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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS REDACTORES Y COLABORADORES DE LA REVISTA
"AGGIORNAMENTI SOCIALI"

Sala del Consistorio
Viernes, 6 de diciembre de 2019

[Multimedia]


 

Discurso improvisado por el Santo Padre

Discurso entregado durante la audiencia


DISCURSO DEL SANTO PADRE

 

Había preparado un discurso de ocho páginas... Después de la tercera serán pocos los que escuchen. Lo entrego y me gustaría hablar un poco sobre algunas de las cosas que oigo.

Gracias por vuestra visita y gracias, Padre Bartolomeo [Sorge, S.J.], por venir. Con el Padre Bartolomeo hicimos la 32ª Congregación General [de los Jesuitas] en 1974, ¿recuerda? Esas luchas internas, esos problemas... Fue un pionero en esto y le doy las gracias. Y a vosotros también, por traer las raíces, la memoria del desarrollo del trabajo social, que es importante. No perdáis el valor, porque hace poco leí algo de una claridad que hacía temblar, no estoy diciendo la política italiana, ¡pero sí, al menos la Iglesia italiana! Gracias, gracias a todos.

Algo que dijo el Padre Costa [Director de la revista]: escuchar. Nunca se puede dar una orientación, un camino, una sugerencia sin escuchar. La escucha es precisamente la actitud fundamental de cada persona que quiere hacer algo por los demás. Escuchar las situaciones, escuchar los problemas, abiertamente, sin prejuicios. “Dijiste esto”. No, sin prejuicios. Porque hay una forma de escuchar que es “Sí, sí, sí, he entendido, sí, sí...”, y lo reduzco, un reduccionismo a mis categorías. Y esto no funciona. Escuchar es dejarse tocar por la realidad. Y a veces tus propias categorías caen o se reorganizan. La escucha debe ser el primer paso, pero debe hacerse con la mente y el corazón abiertos, sin prejuicios. El mundo de los prejuicios, de las “escuelas de pensamiento”, de las tomas de posición, ha hecho tanto daño... Hoy, por ejemplo, en Europa estamos viviendo el prejuicio de los populismos, los países se están cerrando y las ideologías están volviendo. Pero no sólo las nuevas ideologías —alguna hay—, vuelven las viejas, las viejas ideologías que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué? Porque no se escucha la realidad tal como es. Hay una proyección de lo que yo quiero que se haga, de lo que quiero que se piense, que sea… Es un complejo que nos hace reemplazar a Dios creador: tomamos la situación en nuestras manos y operamos: la realidad es lo que yo quiero que sea. Ponemos filtros. Pero la realidad es otra cosa. La realidad es soberana. Guste o no, pero es soberana. Y yo tengo que dialogar con la realidad.

Segundo paso. Escuchar y dialogar, no imponer caminos de desarrollo, ni de soluciones a problemas. Si tengo que escuchar, tengo que aceptar la realidad tal como es, para ver cuál debe ser mi respuesta. Y aquí vamos al corazón del problema. ¿Cuál es la respuesta de un cristiano? Dialogar con esa realidad a partir de los valores del Evangelio, de las cosas que Jesús nos enseñó, sin imponerlas dogmáticamente, pero con diálogo y discernimiento. Un jesuita en Tailandia, que trabaja con refugiados, me hizo esta pregunta cuando estuve allí: “¿Cuál es el camino hoy para nuestro trabajo con los refugiados?”. Y la respuesta es: no hay camino, hay pequeños caminos que cada uno de nosotros debe tratar de recorrer mirando la realidad, recurriendo a la oración y haciendo discernimiento. Realidad, oración y discernimiento. Y así se va adelante en la vida, también con los problemas sociales y culturales... Pero si se parte de preconceptos o posiciones preestablecidas, de pre-decisiones dogmáticas, nunca, nunca, nunca se llegará a dar un mensaje. El mensaje debe venir del Señor, a través de nosotros. Somos cristianos y el Señor nos habla con la realidad, en oración y con el discernimiento.

Esto es lo que me gustaría decirles para su revista. Nunca, nunca encubráis la realidad. Decid siempre: “Así son las cosas”. Nunca la encubráis con esa resignación de “ya veremos..., quizás después cambie...”. Nunca la encubráis: la realidad es como es. Tratad de entenderla en su autonomía interpretativa, porque también la realidad tiene una manera de interpretarse a sí misma. Hay que entenderlo. Y luego el diálogo con el Evangelio, con el mensaje cristiano; la oración, el discernimiento, y así hacer pequeños senderos para ir adelante. Hoy no hay “carreteras” para la evangelización, no hay ninguna. Sólo senderos humildes, humildes que nos llevarán hacia adelante.

Me gustaría animaros en esto, y tal vez alguien diga: “Pero, padre, los problemas son muchos y tenemos miedo de resbalar y errar y caer”. Pero, ¡gracias a Dios! Si te caes, dale las gracias a Dios porque tendrás la oportunidad de levantarte y seguir adelante y caminar de nuevo... Uno que no“ se mueve por miedo a caer o resbalar o a cometer errores, nunca, nunca, nunca será fecundo en la vida. Adelante, con valentía. Y si la crítica es buena, te hará crecer. Te mostrará dónde han estado los errores. Y si la crítica viene de un mal corazón, te hará ”bailar” un poco con el ensañamiento que se da en estos casos... Pero mantened siempre vuestra libertad interior, y sólo los que oran, los que están delante de Dios, los que toman el Evangelio, tienen libertad interior. Esto no es pietismo, no, es autenticidad. Con las manos a la obra, y con el corazón para escuchar lo que pasa en las personas. Escuchar. Su palabra [de la introducción del Padre Costa] ha generado todo esto en mí. Lo ofrezco espontáneamente, y luego “académicamente” ¡el discurso de ocho páginas que tenía que decir!

Rezad por mí, yo rezaré por vosotros y seguid adelante, ¡siempre adelante!


 

Texto del discurso entregado

Queridos hermanos y hermanas:

Les doy la bienvenida y agradezco al director, el Padre Giacomo Costa, su introducción. Saludo también al Padre Bartolomeo Sorge, que desde hace muchos años es y sigue siendo un punto de referencia para la revista y, en general, para el compromiso con el bien común.

Ayudar a los lectores a “orientarse en el mundo que cambia”: este es el lema que habéis elegido. Desempeñáis un servicio valioso, especialmente en una época de cambios acelerados, que dejan a muchos extraviados y confundidos. Os doy las gracias por haberlo llevado a cabo con fidelidad y constancia desde hace 70 años. Requiere energía y compromiso, y ciertamente cuesta trabajo. Pero también da satisfacción por la labor realizada. Esta agradecimiento se extiende a todos aquellos que no están aquí, pero que han trabajado durante estas décadas, jesuitas, laicas y laicos.

1. Discernir en la sociedad

Orientar significa comprender dónde estamos, cuáles son los puntos de referencia, y luego decidir en qué dirección moverse: es un esfuerzo inútil orientarse para quedarse quieto después. Por eso tiene un significado muy cercano al discernimiento: en efecto, incluso en el camino de la sociedad, necesitamos aprender a reconocer la voz del Espíritu, interpretar sus signos y optar por seguir esa voz y no las otras (cf. Exh. ap. Evangelii Gaudium, 51).

Esto nos interpela a nivel personal, pero también como comunidad civil y eclesial, porque el Espíritu obra misteriosamente en las dinámicas de la sociedad. El discernimiento aquí es todo menos simple. No basta con entrenar la sensibilidad espiritual, que sigue siendo indispensable; hacen falta habilidades y análisis específicos, aquellos a los que dais espacio en vuestras páginas, gracias a la contribución de muchos expertos. Os ocupáis de temas complejos y controvertidos: del impacto de la inteligencia artificial en la sociedad y en el trabajo a las fronteras de la bioética; de la migración a los problemas de desigualdad e inequidad; de una visión de la economía atenta a la sostenibilidad y al cuidado del medio ambiente a la construcción del bien común en la concreción del actual escenario político. En estos ámbitos, Aggiornamenti Sociali tiene la tarea no sólo de proporcionar información fiable, sino también de acompañar a los lectores a formular opiniones y a actuar con mayor responsabilidad y no sólo por lo que han oído, tal vez siguiendo la ola de las fake news.

Respecto al análisis científico de los fenómenos sociales, seguid cultivando el equilibrio correcto: hay que reiterar su importancia, pero sin caer en la tentación de observar asépticamente la realidad, lo cual es imposible. La visión de la realidad siempre depende de la mirada de quien la observa y de la posición en la que se coloca. Por eso, forma parte de las tareas de una revista como la vuestra contribuir a recibir los resultados de la investigación científica con la mirada del discípulo, asumiendo la compasión que Jesús, el Maestro, siente y muestra por las personas que sufren, por los pobres que claman a Él y, junto con ellos, por «nuestra oprimida y devastada tierra» (cf. Cart. Enc. Laudato si', 2).

Para los cristianos, el discernimiento de los fenómenos sociales no puede prescindir de la opción preferencial por los pobres. Antes que correr en su ayuda, esta opción nos pide que estemos de su lado, también cuando observamos la dinámica de la sociedad. ¡Y sobre ella, sus valores y sus contradicciones los pobres tienen tanto que enseñarnos! (cf. Exh. ap. Evangelii Gaudium, 197-201). Entre los puntos fuertes de Aggiornamenti Sociali está también el de dar espacio a la perspectiva de aquellos que son “descartados”. Seguid con ellos, escuchadlos, acompañadlos para que sea su voz la que hable. También los que investigan y reflexionan sobre temas sociales están llamados a tener un corazón de pastor que huele a oveja.

2. Un camino para recorrer juntos

El discernimiento de los fenómenos sociales no puede hacerse solos. Nadie ―ni siquiera el Papa o la Iglesia― consigue abrazar todas las perspectivas relevantes: se necesita una confrontación seria y honesta, que involucre a todas las partes implicadas.

Ya san Pablo VI enseñaba que el análisis de la situación social y la identificación de los compromisos que hay que asumir para transformarla es una tarea que pertenece a las comunidades en su conjunto y en sus articulaciones, bajo la guía del Espíritu (cf. Carta ap. Octogesima adveniens, 4). Hoy podemos añadir que requieren un método sinodal: se trata de construir una relación, hecha de palabras y gestos, fijarse una meta común y tratar de alcanzarla. Es una dinámica en la que todos hablan libremente, pero también escuchan y están dispuestos a aprender y cambiar. Dialogar es construir una senda por la que caminar juntos y, cuando haga falta, puentes sobre los que encontrarnos y acercarnos unos a otros. Divergencias y conflictos no deben negarse u ocultarse, como a menudo estamos tentados de hacer, también en la Iglesia. Hay que asumirlos, no para quedarse atrapados en ellos ―el conflicto no puede ser nunca la última palabra― sino para abrir nuevos procesos (cf. Exh. ap. Evangelii Gaudium, 226-227).

Esta forma sinodal de proceder interpela también una Revista que puede utilizar sus páginas para que dialoguenposiciones y puntos de vista; pero debe guardarse de la tentación de la abstracción, de limitarse al nivel de las ideas, olvidando la concreción del hacer y del caminar juntos. Evita este riesgo cuando publica palabras arraigadas en experiencias y prácticas sociales, alimentadas por esa concreción. También la investigación intelectual seria es un camino que se recorre juntos, especialmente cuando se enfrentan temas de frontera, haciendo interactuar diferentes perspectivas y disciplinas y promoviendo relaciones de respeto y amistad entre las personas involucradas, que descubren cómo el encuentro enriquece a todos. Esto es aún más cierto en las iniciativas que requieren la creación de redes, la participación en eventos y la activación de grupos de investigación. Sé que estáis involucrados en muchas de estas experiencias, algunas incluso aquí en el Vaticano, y os animo a que continuéis.

Hay tres ámbitos que me parecen particularmente significativos. El primero es la integración de aquellas porciones de la sociedad que, por diversas razones, están situadas al margen y en las que se encuentran más fácilmente las víctimas de la cultura del descarte. Estas son portadoras de una contribución original indispensable para la construcción de una sociedad más justa: perciben cosas que otros no consiguen ver.

Un segundo ámbito se refiere al encuentro entre las generaciones, cuya urgencia hemos reconocido en el Sínodo de los Jóvenes. La aceleración del cambio social corre el riesgo de alejar a los jóvenes de su pasado, proyectándolos hacia un futuro sin raíces y haciéndolos más fáciles de manipular, al tiempo que exponen a las personas mayores a la tentación de la juventud a toda costa. Frente a estos riesgos, es necesario reforzar los pactos de confianza y solidaridad entre generaciones.

Por último, el tercer ámbito es la promoción de oportunidades de encuentro y acción común entre cristianos y creyentes de otras religiones, pero también con todas las personas de buena voluntad. Para ello es necesario medirse con miedos atávicos y tensiones muy arraigadas: algunas se refieren a las relaciones interreligiosas, otras a los contrastes entre “laicos” y “católicos” que atraviesan la historia italiana, otros ― y no debemos olvidarlos, pues requieren una atención especial― son internos del cuerpo eclesial. Pero si no logramos unir a toda la familia humana, será imposible avanzar en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral (cf. Cart. Enc. Laudato si', 13).

3. La alegría del compromiso social

Finalmente, os pido que no os desaniméis: al compromiso con la justicia y del cuidado de la casa común está asociada una promesa de alegría y plenitud. Muchos pueden dar testimonio de ello y ciertamente también vosotros tenéis la oportunidad de experimentarlo en vuestro trabajo: ponerse de parte de los pobres es un encuentro con sufrimientos e injusticias, pero también con una felicidad genuina y contagiosa. El compromiso por la justicia nos hace entrar en la dinámica de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mt 5,6). Seguid cultivando esta hambre y contagiándoselo a los demás: juntos experimentaremos el don de ser saciados.

Gracias una vez más por vuestro trabajo. Pido a Dios nuestro Padre que os acompañe y bendiga, que os llene de su amor y de la fuerza de la esperanza. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 6 de diciembre de 2019.

 



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