertarnos en un mundo de «heridos», que tiene necesidad de comprensión, de perdón, de amor. Por eso no me canso de invitar a toda la Iglesia a la «revolución de la ternura» (exhortación apostólica Evangelii gaudium, 88). Los agentes de evangelización deben ser capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de dialogar con sus ilusiones y desilusiones, de arreglar sus desavenencias.

Sin disminuir el valor del ideal evangélico, es preciso acompañar, con misericordia y paciencia, las etapas posibles de crecimiento de las personas, que se construyen día a día. Por eso, en la comunión fraterna y solidaria de la Conferencia episcopal, he insistido repetidamente en este desafío de una sólida formación de los sacerdotes, de los religiosos y de los fieles laicos. Depositáis muchas esperanzas en vuestros seminarios, en los noviciados y, últimamente, en el Instituto superior de filosofía y teología «Dom Jaime Garcia Goulart»; pero no dejéis de suscitar y hacer crecer la corriente de solidaridad también con las demás Iglesias locales, en particular, mediante el envío de seminaristas mayores para que realicen sus estudios en universidades eclesiásticas o —quizá con mayor beneficio— de sacerdotes, para que consigan las especializaciones más necesarias en los diferentes servicios de la comunidad eclesial de Timor Oriental. Se necesitan formadores y profesores de teología cualificados, sobre todo para consolidar los resultados alcanzados en el campo de la evangelización, enriqueciendo a la Iglesia con su «rostro timorense».

Naturalmente, no se pretende una evangelización realizada sólo por agentes cualificados, con el resto del pueblo fiel como mero receptor de sus acciones. Al contrario, debemos hacer de cada cristiano un protagonista. «Si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús» (ibídem, n. 120). Y si alguien ha acogido este amor que le devuelve el sentido de la vida, no podrá contener su deseo de comunicarlo a los demás. Esta es la fuente de la acción evangelizadora. El corazón creyente sabe que, sin Jesús, la vida no es la misma cosa. ¡Pues bien! Lo que ha descubierto que le ayuda a vivir, le da esperanza, debe comunicarlo a los demás.

Como sabemos, amados hermanos, en todos los bautizados —desde el primero hasta el último— actúa el Espíritu que impulsa a evangelizar. Esta «presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que les permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión» (ibídem, n. 119). En estas limitaciones del lenguaje vemos aflorar la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio, porque «una fe que no se hace cultura —como escribió Juan Pablo II— es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Carta con la que se instituye el Consejo pontificio para la cultura, 20 de mayo de 1982, n. 2). Si en los varios contextos culturales de Timor Oriental la fe y la evangelización no son capaces de decir Dios, de anunciar la victoria de Cristo sobre el drama de la condición humana, de abrir espacios para el Espíritu renovador, es porque no están suficientemente vivas en los fieles cristianos, que tienen necesidad de un camino de formación y de maduración. Esto «implica tomarse muy en serio a cada persona y el proyecto que Dios tiene sobre ella. Todo ser humano necesita cada vez más de Cristo, y la evangelización no debería dejar que alguien se conforme con poco, sino que pueda decir plenamente: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2, 20)» (exhortación apostólica Evangelii gaudium, 160).

Y, si vive en el creyente, Cristo abrirá las páginas con el designio de Dios, aún selladas para las culturas locales, haciendo despuntar otras formas de expresión, señales más elocuentes, palabras llenas de nuevo significado. En el libro del Apocalipsis (cf. 5, 1-10) hay una página que lo ejemplifica: se habla de un libro cerrado con siete sellos, que sólo Cristo es capaz de abrir: Él es el Cordero inmolado que, con su sangre, ha rescatado para Dios a hombres de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones. Timor Oriental, el Cielo te ha rescatado, para que tú te abras al Cielo. Todo esto comporta una serie de desafíos para permitir una comprensión más fácil de la palabra de Dios y una mejor recepción de los sacramentos. Pero un desafío no es una amenaza. La conciencia misionera presupone hoy que se posean el valor humilde del diálogo y la convicción firme de presentar una propuesta de plenitud humana en nuestro contexto cultural.

Amados hermanos en el episcopado: He querido limitarme a tres puntos, objeto de vuestras preocupaciones; el primero es vuestra contribución como conciencia crítica de la nación; el segundo es toda la Iglesia que, movida por entrañas de misericordia, sale a misionar; el tercero es la expresión de la buena nueva de la salvación en las lenguas locales. Creo que puedo resumir todo con una imagen que os es familiar y querida: el pueblo fiel en peregrinación a los santuarios marianos, bajo la guía del obispo (digo «guiar», que no es sinónimo de mandar, dominar). Y el lugar del obispo puede ser triple: delante, para indicar el camino a su pueblo; en medio, para mantenerlo unido y neutralizar pérdidas; o detrás, para evitar que alguno se atrase o se aleje, pero fundamentalmente porque la misma grey está dotada de olfato para encontrar nuevos caminos: el sentido de la fe. En todo caso, sed hombres capaces de acompañar, con amor y paciencia, los pasos de Dios en su pueblo, y valorad todo lo que lo mantiene unido, poniendo en guardia contra posibles peligros, pero, sobre todo, haciendo crecer la esperanza: ¡que haya sol y luz en los corazones! Al mismo tiempo que os doy las gracias a todos por los esfuerzos realizados al servicio del Evangelio, pido al pueblo timorense que rece por mí; lo encomiendo a la protección de la Inmaculada Concepción —invocada afectuosamente con el título de «Virgem da Aitara»— y, por su intercesión, imploro para vosotros, para los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, para los seminaristas, los novicios y las novicias, para los catequistas, los animadores de los movimientos eclesiales y la juventud briosa, para las familias con sus niños y sus ancianos, y para todos los demás miembros del pueblo de Dios, la abundancia de las gracias del Cielo, y como prenda de ellas os imparto la bendición apostólica.

 




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