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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 6 de diciembre de 1978

 

La realidad del hombre

Hermanas y hermanos queridísimos:

Empalmo con el tema del miércoles pasado.

1. Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que “remontarse” a los comienzos y al mismo tiempo “descender” en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras del libro del Génesis: “Al principio creó Dios” (Beresit bara Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en todo su significado hay que entrar también en el tema del “hombre”.

El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta es la Revelación primera y fundamental, y también la verdad primera y fundamental de nuestro Credo). Pero al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre. A esta segunda realidad que es el hombre, nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.

2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis con las que se define hombre como “imagen y semejanza de Dios”. Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis que presenta la descripción de la creación del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de crear expresado con estas palabras: “Dijo Dios... hágase”; en cambio aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador (del Dios-Elohim); así leemos: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra “hágase”, sino que de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe “reflejar”, debe como reproducir en cierto modo “la sustancia” de su Modelo. El Creador dice además “a nuestra semejanza”. Es obvio que no se debe entender como un “retrato”, sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

Sólo después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del designio de Dios-Creador, la Biblia habla del acto mismo de la creación del hombre: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gén 1, 27).

Esta descripción se completa con la bendición. Por tanto constan aquí el designio, el acto mismo de la creación y la bendición: “Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” (Gén 1, 28).

Las últimas palabras de la descripción “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 28), parecen el eco de esta bendición.

3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos; según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe “para él”, y él “ejerce dominio” sobre aquél; aunque esté condicionado de varias maneras por la naturaleza, el hombre la “domina”. La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. Al definir al hombre como “ imagen de Dios”, pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando ciertamente tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto “imagen de Dios”, da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido el Salmo 82, 6 dice: “Sois dioses”, palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).

4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu humano.

Es muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste —al primer creado, Adán— a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos a leer puede “escandalizar” a alguno por el modo arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante la actualidad de aquella narración, cuando se tiene en cuenta el meollo del problema.

He aquí el texto: “Formó Yavé Dios al hombre y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar y el árbol de la vida, y en medio del jardín el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos... Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase... Y se dijo Yavé Dios: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él. Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 7-20).

¿De qué somos testigos? De esto: el primer hombre realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, hombre, de todas las otras criaturas y, sobre todo, de quienes en cuanto “seres vivos” —dotados de vida vegetativa y sensitiva— muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, con el “hombre”, dotado también de vida vegetativa y sensitiva. Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la constatación de la diferencia fundamental y esencial: Soy diferente. Soy más “diferente” que “semejante”. La descripción bíblica termina diciendo: “No había para el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 20).

5. ¿Par qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor hondura en nuestro cristianismo.

El Adviento significa “la Venida”.Si Dios “viene” al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una “dimensión de espera” por cuyo medio el hombre puede “acoger” a Dios, es capaz de hacerlo.

Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo “creó... a su imagen” (Gén 1, 27).


Saludos

Antes de pronunciar la catequesis sobre el hombre

Quisiera saludar a todos lo presentes; y diciendo a todos quiero decir a cada uno de vosotros. Saludo cordialmente a los diferentes grupos aquí presentes, en especial a los más numerosos, como por ejemplo el de Perugia. Estoy muy agradecido a vuestro obispo mons. Lambruschini. Y estoy muy agradecido también a todos los otros obispo: que han venido con tantos grupos. Pero quisiera dirigir un saludo particular al Eminentísimo cardenal Ursi. No podré olvidar nunca que fuimos creados cardenales en el mismo Consistorio de 1967 junto con otros cardenales, por el Santo Padre Pablo VI. Hemos estado junto: también en dos Cónclaves. Pero recuerdo sobre todo que, después de la creación cardenalicia, concelebramos la liturgia eucarística con el Santo Padre Pablo VI en la plaza de San Pedro. Toda la plaza llamaba: ¡Cardenal Ursi, cardenal Ursi! Séame permitido repetir hoy esta llamada en presencia de su Eminencia Estoy muy contento por esta presencia

Después de la catequesis

(A los enfermos y recién casados)

Ahora dedico un recuerdo cordial a los enfermos para decirles que estoy cercano a ellos con afecto particular, para exhortarles vivamente a ofrecer al Señor sus valiosos sufrimientos, que son participación en la obra de su redención y medio seguro de purificación, elevación y mérito para sus almas; y en fin, para prometerles mi recuerdo en la oración a la Virgen Santísima Inmaculada para que experimenten siempre su protección poderosa y les conforte su sonrisa maternal.

Vaya asimismo un saludo ferviente, una felicitación sincera y una especial bendición a los esposos presentes en esta audiencia general. Bienvenidos, queridos esposos, a la Casa del Padre común. A vosotros que habéis recibido el "gran sacramento" del matrimonio, como lo define el Apóstol Pablo, os deseamos que lo viváis "en Cristo y en la Iglesia". Sed buenos, sed piadosos, sed verdaderamente cristianos. Y que el Señor os sostenga y acompañe con su gracia.

 



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