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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ETIOPÍA Y ERITREA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Viernes 9 de mayo de 2014

 

 

Queridos hermanos obispos:

Os doy una cordial bienvenida con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, mientras venís en peregrinación para rezar ante las tumbas de san Pedro y san Pablo. Esta es una ocasión gozosa, puesto que vuestra presencia refuerza vuestros vínculos de amor y comunión con el Sucesor de Pedro. Confío que estos días de reflexión y oración sean para vosotros una fuente de renovación y sirvan para profundizar los lazos de vuestra amistad en Jesucristo y vuestra cooperación fraterna al servicio del Evangelio. Deseo expresar particulares palabras de aprecio al arzobispo Souraphiel por el saludo que me ha dirigido en vuestro nombre y en el de los fieles de vuestras Iglesias locales. Os pido que les transmitáis a todos ellos mi saludo, y os aseguro mi profundo afecto y mi cercanía espiritual.

Vuestra visita también nos ofrece una oportunidad para reflexionar juntos sobre la vida de la Iglesia en Etiopía y Eritrea y para hablar de las alegrías y los desafíos que afrontáis diariamente. Aun viniendo de países diversos y perteneciendo a ritos diferentes, cada uno con su riqueza particular, vuestra misión al servicio de Cristo y de su Iglesia es la misma: proclamar el Evangelio y edificar a los fieles en la santidad, la unidad y la caridad. Cuando tal misión se realiza en colaboración y con apoyo recíproco, la Iglesia, unida en el Espíritu, respira con los dos pulmones de Oriente y de Occidente y arde de amor a Cristo (cf. Constitución apostólica Sacri canones). Estoy agradecido por todo lo que hacéis para demostrar esta comunión colegial que, de por sí, es un testimonio de la unidad del pueblo de Dios nacida de la fe en Jesucristo.

Esta fe, presente en vuestras tierras desde los primeros tiempos de la Iglesia (cf.Hch 8, 26-40), ha sido alimentada y renovada a lo largo de los años por misioneros piadosos que, impulsados por su amor a Cristo, han proclamado el Evangelio «para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5, 15). Hoy tenemos de nuevo necesidad de este espíritu misionero para anunciar el mensaje salvífico de la vida nueva en Cristo a toda la sociedad, no sólo a cuantos no lo conocen sino también a los fieles, para que puedan percibir una vez más la lozanía del Evangelio y sentirse animados a encontrar modos siempre nuevos y creativos de vivir y celebrar su fe (cf. Evangelii gaudium, 11).

Esta gran tarea de evangelización, confiada a vosotros como sucesores de los Apóstoles, podréis realizarla sobre todo en comunión con vuestros sacerdotes. Me uno a vosotros en vuestro agradecimiento a los sacerdotes que sirven a vuestras Iglesias locales, tanto a los que crecieron en vuestras comunidades, como a los que llegaron como misioneros. A través de su ministerio sacramental y su predicación, así como a través de sus obras caritativas, estos sacerdotes hacen visible la presencia de Cristo y manifiestan su amor a la humanidad. Pero si deben ser anunciadores santos y eficientes del Evangelio, es esencial que ellos mismos sean evangelizados constantemente. Esto deberá suceder en primer lugar en el seminario, mediante una formación integral humana, espiritual, intelectual y pastoral. Esta formación ayudará a infundir en los sacerdotes durante toda la vida el amor a la oración, al conocimiento y al sacrificio de sí. Pero también necesitan vuestro interés activo por su vida y su ministerio. Os exhorto a ser padres buenos y generosos para vuestros sacerdotes, presentes y atentos a sus necesidades humanas y espirituales y a su formación permanente en el sacerdocio. Además, es importante favorecer una fraternidad auténtica entre los sacerdotes, para que se acompañen recíprocamente en su ministerio y lleven los unos las cargas de los otros. Así podrán responder de modo más generoso a la gracia de Dios en su vida y dar testimonio de la alegría del discipulado cristiano.

La misión de la Iglesia en Etiopía y Eritrea ha sido llevada adelante con el apoyo de numerosos religiosos y religiosas que, durante muchas generaciones, han cooperado generosamente a la edificación de vuestras comunidades locales. Muchos han dejado su tierra y su familia para ir al cuerno de África y unirse a los religiosos locales a fin de enseñar a los jóvenes, asistir a los enfermos y responder a las situaciones pastorales de vuestras comunidades. Me uno a vosotros en la acción de gracias a Dios omnipotente por estos religiosos y religiosas, anteriores y actuales, por su sacrificio y su servicio indispensable. Como parte de vuestro ministerio episcopal, os pido que alentéis y sostengáis sus esfuerzos constantes por satisfacer las necesidades espirituales y materiales actuales del pueblo de Etiopía y Eritrea.

Como indicó claramente el Concilio Vaticano II, la obra de evangelización no está reservada al clero o a los religiosos, sino que compete a todos los fieles cristianos, que están llamados a proclamar el amor salvífico que han experimentado en el Señor Jesús (cf. Apostolicam actuositatem, 6). Aprecio los esfuerzos que habéis realizado para crear nuevas oportunidades con vistas a la formación catequística de los fieles y para salir al encuentro de los jóvenes, que se encuentran en ese momento decisivo de la vida en el que sienten el desafío de profundizar su relación con Cristo y con su Iglesia y en el que tratan de formar una familia propia. Frente a los numerosos desafíos de la sociedad contemporánea, entre los cuales una cultura cada vez más secularizada y cada vez con menos oportunidades de trabajo digno, es fundamental que hombres y mujeres laicos sabios y comprometidos guíen a los jóvenes para que disciernan la orientación que darán a su vida y garanticen su futuro. Para un enfoque catequístico más eficaz también es importante seguir identificando y preparando a líderes cualificados, a fin de ayudar a formar a los fieles y, de este modo, hacer presente «la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal» (Evangelii gaudium, 169).

Queridos hermanos obispos, junto con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los fieles laicos de vuestras Iglesias locales, estáis llamados a difundir esta fragancia de Cristo en Etiopía y Eritrea (cf. 2 Cor 2, 14). Muchos años de conflicto y de tensiones constantes, además de una pobreza difundida y condiciones de sequía, han causado mucho sufrimiento a la gente. Os agradezco los generosos programas sociales que, inspirados en el Evangelio, ofrecéis en colaboración con las distintas instituciones religiosas, caritativas y gubernativas, destinados a aliviar dicho sufrimiento. En particular, pienso en los numerosos niños a los que asistís, los cuales sufren hambre y han quedado huérfanos a causa de la violencia y la pobreza. También pienso en los jóvenes que, de lo contrario, como muchos de sus amigos y familiares, querrían escapar de su país en busca de mayores oportunidades y corren el riesgo de perder la vida en viajes peligrosos. Y, naturalmente, siempre debemos recordar a los numerosos ancianos que, en medio de tantas dificultades, podrían ser así fácilmente olvidados. Vuestros esfuerzos por ellos, que dan un testimonio muy grande del amor de Dios entre vosotros, son una gracia extraordinaria para la gente. Que en vuestra amorosa preocupación por los pobres y los oprimidos sigáis buscando nuevas oportunidades para cooperar con las autoridades civiles en la promoción del bien común.

Consciente de las dificultades que debéis afrontar y de las bendiciones que habéis recibido, me uno a todos vosotros para invocar una nueva efusión de gracia sobre la amada Iglesia en Etiopía y Eritrea. Encomendándoos a la intercesión de María, Madre de la Iglesia, os imparto de buen grado mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, a los hombres y a las mujeres consagrados y a las personas laicas de Etiopía y Eritrea.

 



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