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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DEL MOVIMIENTO APOSTÓLICO DE CIEGOS

Sala Clementina
Sábado, 17 de noviembre de 2018

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Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Es un placer veros aquí tan numerosos, 90 años después del nacimiento de vuestra asociación. María Motta, una mujer ciega pero valiente, nacida en Argentina en la bella ciudad de Rosario, cuando regresó a Italia con sus padres, se dedicó a la enseñanza, con pasión humana y cristiana, pero no le bastó: en 1928 dio vida a una Comunidad espiritual entre invidentes —ya activa en Francia— sobre el modelo del apostolado de la oración. De esa pequeña semilla se desarrolló una asociación que se extendió por todo el territorio italiano y fue aprobada por el Papa san Juan XXIII.

De manera profética, vuestra fundadora pensó en juntar a los ciegos de su tiempo, para que pudieran encontrarse y apoyarse mutuamente. La presencia de los videntes, desde los primeros años, ha fortalecido gradualmente el movimiento, de modo que no se replegase sobre sí mismo y sobre los problemas relacionados con la falta de visión. María Motta quería formar personas autónomas capaces de dar testimonio de la fe a través de su propia discapacidad. Hoy todo esto es evidente. Vosotros estáis fuertemente unidos, ciego y personas que ven, acomunados por un solo camino de compartición y promoción de la persona con discapacidad, no solo porque está previsto en vuestros estatutos, sino sobre todo por esa amistad cristiana natural que caracteriza vuestros caminos de fe.

Reitero que la mejor respuesta para ofrecer a nuestra sociedad, que a veces tiende a marginar a las personas con discapacidades, es "«el “arma” del amor, no el falso, meloso y pietista, sino ese amor verdadero, concreto y respetuoso. En la medida en que se es acogido y amado, incluido en la comunidad y acompañado para mirar hacia el futuro con confianza, se desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta una felicidad duradera» (Discurso en el congreso sobre Catequesis y personas con discapacidad, 21 de octubre de 2017).

Es fuente de alegría para la comunidad eclesial saber que vosotros, también hoy, como verdaderos discípulos misioneros del Evangelio, estáis abiertos a las necesidades de los más pobres y de los que más sufren en el mundo. En lugar de replegaros sobre vosotros mismos y sobre vuestra discapacidad, habéis respondido con valentía a la invitación de Jesús: «Tuve hambre y me diste de comer, estaba desnudo y me vestiste, estaba enfermo y viniste a visitarme» (cf. Mt 25, 35-36). Desde cuando el Papa san Pablo VI publicó la histórica encíclica Populorum progressio, el MAC respondió positivamente, y hoy también recuerda los cincuenta años de cooperación con los países pobres del sur del mundo, donde los ciegos son más numerosos y viven en condiciones todavía muy difíciles.

El camino de estos noventa años ha permitido al Movimiento Apostólico de Ciegos comprender mejor el carisma específico que se le confía en la Iglesia, un carisma que se compone esencialmente de dos elementos. El primero es la compartición entre ciegos y personas con vista, como fruto de la solidaridad en la reciprocidad, con la perspectiva de un proceso fecundo de inclusión eclesial y social. El segundo es la elección de los pobres, una elección que, de varias maneras y formas, es propia de toda la Iglesia. Así cooperáis en el crecimiento de una Iglesia pobre para los pobres, experimentando que los pobres tienen mucho que enseñarnos, y que ponerlos en el centro es una forma privilegiada de evangelización. Vuestro compromiso concreto de ayudar y apoyar a los pobres os hace protagonistas en la labor de evangelización que la Iglesia está haciendo tras los pasos de los últimos. De hecho, «estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos, a acogerlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 198).

Especialmente después del Concilio Vaticano II, vuestro Movimiento se abrió generosamente al compromiso de promoción humana tanto en Italia como en los países más pobres. El primer sector de actividad que rápidamente se hizo realidad fue el de solidaridad con los ciegos de los países más pobres. Tomó forma dentro de la asociación, hasta el punto de involucrar a todos vuestros grupos y a varias diócesis italianas. Os felicito por la labor realizada en estos cincuenta años de cooperación con cientos de misioneros y operadores en los campos de la salud, la educación y la integración social. Y este trabajo misionero de proximidad concreta con los hermanos más pobres ha estimulado y hecho crecer vuestra atención también para los últimos y más lejanos en el territorio nacional, en favor de los ancianos ciegos, de los estudiantes ciegos, de las personas con discapacidades múltiples, de los padres e hijos que viven el problema de la ceguera. Todo esto contribuye a difundir la cultura de la hospitalidad, ayudando a tantas personas y a tantas familias. Aunque seamos pequeños ante la enormidad de los problemas del mundo, somos fuertes en el amor de Dios y todos «estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos» (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 216).

Queridos amigos, proseguid vuestro camino con confianza constante, conscientes del hecho de que el futuro de la humanidad reside en la compartición y en la amistad, sobre todo con los más pobres y abandonados. Gracias por vuestro testimonio. Y por favor, acordados de rezar también por mí.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 17 de noviembre de 2018).

 



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