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VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON SU SANTIDAD KIRIL, PATRIARCA DE MOSCÚ Y TODA RUSIA

FIRMA DE LA DECLARACIÓN CONJUNTA

Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana - Cuba
Viernes 12 de febrero de 2016

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Declaración conjunta
del Papa Francisco
y del Patriarca Kiril de Moscú y de Todas las Rusias

 

«Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13,13).

1. Por la voluntad de Dios Padre, de quien procede todo don, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, con la ayuda del Espíritu Santo Consolador, nosotros, Francisco, Papa, y Kiril, Patriarca de Moscú y Todas las Rusias, nos hemos reunido hoy en La Habana. Damos gracias a Dios, glorificado en la Trinidad, por este encuentro, el primero en la historia.

Con alegría, nos hemos reunido como hermanos en la fe cristiana, que se encuentran para «hablar de viva voz» (2 Jn, 12), de corazón a corazón, y discutir acerca de las relaciones mutuas entre las Iglesias, de los problemas esenciales de nuestros fieles y de las perspectivas de desarrollo de la civilización humana.

2. Nuestro encuentro fraterno ha tenido lugar en Cuba, en la encrucijada entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste. Desde esta isla, símbolo de las esperanzas del «Nuevo Mundo» y de los dramáticos acontecimientos de la historia del siglo XX, dirigimos nuestra palabra a todas las naciones de América Latina y de los otros continentes.

Nos alegra el hecho de que la fe cristiana esté creciendo aquí de manera dinámica. El gran potencial religioso de América Latina, sus tradiciones cristianas multiseculares, forjadas en la experiencia personal de millones de personas, son la base de un gran futuro para esta región.

3. Al reunirnos a distancia de las antiguas disputas del «Viejo Mundo», sentimos con especial fuerza la necesidad de una colaboración entre católicos y ortodoxos, llamados, con dulzura y respeto, a dar al mundo razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).

4. Damos gracias a Dios por los dones que hemos recibido con la venida al mundo de su Hijo Unigénito. Compartimos la común Tradición espiritual del primer milenio del cristianismo. Los testigos de esta Tradición son la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, y los santos a quienes veneramos. Entre ellos hay innumerables mártires que testimoniaron su fidelidad a Cristo y se convirtieron en «semilla de cristianos».

5. A pesar de tener la Tradición común de los diez primeros siglos, los católicos y los ortodoxos, desde hace casi mil años, están privados de la comunión en la Eucaristía. Permanecemos divididos por unas heridas causadas por los conflictos del pasado lejano o reciente, por las diferencias heredadas de nuestros antepasados acerca de la comprensión y la explicación de nuestra fe en Dios, uno en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lamentamos la pérdida de la unidad, fruto de la debilidad humana y del pecado, que se produjo a pesar de la oración sacerdotal de Cristo Salvador: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (J 17, 21).

6. Conscientes de que todavía subsisten muchos obstáculos, esperamos que nuestro encuentro contribuya al restablecimiento de esta unidad querida por Dios, por la que Cristo rezó. Que nuestro encuentro anime a los cristianos de todo el mundo a rezar al Señor con renovado fervor pidiendo la plena unidad de todos sus discípulos. Que este encuentro sea, en un mundo que espera de nosotros no sólo palabras sino acciones concretas, un signo de esperanza para todas las personas de buena voluntad.

7. Con nuestra determinación de hacer todo lo que sea necesario para superar las diferencias históricas que hemos heredado, queremos unir nuestros esfuerzos para dar testimonio del Evangelio de Cristo y del patrimonio común de la Iglesia del primer milenio, respondiendo juntos a los desafíos del mundo contemporáneo. Los ortodoxos y los católicos deben aprender a dar un testimonio concorde de la verdad en aquellos ámbitos en los que sea posible y necesario. La civilización humana ha entrado en un cambio de época. Nuestra conciencia cristiana y nuestra responsabilidad pastoral nos obligan a no quedarnos indiferentes ante los desafíos que requieren una respuesta común.

8. Nuestra atención se dirige en primer lugar hacia aquellas regiones del mundo en las que los cristianos son perseguidos. En muchos países de Oriente Medio y África del Norte, nuestros hermanos y hermanas en Cristo son exterminados, por sus familias, pueblos y ciudades enteras. Sus templos son demolidos y saqueados de manera bárbara, sus objetos sagrados profanados, sus monumentos destruidos. Observamos con dolor el éxodo masivo de cristianos en Siria, Irak y otros países de Oriente Medio, la tierra donde nuestra fe comenzó a difundirse, y en la que ellos han vivido desde el tiempo de los apóstoles junto con otras comunidades religiosas.

9. Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional para que actúe urgentemente y se evite la expulsión de más cristianos en Oriente Medio. Levantamos la voz en defensa de los cristianos perseguidos, y expresamos nuestra compasión por los sufrimientos padecidos por los fieles de otras tradiciones religiosas, también ellos víctimas de la guerra civil, el caos y la violencia terrorista.

10. En Siria e Irak la violencia se ha cobrado ya miles de vidas, dejando sin hogar y sin recursos a millones de personas. Exhortamos a la comunidad internacional a que se una para poner fin a la violencia y al terrorismo y, al mismo tiempo, para que a través del diálogo se contribuya a un rápido restablecimiento de la paz civil. Es importante que a las poblaciones martirizadas y a tantos refugiados en los países vecinos se les asegure una ayuda humanitaria a gran escala.

Pedimos a todos los que pueden influir en el destino de las personas secuestradas, entre las que se encuentran los Metropolitas de Alepo, Pablo y Juan Ibrahim, capturados en abril de 2013, a que hagan todo lo necesario para su pronta liberación.

11. Elevamos nuestras oraciones a Cristo, el Salvador del mundo, por el restablecimiento de la paz en Oriente Medio, que es «fruto de la justicia» (cf. Is 32, 17), para que se fortalezca la convivencia fraterna entre los diversos pueblos, las Iglesias y las religiones allí presentes, por el regreso de los refugiados a sus casas, por la curación de los heridos y el descanso eterno del alma de las víctimas inocentes.

Dirigimos un ferviente llamamiento a todas las partes involucradas en los conflictos para que manifiesten buena voluntad y se sienten a la mesa de negociación. Al mismo tiempo, es necesario que la comunidad internacional haga todos los esfuerzos posibles para que, con acciones comunes, conjuntas y coordinadas, se acabe con el terrorismo. Hacemos un llamamiento a todos los países involucrados en la lucha contra el terrorismo, para que actúen con responsabilidad y prudencia. Exhortamos a todos los cristianos y a todos los creyentes en Dios a que recen con fervor al providente Creador del mundo, para que proteja a su creación de la destrucción y no permita una nueva guerra mundial. Para que la paz sea duradera y segura, se requieren esfuerzos específicos orientados a redescubrir los valores comunes que nos unen, y que se fundan en el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

12. Nos inclinamos ante el martirio de aquellos que con la propia vida han dado testimonio de la verdad del Evangelio, prefiriendo morir antes que apostatar de Cristo. Creemos que estos mártires actuales, miembros de diferentes Iglesias pero unidos por un mismo sufrimiento, son un aval para la unidad de los cristianos. A vosotros, que sufrís por Cristo, el Apóstol dirige su palabra: «Queridos, … estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante» (1 P 4, 12-13).

13. En esta época preocupante es indispensable el diálogo interreligioso. Las diferencias en la comprensión de las verdades religiosas no deben impedir que las personas de distintos credos vivan en paz y armonía. En las circunstancias actuales, los líderes religiosos tienen la responsabilidad especial de educar a sus fieles en el respeto a las creencias de los que pertenecen a otras tradiciones religiosas. Los intentos de justificar actos criminales con consignas religiosas son absolutamente inaceptables. Ningún crimen puede ser cometido en el nombre de Dios, «porque Dios no es Dios de confusión sino de paz» (1 Co 14, 33).

14. Afirmamos el alto valor de la libertad religiosa y damos gracias a Dios por la renovación sin precedentes de la fe cristiana que ahora está sucediendo en Rusia y en muchos países de Europa del Este, que durante décadas han sido dominados por regímenes ateos. Hoy, las cadenas del ateísmo militante han sido rotas, y en muchos lugares los cristianos pueden profesar su fe libremente. En un cuarto de siglo, se han erigido decenas de miles de nuevos templos, se han abierto cientos de monasterios y escuelas teológicas. Las comunidades cristianas realizan amplias actividades caritativas y sociales, prestando diversos tipos asistencia a los necesitados. Los ortodoxos y los católicos trabajan a menudo hombro con hombro. Así dan testimonio de los valores del Evangelio y ponen de manifiesto la existencia de una base espiritual común de la convivencia humana.

15. Al mismo tiempo, nos preocupa lo que sucede en tantos países, en que los cristianos se encuentran cada vez más ante una restricción de la libertad religiosa, del derecho a dar testimonio de sus creencias y de vivir de acuerdo con ellas. En particular, constatamos que la transformación de algunos países en sociedades secularizadas, ajenas a cualquier referencia a Dios y a su verdad, constituye una grave amenaza para la libertad religiosa. Estamos preocupados por la limitación actual de los derechos de los cristianos, incluso de su discriminación, cuando algunas fuerzas políticas, guiadas por la ideología de un secularismo en muchos casos excesivamente agresivo, intentan expulsarlos al margen de la vida pública.

16. El proceso de integración europea, que comenzó después de siglos de conflictos sangrientos, fue acogido por muchos con esperanza, como una garantía de paz y seguridad. Sin embargo, invitamos a permanecer vigilantes ante una integración que no sea respetuosa de las identidades religiosas. Aun cuando permanecemos abiertos a la contribución de otras religiones a nuestra civilización, estamos convencidos de que Europa debe permanecer fiel a sus raíces cristianas. Pedimos a los cristianos de Europa Occidental y Europa Oriental que se unan para dar juntos testimonio de Cristo y del Evangelio, de manera que Europa mantenga su alma forjada por dos mil años de tradición cristiana.

17. Nuestra mirada se dirige a las personas que se encuentran en una situación de gran dificultad, que viven en condiciones de extrema necesidad y de pobreza, mientras que las riquezas materiales de la humanidad no dejan de aumentar. No podemos permanecer indiferentes frente al destino de millones de migrantes y refugiados que llaman a la puerta de los países ricos. El consumo desenfrenado, como se ve en algunos países más desarrollados, está agotando gradualmente los recursos de nuestro planeta. La creciente desigualdad en la distribución de los bienes materiales aumenta el sentimiento de injusticia respecto al sistema de relaciones internacionales que se ha establecido.

18. Las Iglesias cristianas están llamadas a defender las exigencias de la justicia, el respeto por las tradiciones de los pueblos y una solidaridad auténtica con todos los que sufren. Nosotros, los cristianos, no debemos olvidar que «lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1, 27-29).

19. La familia es el núcleo natural de la vida humana y de la sociedad. Estamos preocupados por la crisis de la familia en muchos países. Los ortodoxos y los católicos comparten la misma concepción sobre la familia, y están llamados a dar testimonio de ella como un camino de santidad, que manifiesta la fidelidad de los cónyuges en sus relaciones recíprocas, en su apertura a la procreación y a la educación de los hijos, en la solidaridad entre las generaciones y el respeto hacia los más débiles.

20. La familia se funda en el matrimonio, que es un acto de amor libre y fiel entre un hombre y una mujer. El amor sella su unión y les enseña a recibirse mutuamente como un don. El matrimonio es una escuela de amor y de fidelidad. Lamentamos que otras formas de convivencia hayan sido puestas al mismo nivel de esta unión, mientras que el concepto de paternidad y maternidad, como vocación particular del hombre y de la mujer en el matrimonio, santificado por la tradición bíblica, sea excluido de la conciencia pública.

21. Pedimos a todos que respeten el derecho inalienable a la vida. A millones de niños se les priva de la posibilidad misma de nacer en el mundo. El grito de la sangre de los niños no nacidos clama a Dios (cf. Gn 4,10).

La difusión de la así llamada eutanasia conduce a que los ancianos y enfermos empiecen a sentirse como una carga excesiva para su familia y la sociedad en general.

También estamos preocupados por el uso cada vez más extendido de las técnicas de reproducción asistida, porque la manipulación de la vida humana es un ataque contra los fundamentos de la existencia del hombre, creado a imagen de Dios. Consideramos que nuestro deber es el de recordar la inmutabilidad de los principios morales cristianos, basados en el respeto a la dignidad del hombre, llamado a la vida según el designio del Creador.

22. Queremos hoy dirigirnos de forma especial a los jóvenes cristianos. Vuestra misión no es esconder el talento bajo tierra (cf. Mt 25, 25), sino usar todas las capacidades que Dios os ha dado para afirmar la verdad de Cristo en el mundo, para encarnar en vuestra vida los mandamientos evangélicos del amor a Dios y al prójimo. No tengáis miedo de ir contra corriente, defendiendo la verdad de Dios, a la cual las actuales normas seculares distan de conformarse siempre.

23. Dios os ama y espera que cada uno de vosotros sea su discípulo y apóstol. Sed la luz del mundo, para que los que están a vuestro alrededor, viendo vuestras buenas obras, alaben a vuestro Padre que está en el cielo (cf. Mt 5,14-16). Educad a vuestros hijos en la fe cristiana, transmitirles la perla preciosa de la fe (Mt 13,46) que habéis recibido de vuestros padres y antepasados. Recordad que «habéis sido comprados a buen precio» (1 Co 6, 20), al precio de la muerte en cruz del Hombre-Dios, Jesucristo.

24. Los ortodoxos y los católicos están unidos no sólo por la Tradición común de la Iglesia del primer milenio, sino también por la misión de predicar el Evangelio de Cristo en el mundo de hoy. Esta misión conlleva el respeto mutuo entre los miembros de las comunidades cristianas y excluye cualquier forma de proselitismo.

No somos competidores sino hermanos; y esto debe orientar todas nuestras acciones recíprocas y hacia el mundo externo. Instamos a los católicos y a los ortodoxos de todo el mundo a que aprendan a vivir juntos con paz y amor, y a que tengan «los unos para con los otros los mismos sentimientos» (Rm 15,5). Por tanto, no se puede aceptar el uso de medios desleales para inducir a los fieles a pasar de una Iglesia a otra, negando su libertad religiosa y sus propias tradiciones. Estamos llamados a poner en práctica el mandamiento del apóstol Pablo: «Considerando una cuestión de honor no anunciar el Evangelio más que allí donde no se haya pronunciado aún el nombre de Cristo, para no construir sobre cimiento ajeno» (Rm 15, 20).

25. Esperamos que nuestro encuentro contribuya también a la reconciliación allí donde hay tensiones entre los greco-católicos y los ortodoxos. Hoy en día está claro que el pasado método del «uniatismo», entendido como la unidad de una comunidad con otra separándola de su Iglesia, no es un modo que consiente restaurar la unidad. Sin embargo, las comunidades eclesiásticas surgidas en estas circunstancias históricas tienen derecho a existir y a hacer todo lo necesario para satisfacer las exigencias espirituales de sus fieles, buscando al mismo tiempo la convivencia pacífica con sus vecinos. Los ortodoxos y los greco-católicos necesitan reconciliarse y buscar formas de convivencia mutuamente aceptables.

26. Lamentamos el enfrentamiento en Ucrania que ha causado ya muchas víctimas, sufrimientos innumerables a sus pacíficos ciudadanos y que ha llevado a la sociedad a una profunda crisis económica y humanitaria. Invitamos a todas las partes en conflicto a tener prudencia, a la solidaridad social y a trabajar para construir la paz. Instamos a nuestras Iglesias en Ucrania a trabajar para lograr la armonía social, a abstenerse de participar en la confrontación y a no apoyar un ulterior aumento del conflicto.

27. Esperamos que la división entre los fieles ortodoxos en Ucrania se supere en el respeto de las normas canónicas existentes; que todos los cristianos ortodoxos de Ucrania vivan en paz y armonía, y que las comunidades católicas del país contribuyan a ello, con el fin de mostrar cada vez más nuestra fraternidad cristiana.

28. En el mundo de hoy, multiforme y al mismo tiempo unido por un destino común, los católicos y los ortodoxos están llamados a colaborar fraternalmente en el anuncio de la Buena Nueva de la salvación, a dar juntos testimonio de la dignidad moral y la auténtica libertad humana, «para que el mundo crea» (Jn 17,21). Este mundo, en el que desaparecen progresivamente los fundamentos espirituales de la existencia humana, espera de nosotros un fuerte testimonio cristiano en todos los ámbitos de la vida personal y social. El futuro de la humanidad depende en gran medida de nuestra capacidad de dar juntos testimonio del Espíritu de la verdad en estos tiempos difíciles.

29. Que Jesucristo, Dios y Hombre, Nuestro Señor y Salvador, nos ayude en este testimonio audaz de la verdad de Dios y de la Buena Noticia de salvación, que nos fortalece espiritualmente con su promesa infalible: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12,32).

Cristo es fuente de alegría y de esperanza. La fe en él transfigura la vida humana, la llena de sentido. A este convencimiento han llegado, a través de su propia experiencia, todos aquellos a los que se pueden aplicar las palabras de san Pedro Apóstol: «Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1 P 2,10).

30. Llenos de gratitud por el don de la mutua comprensión, manifestada en nuestro encuentro, nos dirigimos con esperanza a la Santísima Madre de Dios, invocándola con las palabras de una antigua oración: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios». Que la Santísima Virgen María, con su intercesión, impulse a la fraternidad a todos los que la veneran, para que, en el momento establecido por Dios, se reúnan en paz y armonía en el único pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e Indivisible Trinidad.

 

 

Francisco
Obispo de Roma,
Papa de la Iglesia Católica
Kiril
Patriarca de Moscú
y de Todas las Rusias

12 de febrero de 2016, La Habana (Cuba)

 


Discurso del Patriarca Kiril

Su Santidad,
Sus Excelencias,
Queridos hermanos y hermanas,
Señoras y señores,

Nosotros durante dos horas hemos tenido una discusión abierta, con pleno entendimiento de la responsabilidad para nuestras Iglesias, para nuestro pueblo creyente, para futuro del cristianismo y para futuro de la civilización humana. Fue una conversación con mucho contenido, que nos dio la oportunidad de entender y sentir las posiciones de uno y otro. Y los resultados de la conversación me permiten asegurar que actualmente, las dos Iglesias pueden cooperar conjuntamente defendiendo a los cristianos en todo el mundo; y con plena responsabilidad, trabajar conjuntamente, para que no sea guerra, para que la vida humana se respete en todo el mundo, para que se fortalezcan las bases de la moral personal, familiar y social, y que a través de la participación de la Iglesia en la vida de la sociedad humana moderna se purifique en nombre de nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo.


Discurso del Papa Francisco

Santidad,
Eminencias,
Reverencias,

Hablamos como hermanos, tenemos el mismo Bautismo, somos obispos. Hablamos de nuestras Iglesias, y coincidimos en que la unidad se hace caminando. Hablamos claramente, sin medias palabras, y yo les confieso que he sentido la consolación del Espíritu en este diálogo. Agradezco la humildad de Su Santidad, humildad fraterna, y sus buenos deseos de unidad.

Hemos salido con una serie de iniciativas que creo que son viables y se podrán realizar. Por eso quiero agradecer, una vez más, a Su Santidad su benévola acogida, como asimismo a los colaboradores -y nombro a dos-: Su Eminencia el Metropolita Hilarión y Su Eminencia el Cardenal Koch, con todos sus equipos que han trabajado para esto.

No quiero irme sin dar un sentido agradecimiento a Cuba, al gran pueblo cubano y a su Presidente aquí presente. Le agradezco su disponibilidad activa. Si sigue así, Cuba será la capital de la unidad. Y que todo esto sea para gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y para el bien del santo Pueblo fiel de Dios, bajo el manto de la Santa Madre de Dios.



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