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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA COMUNIDAD ABRAHAM

Aula Pablo VI
Sábado, 14 de septiembre de 2019

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Queridos amigos:

¡Gracias por la alegría que manifestáis! Manifestar alegría es una gracia de Dios. Demos gracias a Dios que ha sembrado tanta alegría en vuestros corazones. Me alegro de encontrarme con vosotros a treinta años de la fundación de vuestra comunidad. El Señor no deja de sorprendernos abriendo nuevos caminos para seguir a Jesús, con la creatividad del Espíritu Santo. Os agradezco las palabras que me habéis dirigido. Sois una comunidad joven, y por ello lleváis dentro de vosotros el entusiasmo característico de quienes desean compartir la belleza de haber encontrado a Cristo en sus vidas.

Tenéis un nombre importante: “Abraham”, que inspira el recorrido de la evangelización que estáis llamado a realizar en las más diversas condiciones en las que os encontráis. No temáis inspirar vuestra vida y vuestra acción en el gran patriarca Abraham, nuestro padre en la fe. Que os enseñe, ante todo, a obedecer la llamada del Señor. No importa cómo y bajo qué circunstancias el Señor se manifieste en vuestras vidas. El Señor es creativo, es el Señor de las sorpresas, cuando menos lo esperamos viene y nos indica caminos diversos, originales. Él ―y ¡sólo Él!― conoce los lugares y las horas en las que encontrar a cada uno de vosotros. Lo importante es escuchar su voz. Para poder percibir su palabra, es necesario el silencio de la escucha. Vosotros sois, diría yo, bastante ruidosos cuando estáis juntos, pero el buen ruido, el ruido del Espíritu Santo, viene del silencio de la escucha. Si no hay silencio de escucha, el ruido no es un ruido “ungido” por el poder del Espíritu Santo. Como un gran obispo, San Ignacio de Antioquía, escribía a las primeras generaciones cristianas de Éfeso: «Una palabra pronunció el Padre, y fue su Hijo, y ella siempre habla en eterno silencio, y en silencio debe ser escuchada». Os deseo que sepáis encontrar siempre momentos de verdadero silencio en vuestras vidas; este es el secreto para poder escuchar a Dios que habla: el silencio.

La fe de Abraham lo lleva a dejar su tierra y su hogar para ir a un lugar que no conoce, pero que está garantizado por la promesa de Dios. Para ser evangelizadores hay que confiar en Dios y estar dispuestos a partir, a salir, pero no sólo una vez, sino a asumir un estilo de “éxodo”. Pensemos también en Moisés, lo mismo… Pensemos en san José: creo que san José al final de su vida tenía miedo de dormirse porque cada vez que se dormía ¡le cambiaban de planes! Este tipo de éxodo. Es importante salir al encuentro de los que el Señor pone en nuestro camino.

Cuando el apóstol Pedro escribía su primera carta, se dirigía a comunidades jóvenes, quizás un poco asustadas de expresar su fe; y sin embargo, las exhortaba a dar razón de la esperanza recibida de Cristo. Siempre exhortaba a hacerlo «con dulzura y respeto, con una conciencia justa» (1Pt 3,15-16). La mansedumbre que el Espíritu Santo nos da nos hace testigos, porque el camino del Espíritu Santo no es el proselitismo, es el testimonio. Si alguien viene a hacer proselitismo no es Iglesia, es secta. La Iglesia que quiere el Señor, como dijo el Papa Benedicto XVI, no crece por el proselitismo, sino por la atracción, que es la atracción del testimonio, y detrás del testimonio está siempre el Espíritu Santo. Esta es una metodología que estamos llamados a vivir en la obra de evangelización. Necesitamos caminar juntos con la gente de nuestro tiempo, escuchar lo que llevan en sus corazones, ofrecerles, con nuestras vidas, la respuesta más creíble, es decir, la que viene de Dios, a través de Jesucristo. Siempre es bueno para mí escuchar los consejos que San Francisco de Asís daba a los frailes cuando los mandaba a evangelizar: «Id, anunciad el Evangelio, si es necesario, también con palabras». Primero con el testimonio, luego te preguntan: “¿Por qué eres así?”. Y entonces es el momento de hablar.

La fe de Abraham fue fecunda más allá de todas las expectativas humanas. Y vio su cumplimiento en Jesús, a través de una humilde hija de Abraham, la Virgen María, en quien Cristo reflejó al Padre su “Heme aquí” . Que os ayude también a vosotros a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, y así vuestro testimonio y vuestro entusiasmo serán un instrumento eficaz al servicio del Evangelio. Adelante, avanzad en la fe y en la caridad, especialmente hacia los más marginados y pobres, confiando siempre en la promesa de Dios.

Os acompaño con mi bendición. Y vosotros, por favor, no os olvidéis de rezar por mí: me hace falta, porque este trabajo no es fácil ¡Gracias!


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 14 de septiembre de 2019.

 



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