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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A CHILE Y PERÚ
(15-22 DE ENERO DE 2018)

ENCUENTRO PRIVADO CON LOS SACERDOTES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

PALABRAS DEL SANTO PADRE

Santuario de San Alberto Hurtado (Santiago de Chile)
Martes, 16 de enero de 2018

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En el Centro Hurtado, el Papa estuvo acompañado por el provincial Cristián del Campo en la capilla que conserva los restos de san Alberto. Inaugurado en 1995, el santuario custodia la tumba, un sarcófago de piedra con terrones de tierra de cada región de Chile, como símbolo del abrazo de todos los fieles del país. El provincial saludó al Papa en nombre de los jesuitas, entre los que se veían muchos jóvenes. El encuentro fue inmediatamente familiar y caluroso por la presencia, entre otros, de los padres Carlos y José Aldunate, dos hermanos que tienen 101 y 100 años respectivamente. Reconociéndoles, Francisco comenzó con estas palabras:

¡Me alegra ver al padre Carlos! Fue mi director espiritual en el año 1960 durante mi juniorado. José era el maestro de novicios en aquella época, después lo hicieron provincial… Carlos era bedel y era… el rey del sentido común. Aconsejaba espiritualmente con mucho sentido común. Una vez, me acuerdo que fui a verlo porque estaba con mucha rabia contra una persona. Quería decirle cuatro frescas, decirle esto no va, vos sos esto y esto… Él me dijo: «Tranquilo… No conviene romper armas de entrada. Busque otros caminos…». Ese consejo no lo olvidé nunca y le agradezco ahora por esto. Sí. En Chile me sentí bien enseguida. Llegué ayer. Durante el día de hoy he sido muy bien recibido. He visto muchos gestos de gran afecto. Ahora, pregunten lo que quieran.

Se adelanta un jesuita: «Quisiera preguntarle cuáles han sido las grandes alegrías y los grandes dolores que ha tenido Ud. durante su pontificado».

Ha sido un tiempo tranquilo este del pontificado. Desde el momento en que en el Cónclave me di cuenta de lo que se venía —una cosa de golpe, sorpresiva para mí—, sentí mucha paz. Y esa paz no me dejó hasta el día de hoy. Es un don del Señor que le agradezco. Y de verdad espero que no me lo saque. Es una paz que siento como regalo puro, un regalo puro. Las cosas que no me quitan la paz, pero sí me dan pena, son los chismes. A mí los chismes me duelen, me ponen triste. Sucede a menudo en los mundos cerrados. Cuando esto se da en un contexto de sacerdotes o religiosos me viene preguntar a las personas: ¿pero cómo es posible? Vos que dejaste todo, decidiste no tener al lado a una mujer, no te casaste, no tuviste hijos, ¿querés terminar como un solterón chismoso? ¡Qué vida triste, Dios mío!

Un jesuita de la Provincia argentino-uruguaya pregunta: «¿Qué resistencias has encontrado durante tu pontificado y cómo las has vivido y discernido?».

Nunca, frente a la dificultad nunca digo que es una «resistencia». Eso sería faltar al deber de discernir. Es fácil decir «es resistencia» y no darse cuenta de que en esa disputa puede haber aunque sea un poquito así de verdad. Y yo me hago ayudar con eso. A menudo pregunto a una persona: «¿qué piensa de esto?». Esto me ayuda también a relativizar muchas cosas que, a primera vista parecen resistencia, pero que en realidad son una reacción que nace de un malentendido, del hecho de que algunas cosas hay que repetirlas, explicarlas mejor… Puede ser un defecto mío el hecho de que a veces doy por sentadas algunas cosas o pego un salto lógico sin explicar bien el proceso porque estoy convencido de que el otro entendió al vuelo el razonamiento que hago. Me doy cuenta que si vuelvo atrás y explico mejor entonces ahí el otro dice: «Ah, sí, está bien…» O sea, me ayuda mucho examinar bien el significado de las disputas. Ahora, cuando me doy cuenta de que hay verdadera resistencia, la sufro. Algunos me dicen que es normal que haya resistencias cuando alguno quiere hacer cambios. El famoso «siempre se hizo así» reina en todas partes: «Si siempre se hizo así, para qué vamos a cambiar? Si las cosas son así, si siempre se hizo así para qué hacerlas de manera diversa?». Esta es una tentación grande que todos hemos vivido. Por ejemplo, todos las vivimos en el posconcilio. Las resistencias después del Concilio Vaticano II, que todavía están presentes, y llevan a relativizar el Concilio, aguar el Concilio. Y me me duele más todavía cuando alguno se enrola en una campaña de resistencia. Lamentablemente veo esto también. Vos me preguntaste por las resistencias, y no puedo negar que están. Las veo y las conozco. Después están las resistencias doctrinales, que ustedes las conocen mejor que yo. Por salud mental yo no leo los sitios de internet de esta así llamada «resistencia». Sé quiénes son, conozco los grupos, pero no los leo, simplemente por salud mental. Si hay algo muy serio, me lo avisan para que yo sepa. Ustedes los conocen… Es una pena, pero creo que hay que seguir adelante. Los historiadores dicen que para que un concilio arraigue hace falta un siglo. Estamos a mitad de camino. A veces uno se pregunta: pero este hombre, esta mujer, ¿leyó el Concilio? Y hay gente que no leyó el Concilio. Y si lo leyó, no lo entendió. ¡Cincuenta años después! Nosotros estudiamos filosofía antes del Concilio, pero tuvimos la ventaja de estudiar teología después. Vivimos el cambio de perspectiva, y ya estaban los documentos conciliares. Cuando percibo resistencias, trato de dialogar, cuando el diálogo es posible, pero algunas resistencias vienen de personas que creen poseer la vera doctrina y te acusan de hereje. Cuando en estas personas, por lo que dicen o escriben, no encuentro bondad espiritual, yo simplemente rezo por ellos. Siento pena, pero no me detengo en este sentimiento por salud mental.

Sigue la pregunta de un novicio: «Muchos están de acuerdo en identificar la Iglesia con los obispos y los sacerdotes, y son muy críticos con algunos de ellos por cómo viven la pobreza, por la restricción a la participación de las mujeres y el espacio limitado que se da a las minorías… Frente a esta opinión ¿qué nos propone para acercar a la iglesia jerárquica, de la cual somos parte, a la gente común y corriente?».

Lo que yo pienso respecto de la relación entre obispo y pueblo de Dios, se la acabo de decir a los obispos. Así que lo que pienso yo acerca de los obispos está en ese discurso, muy breve, ya que tuvimos dos encuentros largos el año pasado en la visita ad limina. El daño más grande que pueda sufrir hoy en día Iglesia en América Latina es el clericalismo, es decir no caer en la cuenta de que la Iglesia es todo el santo pueblo fiel de Dios, que es infalible in credendo, todos juntos. Hablo de América Latina porque es lo que conozco mejor. Hace un tiempo escribí una carta a la Pontificia Comisión para América Latina, y hoy volví sobre el tema. Hay que caer en la cuenta de que la gracia de la misionariedad tiene que ver con el bautismo, no con el orden sagrado ni con los votos religiosos.

Consuela ver que hay muchos sacerdotes, religiosos, religiosas, que se juegan enteros con la opción conciliar de ponerse al servicio del pueblo de Dios. Y eso hay que tenerlo en cuenta. Pero en algunos todavía están vigentes comportamientos de tipo principesco. Se debe dar al pueblo de Dios el lugar que le corresponde.

Y podemos pensar lo mismo respecto del tema de la mujer. Tuve una experiencia particular como obispo de una diócesis: había que tratar cierto tema, y se hacía una consulta —por supuesto solo entre curas y obispos— y habíamos hecho una reflexión que nos llevaba a una serie de puntos sobre los que había que tomar una decisión. La misma cosa, tratada en una reunión conjunta de hombres y mujeres, llevó a conclusiones mucho más ricas, mucho más viables, mucho más fecundas. Es una simple experiencia que me viene ahora a la mente y que me hace reflexionar. La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba «la dimensión mariana». Sin esta dimensión la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar. Y repito, como les dije hoy a los obispos: «desprincipiar», estar cercanos a la gente…

El padre Juan Díaz toma la palabra y el Papa lo reconoce…

¡Juanito!

Después de un saludo afectuoso el P. Díaz prosigue: «Francisco, en varias ocasiones y en Evangelii gaudium, nos ha puesto en guardia frente al peligro de la mundanidad. ¿En qué aspectos de nuestra vida como jesuitas debiéramos estar más atentos para no caer en esta tentación de la mundanidad?».

A mí la alarma sobre la mundanidad me la despertó el último capítulo de las Meditaciones sobre la Iglesia, de Henri de Lubac. Él cita ahí al benedictino dom Ascar Vonier, que habla de la mundanidad como del peor mal que le puede suceder a la Iglesia. Eso me despertó el deseo de comprender que es la mundanidad. Claro que san Ignacio habla de ella en los Ejercicios, en el tercer ejercicio de la primera semana, allí donde pide descubrir los engaños del mundo. El tema de la mundanidad está en nuestra espiritualidad jesuítica. Las tres gracias que pedimos en esa meditación son el arrepentimiento de los pecados, es decir el dolor de los pecados, la vergüenza y el conocimiento del mundo, del demonio y de sus cosas. Por tanto, en nuestra espiritualidad la mundanidad entra como algo a tener en cuenta y a considerar como una tentación. Sería superficial afirmar que la mundanidad es llevar una vida demasiado relajada y frívola. Estas son solamente consecuencias. Mundanidad es usar los criterios del mundo y seguir los criterios del mundo y elegir según los criterios del mundo. Significa hacer discernimiento y preferir los criterios del mundo. Por tanto, lo que nos tenemos que preguntar es cuáles son estos criterios del mundo… Y eso es lo que san Ignacio hace pedir en ese tercer ejercicio. Y nos hace hacer las tres peticiones: al Padre, al Señor y a la Virgen. ¡Que nos ayuden a descubrir esos criterios! Cada uno, por tanto, tiene que ir buscando qué cosa es mundana en su propia vida. No basta una respuesta simple y en general. ¿En qué soy mundano yo? Esta es la verdadera pregunta. Por ejemplo, no sé, un profesor de teología se puede hacer mundano si anda a la pesca de la última cosa que se dice para estar siempre en la moda: esto es mundano. Pero los ejemplos pueden ser miles. Y hay que pedir al Señor no ser engañados tratando de discernir cuál es nuestra propia mundanidad.

Sigue otra pregunta: «Santo Padre, usted ha sido un hombre de reformas. ¿En qué reformas, aparte de la de la curia y de la Iglesia, nosotros como jesuitas, podemos apoyarle mejor?».

Creo que una de las cosas que la Iglesia más necesita hoy, y esto está muy claro en las perspectivas y en los objetivos pastorales de Amoris laetitia, es el discernimiento. Nosotros estamos acostumbrados al «se puede o no se puede». La moral usada en Amoris laetitia es la más clásica moral tomista, la del santo Tomás, no del tomismo decadente como ese con el que algunos han estudiado. También yo recibí en mi formación esta manera de pensar «se puede o no se puede, hasta aquí se puede, hasta aquí no se puede». No sé si vos te acordás (y aquí el Papa mira a uno de los presentes) de aquel jesuita colombiano que nos vino a dar moral al Colegio Máximo, cuando tocó hablar del sexto mandamiento: uno se atrevió a hacer la pregunta: «los novios pueden besarse?». ¡Si podían besarse! ¿Comprenden? Y él dijo: «Sí, sí, si. ¡No hay problema! Basta que pongan un pañuelo en el medio». Esta es una forma mentis de hacer teología en general. Una forma mentis basada en el límite. Y seguimos arrastrando las consecuencias. Si ustedes dan una ojeada al panorama de las reacciones que suscitó Amoris laetitia, van a ver que las críticas más fuertes contra la Exhortación son sobre el capítulo octavo: un divorciado ¿«puede o no puede tomar la comunión?». Y Amoris laetitia, en cambio, va por otro lado totalmente distinto, no entra en estas distinciones y pone el problema del discernimiento. Que ya estaba en base en la moral tomista clásica, grande, verdadera. Entonces el aporte que querría de la Compañía es el de ayudar a la Iglesia a crecer en el discernimiento. Hoy la iglesia necesita crecer en discernimiento. Y a nosotros el Señor nos ha dado esta gracia de familia de discernir. No sé si ustedes sabrán, pero hay una cosa que ya dije en otras reuniones como esta con jesuitas: al fin del generalato de Ledóchowski, la obra culmen de la espiritualidad de la Compañía fue el Epítome. Allí estaba regulado todo lo que tenías que hacer, en una mescolanza enorme entre Fórmula del Instituto, Constituciones y reglas. Estaban incluso las reglas del cocinero. Y estaba todo mezclado, sin jerarquización. Ledóchowski era muy amigo del abad general de los benedictinos y, una vez que fue a visitarlo, le llevó aquel escrito. Poco tiempo después, el abad se comunicó con él y le dijo: «Padre General, con esto usted mató la Compañía de Jesús». Y tenía razón, porque el Epítome quitaba cualquier capacidad de discernimiento. Después viene la guerra. El padre Jansens, tuvo que guiar la Compañía en la posguerra, y lo hizo bien, como podía, porque no era fácil. Y después vino la gracia del generalato de Arrupe. Pedro Arrupe con el Centro Ignaciano de Espiritualidad, la revista Christus y el impulso dado a los Ejercicios Espirituales, renovó esta gracia de familia que es el discernimiento. Superó el Epítome y volvió a las lecciones de los padres, a Fabro, a Ignacio. En esto hay que reconocer el rol de la vida de la revista Christus en aquel tiempo. Y después, también el rol del padre Luis González con su centro de espiritualidad: recorrió toda la Compañía dando ejercicios espirituales. Iban abriendo puertas, refrescando este aspecto que hoy día vemos que ha crecido mucho en la Compañía. Lo que yo te diría, recordando esta historia de familia, es que hubo un momento en que habíamos perdido —o no sé si lo habíamos perdido, pero digamos que no se usaba mucho— el sentido del discernimiento. Hoy día, dénselo —¡démoslo!— a la Iglesia, que lo necesita tanto.

La última pregunta es de un teólogo de la provincia de Perú: «Una pregunta sobre la colaboración: ¿qué ayuda le está dando la Compañía durante su pontificado? ¿De qué manera se ha dado la colaboración? ¿Cómo ha sido su relación con la Compañía?».

¡Desde el segundo día después de mi elección! Adolfo Nicolás vino a mi pieza en Santa Marta… Ahí empezó la colaboración. Él vino a saludarme, yo todavía estaba en la piecita que me tocó durante el Conclave, en Santa Marta, no en la que tengo ahora, y allí charlamos ahí un rato… Y los generales, los dos, Adolfo y ahora Arturo, los dos apostaron fuerte a esto. Creo que sobre este punto… está el padre Spadaro aquí…

Spadaro: Aquí estoy.

Está en la popular… Creo que él fue testigo desde el primer momento de esta relación con la Compañía. La disponibilidad es total. Y además con inteligencia, como por ejemplo sobre la doctrina de la fe: realmente mucho apoyo. Pero nadie puede acusar de «jesuitismo» al pontificado actual. Lo digo y creo que soy sincero al decirlo. Se trata de una colaboración eclesial, dentro del espíritu eclesial. Es un sentir con la Iglesia y en la Iglesia en el respeto del carisma de la Compañía. Los documentos de la última Congregación General no necesitaron aprobación pontificia. Yo no lo consideré necesario porque la Compañía es adulta. Y si mete la pata… ya vendrá la queja y después se verá. Creo que esta es la manera de colaborar. Bueno les agradezco tanto… y quiero decirles aún una cosa importantísima, una recomendación: ¡la cuenta de conciencia! Para los jesuitas es una joya, una gracia de familia… Por favor: ¡no la dejen!

 



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