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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Sala Clementina
Viernes, 26 de enero de 2018

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Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:

Me complace poder encontrarles al finalizar la sesión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Doy las gracias al prefecto por su introducción con la que ha resumido las líneas más importantes de vuestro trabajo en estos últimos dos años.

Expreso mi aprecio por vuestro delicado servicio, que responde a la particular unión de vuestro dicasterio con el ministerio del sucesor de Pedro, el cual está llamado a confirmar a los hermanos en la fe y a la Iglesia en la unidad.

Os doy las gracias por vuestro compromiso cotidiano de apoyo al magisterio de los obispos, en la tutela de la recta fe y de la santidad de los sacramentos, en todas las varias cuestiones que hoy requieren un discernimiento pastoral importante, como en el examen de los casos relativos a los graviora delicta y de las peticiones de disolución del vínculo matrimonial in favorem fidei.

Todas estas tareas resultan aún más actuales frente al horizonte, cada vez más fluido y variable, que caracteriza la autocomprensión del hombre de hoy y que influye no poco en sus elecciones existenciales y éticas. El hombre de hoy no sabe quién es y, por tanto, le cuesta reconocer cómo actuar bien.

En este sentido, parece decisiva la tarea de vuestra Congregación al recordar la vocación trascendente del hombre y la inseparable conexión de su razón con la verdad y el bien, al que introduce la fe en Jesucristo. Nada como el abrirse de la razón a la luz que viene de Dios ayuda al hombre a conocerse a sí mismo y el diseño de Dios en el mundo.

Aprecio, por tanto, el estudio iniciado por vosotros respecto a algunos aspectos de la salvación cristiana, al fin de reafirmar el significado de la redención, en referencia a las actuales tendencias neo-pelagianas y neo-gnósticas. Tales tendencias son expresiones de un individualismo que se fía de las propias fuerzas para salvarse. Nosotros, sin embargo, creemos que la salvación consiste en la comunión con Cristo resucitado que, gracias al don de su Espíritu, nos ha introducido en un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres. Así podemos unirnos al Padre como hijos en el Hijo y convertirnos en un solo cuerpo en Aquel que es «primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29).

Cómo no mencionar, después, los estudios que estáis llevando adelante sobre las implicaciones éticas de una adecuada antropología también en el campo económico-financiero. Solo una visión del hombre como persona, es decir como sujeto esencialmente relacional y connotado de una peculiar y amplia racionalidad, es capaz de actuar en conformidad con el orden objetivo de la moral. El Magisterio de la Iglesia siempre ha confirmado con claridad, al respecto, que «la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral» (Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 64).

Durante esta Sesión Plenaria habéis profundizado también algunas cuestiones delicadas sobre el acompañamiento de los enfermos terminales. Al respecto, el proceso de secularización, radicalizando los conceptos de autodeterminación y de autonomía, conllevó en muchos países un crecimiento de la petición de eutanasia como afirmación ideológica de la voluntad de poder del hombre sobre la vida. Esto ha llevado también a considerar la interrupción voluntaria de la existencia humana como una elección de «civilización». Está claro que allí donde la vida vale no por su dignidad, sino por su eficacia y por su productividad, todo se hace posible. En este escenario es necesario reiterar que la vida humana, desde la concepción hasta su final natural, posee una dignidad que la hace intangible.

El dolor, el sufrimiento, el sentido de la vida y de la muerte son realidades que a la mentalidad contemporánea le cuesta afrontar con una mirada llena de esperanza. Y también, sin una esperanza fiable que le ayude a afrontar también el dolor y la muerte, el hombre no logra vivir bien y conservar una perspectiva confiada delante de su futuro. Este es uno de los servicios que la Iglesia está llamada a hacer al hombre contemporáneo.

En este sentido, vuestra misión asume un rostro eminentemente pastoral. Son auténticos pastores aquellos que no abandonan al hombre a sí mismo, ni lo dejan preso de su desorientación y de sus errores, sino que con verdad y misericordia lo llevan a reencontrar su rostro auténtico en el bien. Auténticamente pastoral es, por tanto, cada acción dirigida a tomar de la mano al hombre, cuando este ha perdido el sentido de su dignidad y de su destino, para conducirlo con confianza y descubrir la paternidad amorosa de Dios, su destino bueno y las vías para construir un mundo más humano. Esta es la gran tarea que le corresponde a vuestra Congregación y a cualquier otra institución pastoral en la Iglesia.

En la certeza de vuestra dedicación a este importante servicio, que es desde siempre el camino maestro de la Iglesia, os renuevo mi gratitud y expreso a todos vosotros mi cercanía, impartiendo de corazón la bendición apostólica.

 



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