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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL
DE LA ORDEN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD Y DE LOS CAUTIVOS

Sala Clementina
Sábado, 15 de junio de 2019

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Queridos hermanos y hermanas:

Os recibo con alegría con motivo de vuestro Capítulo general. Doy las gracias al recién elegido Superior, el padre Luigi Buccarello, y le deseo todo lo mejor para su servicio. Con vosotros saludo a todos los miembros de la Orden y de la Familia Trinitaria, y a vuestros colaboradores.

En primer lugar, deseo agradeceros vuestro trabajo en las diversas obras de misericordia, en las escuelas, en las parroquias, en las cárceles y en los institutos de rehabilitación, y especialmente las diversas iniciativas con las que queréis sostener a las Iglesias que sufren por la fe en Cristo. Os exhorto a caminar siempre con «los pobres y los cautivos» (San Juan Bautista de la Concepción, Obras, III, 60); y a que en cada “Casa de la Santísima Trinidad” seáis testigos de Jesús, que vino «a traer la buena nueva a los pobres» (Lc 4,18).

El tema de vuestro Capítulo gira en torno a la pastoral juvenil y vocacional. Un tema vital para la Iglesia, como destaca el reciente Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes, y ciertamente también de gran importancia para vuestra Orden.

No es fácil centrar el objetivo en esta pastoral. El trabajo vocacional, cualquier trabajo vocacional no es proselitismo. Esto como punto de partida: no es proselitismo. Vosotros mismos reconocéis, en el Instrumentum Laboris del Capítulo, que tenéis dificultades con el lenguaje y el método para comunicar con el mundo juvenil. Justamente sentís la necesidad de una formación específica para la pastoral de acompañamiento y discernimiento. Por otro lado, la cultura del gran vacío provocado por el pensamiento débil y el relativismo que invitan a vivir “a la carta”, la cultura del fragmento, donde los grandes temas han perdido sentido, y el inmanentismo en el que viven encerrados tantos jóvenes hace pensar que no haya espacio para una propuesta vocacional en la fe para las nuevas generaciones. Pero sacar esta conclusión sería un grave error.

De hecho, también hoy en día hay jóvenes que buscan ardientemente el significado completo de sus vidas; jóvenes capaces de dedicación incondicional a las grandes causas. Jóvenes que aman apasionadamente a Jesús y muestran gran compasión por la humanidad. Hay jóvenes que tal vez no hablan de significado y de sentido de la vida, pero ¿qué quieren decir cuando ansían la felicidad, el amor, el éxito, la realización personal? Todo esto es parte del mundo de las aspiraciones de nuestros jóvenes, que necesitan ser ordenadas, como hizo el Creador al principio de los tiempos, pasando del caos al orden del cosmos (ver Gn 1,1-31).

Es aquí donde podéis y debéis entrar también vosotros, para ayudar a los jóvenes a armonizar sus aspiraciones, a ponerlas en orden. Sin olvidar que, con razón, piden que se les otorgue un cierto protagonismo en todo esto. Los jóvenes no pueden soportar entornos donde no encuentran su espacio y no reciben estímulos. Deben ser protagonistas, esta es la llave, y protagonistas en movimiento, no quietos.

Algo evidente es que «existe una pluralidad de mundos juveniles» (Exh. Ap. Postsin. Christus vivit, 68). Se necesita creatividad, que parta de la conversión pastoral a la que nosotros estamos llamados, para alcanzarlos y hacer una propuesta evangélica que les ayude a discernir la vocación a la que son llamados en la Iglesia. Tanto el Documento Final del Sínodo como la Exhortación Apostólica Christus vivit os ayudarán en vuestro esfuerzo de llegar a los jóvenes allí donde estéis presentes como una Orden Trinitaria. En este momento, me gustaría señalar algunos desafíos presentados por la pastoral juvenil y vocacional.

En primer lugar proximidad y acompañamiento. Los jóvenes nos quieren cerca. La pastoral juvenil y vocacional requiere acompañamiento y esto implica cercanía, hacerse presente en la vida de los jóvenes, como Jesús con los discípulos de Emaús (ver Lc 24,15). Los jóvenes quieren teneros como compañeros de camino, buscar juntos los “pozos de agua viva” donde pueden saciar la sed de plenitud que muchos de ellos sienten (ver Jn 4,6-15).

La cercanía es lo único que puede garantizar una relación fecunda, evangélicamente hablando, con los jóvenes. Abrid vuestras casas y comunidades a los jóvenes para que puedan compartir vuestra oración y vuestra fraternidad, pero sobre todo, abridles vuestros corazones . Que se sientan amados por lo que son, por cómo son. Sed para los jóvenes hermanos mayores con los que pueden hablar, en quienes pueden confiar. Escuchadles, habladles, haced discernimiento juntos. ¡Esto cansa! Y ese es el precio: vuestro cansancio. Que sientan que realmente los amáis y para esto podéis proponerles la gran medida del amor. ¿Cuál es la gran medida del amor?: La santidad, un camino de vida cristiana a contracorriente, como el de las Bienaventuranzas (ver Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 63-94).

Segundo, en salida. Es necesario salir al encuentro de los jóvenes, no solo a los que están cerca, sino también a los que están lejos (ver Ef 2,17). No os limitéis a aceptar a quienes acudan a vosotros, salid también al encuentro de los que se han alejado. Acogedlos tal y como son. Nunca despreciéis sus límites. Apoyadlos y ayudadlos en la medida de lo posible. Y, después de encontrarse con ellos, es necesario escucharlos, llamarlos, despertar el deseo de ir más allá de las comodidades en las que se asientan (véase el Documento preparatorio del Sínodo sobre los jóvenes, III, 1); y también necesitamos «la valentía, el cariño y la delicadeza necesarios para ayudar al otro a reconocer la verdad y los engaños o excusas» (Christus vivit, 293).

Os aliento a caminar con ellos, saliendo de los esquemas prefabricados ―por favor, ¡las pastorales prefabricadas no funcionan!― sin olvidar que, especialmente con los jóvenes, hay que ser perseverantes, sembrar y esperar pacientemente a que crezca la semilla, y un día, cuando el Señor quiera, dé fruto. Vuestro trabajo es sembrar, Dios hará crecer y quizás otros cosecharán los frutos. Qué vuestra pastoral juvenil sea dinámica, participativa, alegre, llena de esperanza, capaz de asumir riesgos, de confiar. Y siempre llena de Dios, que es lo que más necesitan los jóvenes para colmar su anhelo de plenitud. Una pastoral llena de Jesús, que es el único Camino que los lleva al Padre, la única Verdad que sacia su sed, la única Vida por la cual vale la pena dejarlo todo (ver Jn 14,6; 1,35-51).

Y todo esto ¿para qué?: Para que sean santos. Esta es la motivación, la fuerza de toda nuestra vida religiosa y también de nuestra acción con los jóvenes: llevarlos a Dios. Ante la tentación de la resignación, en la pastoral juvenil y vocacional se os pide la audacia evangélica y la vocación para echar las redes. (ver Lc 5,5), aunque no parezca el tiempo o la hora más oportunos. Frente a una vida somnolienta, adormecida y cansada, se os pide que estéis despierto para poder despertar; se os pide que seáis profetas de esperanza y novedad, profetas de alegría con vuestra propia vida, sabiendo que la mejor pastoral juvenil y vocacional es vivir la alegría de la propia vocación. Y nadie debe ser excluido de esto. Hace unas semanas leí una carta, creo que se hizo pública, de un preso. La carta comienza así: “Querido Fra Cristoforo”. En la cárcel había encontrado Los novios y comenzó a leerlo, y vio que este Fra Cristoforo había hecho las mismas cosas que él había hecho. A partir de ahí empezó la inquietud..., y este preso espera el momento de salir de la cárcel para entrar en un seminario. Dios llama en todas partes, Dios no tiene preferencias; Él llama a todos. ¡Sed valientes!

Queridos hermanos, ¡que nadie os robe vuestra capacidad de soñar y profetizar! ¡Rompamos nuestros miedos! ¡Alcémonos en pie! Los jóvenes, cercanos y lejanos, nos esperan. ¡Qué os acompañe mi Bendición Apostólica para vosotros y para todos los hermanos de la Orden, para los miembros de la Familia Trinitaria y para todos los colaboradores! Y vosotros por favor, rezad por mí, me hace falta. Gracias.

 


Boletín de la oficina de Prensa de la Santa Sede, 15 de junio de 2019.

 



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