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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A
LOS PARTICIPANTES EN EL FORO INTERNACIONAL DE JÓVENES

Sala Clementina
Sábado, 22 de junio de 2019

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Queridos jóvenes:

Estoy muy contento de encontrarlos al finalizar el XI Fórum Internacional de los Jóvenes, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, con el objetivo de promover la implementación del Sínodo 2018 sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Felicito al Cardenal Farrell y a todos sus colaboradores por esta iniciativa, que reconoce en ustedes, jóvenes, los primeros protagonistas de la conversión pastoral tanto deseada por los padres sinodales. Esta palabra “protagonista” no es un gesto de diplomacia y buena voluntad, o son protagonistas o no son nada; o van delante del tren o terminarán siendo vagón de cola, arrastrados por la marea. Protagonistas. Ustedes son jóvenes y jóvenes en acción en una Iglesia sinodal, y por eso han meditado y reflexionado en los últimos días.

Agradezco al cardenal Farrell sus palabras, a vos la lectura de la proclamación final y al cardenal Baldisseri, que fue el que llevó el Sínodo adelante, su presencia. Gracias.

El Documento final de la última Asamblea sinodal ve «el episodio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35) como un texto paradigmático, o sea, modélico, para comprender la misión eclesial en relación a las jóvenes generaciones» (n. 4). Cuando los dos discípulos estaban sentados a la mesa con Jesús, él «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30s). No es casualidad que hayan podido celebrar la solemnidad del Corpus Christi precisamente los días en que estaban reunidos en este encuentro. ¿No será que el Señor quiera abrir una vez más sus corazones y hablarles mediante este pasaje del Evangelio?

La experiencia que vivieron los discípulos de Emaús los empujó de modo irresistible a ponerse de nuevo en camino, a pesar de haber recorrido once kilómetros. Está oscureciendo, pero ya no tienen miedo de caminar de noche, pues es Cristo quien ilumina su vida. También nosotros, un día, encontramos al Señor en el camino de nuestra vida. Como los discípulos de Emaús, fuimos llamados para llevar la luz de Cristo en la noche del mundo. Ustedes, queridos jóvenes, están llamados a ser la luz en la obscuridad de la noche de tantos compañeros que aún no conocen la alegría de la vida nueva en Jesús.

Cleofás y el otro discípulo, después de haber encontrado a Jesús, sintieron la necesidad vital de estar con su comunidad. No hay verdadera alegría si no la compartimos con los demás. «¡Qué bueno y qué agradable es que los hermanos vivan unidos!» (Sal 133,1). Me imagino que están contentos de haber participado en este Fórum. Y ahora que llega el momento de despedirse, quizás sientan cierta nostalgia... Y Roma estará más tranquila. Es normal que suceda así. Forma parte de la experiencia humana. Tampoco los discípulos de Emaús querían que su “huésped misterioso” se fuera... «Quédate con nosotros», decían, intentando convencerlo de que se quedara con ellos. En otros episodios del Evangelio también aflora este mismo sentimiento. Recordemos, por ejemplo, la transfiguración, cuando Pedro, Santiago y Juan querían hacer tiendas, carpas, y quedarse en el monte. O cuando María Magdalena se encontró con el Resucitado y quería retenerlo. Pero «su Cuerpo resucitado no es un tesoro para retener, sino un Misterio para compartir» (Documento Final del Sínodo, 115). A Jesús lo encontramos, sobre todo, en la comunidad y por los caminos del mundo. Cuanto más lo llevemos a los demás, más lo sentiremos presente en nuestras vidas. Y estoy seguro de que ustedes lo harán cuando vuelvan a sus lugares de origen. El texto de Emaús dice que Jesús encendió un fuego en los corazones de los discípulos (cf. Lc 24,32). Como saben, el fuego, para que no se apague, tiene que expandirse, sino se convierte en cenizas, tiene que propagarse. Por ello, ¡alimenten y propaguen el fuego de Cristo que tienen en ustedes!

Queridos jóvenes, les repito una vez más: ¡Ustedes son el hoy de Dios, el hoy de la Iglesia! No sólo el futuro, no, el hoy. O la juegan hoy o perdieron el partido. Hoy. La Iglesia los necesita para ser plenamente ella misma. Como Iglesia, ustedes son el Cuerpo del Señor Resucitado presente en el mundo. Quiero que recuerden siempre que ustedes son miembros de un único cuerpo, de esta comunidad. Están unidos el uno al otro y solos no sobrevivirían. Se necesitan mutuamente para marcar, de verdad, la diferencia en un mundo cada vez más tentado por las divisiones. Piensen esto: En el mundo cada vez más son las divisiones; y las divisiones traen guerras, traen enemistad. Y ustedes tienen que ser el mensaje de la unidad. Que vale la pena andar por este camino. Solo caminando juntos seremos de verdad fuertes. ¡Con Cristo, Pan de Vida que nos da fuerza para el camino, llevemos la luz de su fuego a las noches de este mundo!

Quisiera aprovechar esta oportunidad para hacerles un anuncio importante. Como ustedes saben, el camino de preparación al Sínodo de 2018 coincidió en gran parte con el itinerario de la JMJ de Panamá, que tuvo lugar solo 3 meses después. En mi mensaje a los jóvenes de 2017 expresé la esperanza de que hubiera una gran armonía entre estos dos caminos (cf. también Documento Preparatorio, III, 5) ¡Pues bien!, la próxima edición internacional de la JMJ será en Lisboa en 2022. Y hay una portuguesa entusiasta allí… Para esta etapa de peregrinación intercontinental de los jóvenes elegí como tema: “María se levantó y partió sin demora” (Lc 1,39). Y para los dos años precedentes los invito a meditar sobre los versículos: ¡Joven, a ti te digo, levántate! (cf. Lc 7,14; Christus vivit, 20) y ¡Levántate! ¡Te hago testigo de las cosas que has visto! (cf. Hch 26,16). Con esto, deseo también esta vez que haya sintonía entre el itinerario hacia la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa y el camino post-sinodal. No ignoren la voz de Dios que los empuja a levantarse y a seguir los caminos que Él preparó para ustedes. Como María, y junto a ella, sean cada día portadores de su alegría y de su amor. Dice que María se levantó sin demora y apurada fue a ver a su prima. Siempre dispuestos, siempre apurados, pero no ansiosos, no ansiosos. Les pido que recen por mí y ahora les doy la bendición. Todos juntos, cada uno en su lengua, pero todos juntos, recemos el Ave María: Dios te salve María…



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