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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA

Plaza de San Pedro
Domingo 30 de abril de 2017

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Queridos amigos de la Acción Católica, buenos días.

Estoy muy feliz de encontrarlos el día de hoy, tan numerosos y de fiesta por el 150 aniversario de la fundación de vuestra Asociación. Los saludo a todos con afecto, comenzando por el Asistente general y el Presidente nacional, a quienes agradezco las palabras con las que introdujeron este encuentro. El nacimiento de la Acción Católica Italiana fue un sueño surgido del corazón de dos jóvenes, Mario Fani y Giovanni Acquaderni, que se ha convertido con el tiempo en camino de fe para muchas generaciones, vocación a la santidad para muchísimas personas: niños, jóvenes y adultos que se han convertido en discípulos de Jesús, y por ello, han tratado de vivir como testigos alegres de su amor en el mundo. También para mí es un poco de aire de familia: mi papá y mi abuela eran de la Acción Católica.

Es una historia hermosa e importante, por la que tienen que estar agradecidos al Señor por muchos motivos y por la que la Iglesia les está agradecida. Es la historia de un pueblo formado por hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, que han apostado por el deseo de vivir juntos el encuentro con el Señor: grandes y pequeños, laicos y pastores, juntos, independientemente de su condición social, de la preparación cultural, del lugar de origen. Fieles laicos que en todos los tiempos han compartido la búsqueda de  los caminos a través de los cuales anunciar con las propias vidas la belleza del amor de Dios y contribuir con su compromiso y competencia a la construcción de una sociedad más justa, más fraterna, más solidaria. Es una historia de pasión por el mundo y por la Iglesia —me acuerdo de cuando les hablé de un libro escrito en Argentina en el año 1937, que decía: «¡Acción católica es pasión católica!»—, y dentro de esta historia han crecido figuras luminosas de hombres y mujeres de fe ejemplar, que han servido al País con generosidad y coraje.

Tener una hermosa historia no sirve para caminar mirando hacia atrás, no sirve para mirarse en el espejo, no sirve para ponerse cómodos en el diván. No se olviden de esto: No caminen con los ojos mirando hacia atrás, porque chocarán. No se miren al espejo. De hecho, somos feos, mejor no mirarse. No se acomoden en el sofá, esto engorda y hace mal al colesterol. Hacer memoria de un largo itinerario de vida ayuda a ser conscientes de ser pueblo que camina cuidando a todos, ayudando a todos a crecer humanamente y en la fe, compartiendo la misericordia con la que el Señor nos acaricia. Los animo a seguir siendo un pueblo de discípulos-misioneros que vive y da testimonio de la alegría de saber que Dios nos ama con un amor infinito, y que junto a él aman profundamente la historia en la que vivimos. Así nos enseñaron los grandes testigos de santidad que han trazado el camino de su asociación, entre los que me gusta recordar a Giuseppe Toniolo, Armida Barelli, Piergiorgio Frassati, Antonietta Meo, Teresio Olivelli, Vittorio Bachelet. Acción Católica: ¡vive a la altura de tu historia! Vive a la altura de estas mujeres y de estos hombres que te han precedido.

En estos ciento cincuenta años la Acción Católica siempre se ha caracterizado por un gran amor a Jesús y a la Iglesia. También hoy están llamados a continuar con su peculiar vocación poniéndose al servicio de las diócesis, junto a los obispos — siempre—, y en las parroquias —siempre—, allí donde la Iglesia vive en medio de las personas —siempre—. Todo el Pueblo de Dios goza de los frutos de su dedicación, vivida en armonía entre la Iglesia universal y la Iglesia particular. En la vocación típicamente laical hacia una santidad vivida en lo cotidiano, pueden encontrar la fuerza y el coraje para vivir la fe, permaneciendo allí donde están, haciendo de la acogida y el diálogo un estilo con el cual acercarse unos a otros, experimentando la belleza de una responsabilidad compartida. No se cansen de recorrer el camino a través del cual es posible hacer crecer el estilo de una auténtica sinodalidad, un modo de ser Pueblo de Dios en el que cada uno puede contribuir a una lectura atenta, meditada, orante de los signos de los tiempos, para comprender y vivir la voluntad de Dios, con la certeza de que la acción del Espíritu Santo actúa y hace nuevas cada día todas las cosas.

Los invito a llevar adelante su experiencia apostólica en la parroquia, «que no es una estructura caduca» —¿han entendido bien?—. La parroquia no es una estructura efímera, porque «es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 28). La parroquia es el espacio donde las personas se pueden sentir acogidas tal y como son, y pueden ser acompañadas a través de un camino de maduración humana y espiritual que los lleve a crecer en el amor por la creación y los hermanos. Esto es válido sólo si la parroquia no se cierra en sí misma, y si tampoco la Acción Católica que vive en la parroquia se cierra en sí misma, sino que ayuda a la parroquia para que permanezca «en contacto con las familias y las vidas de las personas, sin convertirse en una larga estructura separada de la gente o un grupo de elegidos que se miran a sí mismos» (ibíd.). ¡Por favor, esto no!

Queridos miembros de la Acción Católica, que cada una de sus iniciativas, cada propuesta, cada camino sea una experiencia misionera, destinada a la evangelización, no a la auto-conservación. Que su pertenencia a la diócesis y a la parroquia se encarne a lo largo de la ciudad, de los barrios y pueblos. Tal y como ha sucedido en estos ciento cincuenta años, sientan fuerte dentro de ustedes la responsabilidad de lanzar la buena semilla del Evangelio en la vida del mundo, a través del servicio de la caridad, del compromiso político —métanse en política, pero por favor en la gran política, en la Política con mayúsculas—, a través de la pasión por la educación y la participación en el desarrollo cultural. Agranden su corazón para agrandar el corazón de sus parroquias. Sean caminantes de la fe, para salir al encuentro de todos, recibir a todos, escuchar a todos, abrazar a todos. Cada vida es una vida amada por el Señor, en cada rostro se ve el rostro de Cristo, especialmente en aquel del pobre, el que está herido de la vida y de quien se siente abandonado, de quien huye de la muerte y busca refugio en nuestras casas, en nuestra ciudad. «Nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social» (ibíd., 201).

Permanezcan abiertos a la realidad que les rodea. Busquen sin miedo el diálogo con quienes viven al lado de ustedes, incluso con quienes piensan diferente pero que como ustedes desean la paz, la justicia, la fraternidad. Es con el diálogo como se puede asegurar un futuro compartido. Es a través del diálogo como construimos la paz, cuidando a todos y dialogando con todos.

Queridos chicos, jóvenes y adultos de la Acción Católica: ¡vayan y lleguen a todas las periferias! Vayan con la fuerza del Espíritu Santo, y allí sean Iglesia.

Que la protección maternal de la Virgen Inmaculada los sostenga; los acompañe el apoyo y el aprecio de los Obispos, así como mi Bendición que imparto de corazón sobre ustedes y sobre la Asociación entera. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

 



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