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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LOS AGENTES SANITARIOS (PARA LA PASTORAL DE LA SALUD)

Sala Clementina
Lunes 24 de marzo de 2014

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Os doy la bienvenida con ocasión de vuestra sesión plenaria, y doy las gracias a monseñor Zimowski por sus palabras. A cada uno de vosotros va el reconocimiento del obispo de Roma por el empeño que ponéis hacia tantos hermanos y hermanas que llevan el peso de la enfermedad, de la discapacidad, de una ancianidad difícil.

Vuestro trabajo en estos días parte de lo que el beato Juan Pablo II, hace ya treinta años, afirmaba acerca del sufrimiento: «Hacer bien con el sufrimiento y hacer bien a quien sufre» (Carta ap. Salvifici doloris, 30). Estas palabras él las vivió, las testimonió de forma ejemplar. Su magisterio fue un magisterio vivo, que el pueblo de Dios retribuyó con mucho afecto y mucha veneración, reconociendo que Dios estaba con él.

Es verdad, en efecto, que incluso en el sufrimiento nadie está jamás solo, porque Dios en su amor misericordioso al hombre y al mundo abraza también las situaciones más inhumanas, en las que la imagen del Creador presente en cada persona aparece ofuscada o desfigurada. Así fue para Jesús en su Pasión. En Él todo dolor humano, toda angustia, todo sufrimiento fue asumido por amor, por la pura voluntad de estar cerca de nosotros, de estar con nosotros. Y aquí, en la Pasión de Jesús, está la mayor escuela para todo el que quiera dedicarse al servicio de los hermanos enfermos y sufrientes.

La experiencia de la participación fraterna con quien sufre nos abre a la belleza auténtica de la vida humana, que comprende su fragilidad. En la custodia y en la promoción de la vida, en cualquier etapa y condición que se encuentre, podemos reconocer la dignidad y el valor de cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte.

Mañana celebraremos la solemnidad de la Anunciación del Señor. «Quien acogió “la Vida” en nombre de todos y para bien de todos fue María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación personal estrechísima con el evangelio de la vida» (Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 102). María ofreció la propia vida, se puso totalmente a disposición de la voluntad de Dios, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que mora el Hijo de Dios.

Queridos amigos, en el cotidiano desempeño de vuestro servicio, tengamos siempre presente la carne de Cristo presente en los pobres, en los que sufren, en los niños, también en los no deseados, en las personas con discapacidad física o psíquica, en los ancianos.

Por ello invoco sobre cada uno de vosotros, sobre todas las personas enfermas y sufrientes con sus familias, así como sobre todos los que cuidan de ellos, la materna protección de María, Salus infirmorum, a fin de que ilumine vuestra reflexión y vuestra acción en la obra de defensa y promoción de la vida y en la pastoral de la salud. Que el Señor os bendiga.

 




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