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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LETONIA Y ESTONIA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Jueves 11 de junio 2015

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Queridos hermanos en el episcopado:

Os acojo con alegría, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum; os saludo cordialmente a cada uno de vosotros y a las Iglesias particulares que el Señor ha confiado a vuestra guía paterna.

Nuestro encuentro nos permite reforzar los vínculos de fraternidad que también nos unen en la distancia, ya que compartimos la vocación episcopal y el servicio al pueblo de Dios.

El Señor os ha elegido para trabajar en una sociedad que, después de haber sido oprimida largamente por regímenes fundados en ideologías contrarias a la dignidad y a la libertad humana, hoy está llamada a medirse con otras insidias peligrosas, como el secularismo y el relativismo. Aunque esto pueda hacer más difícil vuestra acción pastoral, os exhorto a seguir anunciando incansablemente, sin perder jamás la confianza, el evangelio de Cristo, palabra de salvación para los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas.

En esta renovada evangelización no estáis solos. Tenéis a vuestros sacerdotes, los cuales, aunque son pocos y de diversas proveniencias, están a vuestro lado con respeto, obediencia y generosidad. Junto con ellos sentís la urgencia de una activa pastoral vocacional que, apoyándose en la oración dirigida al «Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38), se haga cargo de sensibilizar a las familias, las parroquias y toda la comunidad cristiana, para ayudar a los muchachos y jóvenes a estar disponibles a la llamada de Dios.

Siempre pensando en los sacerdotes, os animo a cuidar bien su formación, tanto en el plano de la preparación teológica y eclesial como en el de la madurez humana, radicada en una sólida espiritualidad y caracterizada por la apertura cordial y capaz de discernimiento de la realidad del mundo en que vivimos.

Además, para el crecimiento y el camino de vuestras comunidades es muy valiosa la presencia de los hombres y mujeres de vida consagrada. Especialmente en este año dedicado a ellos, es oportuno hacerles comprender que no solo se los aprecia por el servicio que prestan, sino aun antes por la riqueza intrínseca de sus carismas y de su testimonio, por el hecho mismo de que existen, difundiendo en medio del pueblo de Dios el perfume de Cristo a quien siguen en el camino de los consejos evangélicos. Sin embargo, también los consagrados tienen necesidad de ser sostenidos, tanto espiritual como materialmente, incluso mediante celebraciones comunes y oportunos momentos de encuentro y de intensa espiritualidad, para favorecer la familiaridad y el conocimiento recíproco y reforzar, en torno al obispo, el sentido de pertenencia a la Iglesia particular y la gozosa disponibilidad a colaborar en su edificación.

También la participación de los fieles laicos es indispensable para la misión evangelizadora. Gracias a Dios, podéis contar con el compromiso de muchos buenos católicos, en diversas actividades eclesiales. Vuestra cercanía y solicitud los ayudará a llevar adelante las responsabilidades que, según la enseñanza del Concilio Vaticano II, están llamados a asumir en el campo cultural, social y político, y también caritativo y catequístico. A vosotros se os confía la tarea de vigilar y estimular para que, tanto a nivel diocesano y parroquial como en las asociaciones y los movimientos eclesiales, estos puedan formar sus conciencias y profundizar su sentido de la Iglesia, en particular, el conocimiento de su doctrina social. Los fieles laicos son el enlace vivo entre lo que nosotros pastores anunciamos y los diversos ambientes sociales. ¡Que sientan siempre cerca el corazón de la Iglesia!

Al mismo tiempo, tanto ellos como vosotros estáis en contacto diario con las otras tradiciones cristianas presentes en vuestro territorio, y juntos podéis sostener el diálogo ecuménico, tan necesario hoy, incluso con vistas a la paz social, a veces sacudida por diferencias étnicas y lingüísticas.

También deseo compartir con vosotros la firme voluntad de promover la familia como don de Dios para la realización del hombre y la mujer, creados a su imagen, y como «célula básica de la sociedad», «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 66). Al contrario, debemos constatar que hoy el matrimonio se considera a menudo una forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier modo y modificarse según la sensibilidad de cada uno (cf. ibídem). Por desgracia, esta concepción reductiva también influye en la mentalidad de los cristianos, facilitando el recurso al divorcio o a la separación de hecho. Nosotros, pastores, estamos llamados a preguntarnos sobre la preparación para el matrimonio de los jóvenes novios y también sobre cómo ayudar a cuantos viven estas situaciones, para que los hijos no se conviertan en sus primeras víctimas y los cónyuges no se sientan excluidos de la misericordia de Dios y de la solicitud de la Iglesia, sino que se les ayude en el camino de la fe y de la educación cristiana de los hijos.

Por desgracia, la crisis económica y social, que también ha afectado a vuestros países, ha favorecido la emigración, de modo que a menudo en vuestras comunidades se encuentran tantas familias monoparentales, necesitadas de una atención pastoral especial. La ausencia del padre o de la madre en tantas familias comporta para el otro cónyuge una mayor fatiga, en todos los sentidos, respecto al crecimiento de los hijos. En verdad, para estas familias es valiosa vuestra atención y la caridad pastoral de vuestros sacerdotes, unida a la cercanía eficaz de las comunidades.

Queridos hermanos: En todo vuestro ministerio quiero que sintáis mi afecto y mi apoyo; como yo también me siento consolado por vuestra caridad fraterna, testimoniada por esta visita. Mientras os agradezco las oraciones que vosotros y vuestras comunidades eleváis al Señor por mí y por mi servicio a la Iglesia, os encomiendo a la intercesión materna de María santísima y a la protección de san Meinardo, y de corazón os bendigo a vosotros, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y todos los fieles laicos confiados a vuestro cuidado pastoral.

 



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