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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO SOBRE EL PROCESO MATRIMONIAL

Sala Clementina
Sábado 25 de febrero de 2017

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Queridos hermanos:

Estoy feliz de encontraros al final del curso de formación para los párrocos, promovido por la Rota Romana, sobre el nuevo proceso matrimonial. Doy gracias al decano y al pro decano por su compromiso a favor de estos cursos formativos. Cuanto ha sido discutido y promovido en el Sínodo de los Obispos sobre el tema “Matrimonio y familia”, ha sido implementado e integrado de forma orgánica en la exhortación apostólica Amoris laetitia y traducido en oportunas normas jurídicas contenidas en dos procedimientos específicos: el motu proprio Mitis Iudex y el motu proprio Misericors Jesus. Es bueno que vosotros párrocos, a través de estas iniciativas de estudio, podáis profundizar tal material, porque sois sobre todo vosotros los que lo aplicáis concretamente en el contacto cotidiano con las familias.

En la mayor parte de los casos sois los primeros interlocutores de los jóvenes que desean formar una nueva familia y casarse por el sacramento del matrimonio. Y también se dirigen a vosotros esos cónyuges que, a causa de serios problemas en su relación, se encuentran en crisis, necesitan reavivar la fe y redescubrir la gracia del sacramento; y en ciertos casos piden indicaciones para iniciar un proceso de nulidad. Nadie mejor que vosotros conoce y está en contacto con la realidad del tejido social en el territorio, experimentando la complejidad variada: uniones celebradas en Cristo, uniones de hecho, uniones civiles, uniones fracasadas, familias y jóvenes felices e infelices. De cada persona y de cada situación vosotros estáis llamados a ser compañeros de viaje para testimoniar y sostener.

En primer lugar que sea vuestro primor testimoniar la gracia del sacramento del matrimonio y el bien primordial de la familia, célula vital de la Iglesia y de la sociedad, mediante la proclamación de que el matrimonio entre un hombre y una mujer es un signo de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia. Tal testimonio lo realizáis concretamente cuando preparáis a los novios al matrimonio, haciéndoles conscientes del significado profundo del paso que van a realizar, y cuando acompañáis con cercanía a las parejas jóvenes, ayudándolas a vivir en las luces y en las sombras, en los momentos de alegría y en los de cansancio, la fuerza divina y la belleza de su matrimonio. Pero yo me pregunto cuántos de estos jóvenes que vienen a los cursos prematrimoniales entienden qué significa “matrimonio”, el signo de la unión de Cristo y de la Iglesia. “Sí, sí” —dicen que sí, pero ¿entienden esto?— ¿Tienen fe en esto? Estoy convencido de que se necesita un verdadero catecumenado para el sacramento del matrimonio, y no hacer la preparación con dos o tres reuniones y después ir adelante.

No dejéis de recordar siempre a los esposos cristianos que en el sacramento del matrimonio Dios, por así decir, se refleja en ellos, imprimiendo su imagen y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio, de hecho, es icono de Dios, creado para nosotros por Él, que es comunión perfecta de las tres Personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que el amor de Dios Uno y Trino y el amor entre Cristo y la Iglesia su esposa sean el centro de la catequesis y de la evangelización matrimonial: que a través de encuentros personales o comunitarios, programados o espontáneos, no os canséis de demostrar a todos, especialmente a los esposos, este “misterio grande” (cf. Efesios 5, 32).

Mientras ofrecéis este testimonio, sea vuestra tarea también sostener a los que se han dado cuenta del hecho de que la unión no es un verdadero matrimonio sacramental y quieren salir de esta situación. En esta delicada y necesaria obra hacedlo de tal forma que vuestros fieles os reconozcan no tanto como expertos de actos burocráticos o de normas jurídicas, sino como hermanos que se ponen en una actitud de escucha y de comprensión.

Al mismo tiempo, haceros cercanos, con el estilo propio del Evangelio, en el encuentro y en la acogida de esos jóvenes que prefieren vivir juntos sin casarse. Estos, en el plano espiritual y moral, están entre los pobres y los pequeños, hacia los cuales la Iglesia, tras las huellas de su Maestro y Señor, quiere ser madre que no abandona sino que se acerca y cuida. También estas personas son amadas por el corazón de Cristo. Tened hacia ellos una mirada de ternura y de compasión. Este cuidado de los últimos, precisamente porque emana del Evangelio, es parte esencial de vuestra obra de promoción y defensa del sacramento del matrimonio. La parroquia es, de hecho, lugar por antonomasia de la salus animarum. Así enseñaba el beato Pablo VI: «La parroquia […] es la presencia de Cristo en la plenitud de su función salvadora […] es la casa del Evangelio, la casa de la verdad, la escuela de Nuestro Señor» (Discurso en la parroquia de la Gran Madre de Dios en Roma, 8 de marzo de 1964: Enseñanzas II [1964], 1077).

Queridos hermanos, hablando recientemente a la Rota Romana aconsejé realizar un verdadero catecumenado de los futuros esposos, que incluya todas las etapas del camino sacramental: los tiempos de la preparación al matrimonio, de su celebración y de los años inmediatamente sucesivos. A vosotros párrocos, indispensables colaboradores de los obispos, se os confía especialmente tal catecumenado. Os animo a realizarlo a pesar de las dificultades que podáis encontrar. Y creo que la dificultad más grande sea pensar o vivir el matrimonio como un hecho social —“nosotros debemos hacer este hecho social”— y no como un verdadero sacramento, que requiere una preparación larga, larga.

Os doy las gracias por vuestro compromiso a favor del anuncio del Evangelio de la familia. El Espíritu Santo os ayude a ser ministros de paz y de consolación en medio del santo pueblo fiel de Dios, especialmente hacia las personas más frágiles y necesitadas de vuestra cuidado pastoral. Mientras os pido que recéis por mí, de corazón os bendigo a cada uno de vosotros y vuestras comunidades parroquiales. Gracias.

 



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