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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 15 de abril de 1981

 

Crear un clima favorable a la educación de la castidad

La audiencia de hoy cae dentro de la Semana Santa, la Semana "grande" del Año Litúrgico, porque nos hace revivir de cerca el misterio pascual, donde "la revelación del amor misericordioso de Dios alcanza su punto culminante" (cf. Dives in misericordia, 8).

Mientras invito a cada uno a participar con fervor en las celebraciones litúrgicas de estos días, hago votos para que todos reconozcan con exultación y gratitud el don irrepetible de haber sido salvados por la pasión y la muerte de Cristo. Toda la historia de la humanidad está iluminada y guiada por este acontecimiento incomparable: Dios, bondad infinita, la ha derramado con amor inefable por medio del sacrificio supremo de Cristo. Por tanto, mientras nos preparamos para elevar a Cristo, vencedor de la muerte, nuestro himno de gloria, debemos eliminar de nuestras almas todo lo que pueda oponerse al encuentro con El. Efectivamente, para verle a través de la fe, es necesario ser purificados por el sacramento del perdón y sostenidos por el esfuerzo perseverante de una profunda renovación del espíritu y de esa conversión interior que es encauzamiento en sí mismos de la "nueva creación" (2 Cor 5, 17), de la que Cristo resucitado es la primicia y la prenda segura.

Así la Pascua representará para cada uno de nosotros un encuentro con Cristo.

Es lo que de corazón deseo a todos.

* * *

1. En nuestras reflexiones precedentes —tanto en el ámbito de las palabras de Cristo en las que El hace referencia al "principio", como en el ámbito del sermón de la montaña, esto es, cuando El se remite al "corazón" humano— hemos tratado de hacer ver, de modo sistemático, cómo la dimensión de la subjetividad personal del hombre es elemento indispensable, presente en la hermenéutica teológica, que debemos descubrir y presuponer en la base del problema del cuerpo humano. Por lo tanto, no sólo la realidad objetiva del cuerpo, sino todavía mucho más, como parece, la conciencia subjetiva y también la "experiencia" subjetiva del cuerpo entran, constantemente, en la estructura de los textos bíblicos, y por esto, requieren ser tenidos en consideración y hallar su reflejo en la teología. En consecuencia, la hermenéutica teológica debe tener siempre en cuenta estos dos aspectos. No podemos considerar al cuerpo como una realidad objetiva fuera de la subjetividad personal del hombre, de los seres humanos: varones y mujeres. Casi todos los problemas del "ethos del cuerpo" están vinculados, al mismo tiempo, a su identificación ontológica como cuerpo de la persona, y al contenido y calidad de la experiencia subjetiva, es decir, al tiempo mismo del "vivir", tanto del propio cuerpo como en las relaciones interhumanas, y particularmente en esta perenne relación "varón-mujer". También las palabras de la primera Carta a los Tesalonicenses, con las que el autor exhorta a "mantener el propio cuerpo en santidad y respeto" (esto es, todo el problema de la "pureza de corazón") indican, sin duda alguna, estas dos dimensiones.

2. Se trata de dimensiones que se refieren directamente a los hombres concretos, vivos, a sus actitudes y comportamientos. Las obras de la cultura, especialmente del arte, logran ciertamente que esas dimensiones de "ser cuerpo" y de "tener experiencia del cuerpo", se extiendan, en cierto sentido, fuera de estos hombres vivos. El hombre se encuentra con la "realidad del cuerpo" y "tiene experiencia del cuerpo" incluso cuando éste se convierte en un tema de la actividad creativa, en una obra de arte, en un contenido de la cultura. Pues bien, por lo general es necesario reconocer que este contacto se realiza en el plano de la experiencia estética, donde se trata de contemplar la obra de arte (en griego aisthánomai: miro, observo) —y, por lo tanto, en el caso concreto, se trata del cuerpo objetivado, fuera de su identidad ontológica, de modo diverso y según criterios propios de la actividad artística—, sin embargo el hombre que es admitido a tener esta visión está, a priori, muy profundamente unido al significado del prototipo, o sea, modelo, que en este caso es él mismo: —el hombre vivo y el cuerpo humano vivo— para que pueda distanciar y separar completamente ese acto, sustancialmente estético, de la obra en sí y de su contemplación, gracias a esos dinamismos o reacciones de comportamiento y de valoraciones, que dirigen esa experiencia primera y ese primer modo de vivir. Este mirar, por su naturaleza, "estético" no puede, en la conciencia subjetiva del hombre, quedar totalmente aislado de ese "mirar" del que habla Cristo en el sermón de la montaña: al poner en guardia contra la concupiscencia.

3. Así, pues, toda la esfera de las experiencias estéticas se encuentra, al mismo tiempo, en el ámbito del ethos del cuerpo. Justamente, pues, también aquí es necesario pensar en la necesidad de crear un clima favorable a la pureza; efectivamente, este clima puede estar amenazado no sólo en el modo mismo en que se desarrollan las relaciones y la convivencia de los hombres vivos, sino también en el ámbito de las objetivaciones propias de las obras de cultura, en el ámbito de las comunicaciones sociales: cuando se trata de la palabra hablada o escrita; en el ámbito de la imagen, es decir, de la representación o de la visión, tanto en el significado tradicional de este término, como en el contemporáneo. De este modo llegamos a los diversos campos y productos de la cultura artística, plástica, de espectáculo, incluso la que se basa en técnicas audiovisuales contemporáneas. En esta área, amplia y tan diferenciada, es preciso que nos planteemos una pregunta a la luz del ethos del cuerpo, delineado en los análisis hechos hasta ahora sobre el cuerpo humano como objeto de cultura.

4. Ante todo, se constata que el cuerpo humano es perenne objeto de cultura, en el significado más amplio del término, por la sencilla razón de que el hombre mismo es sujeto de cultura, y en su actividad cultura y creativa él compromete su humanidad, incluyendo, por esto, en esta actividad incluso su cuerpo. Pero en las presentes reflexiones debemos restringir el concepto de "objeto de cultura", limitándonos al concepto entendido como "tema" de las obras de cultura y, en particular, de las obras de arte. En definitiva, se trata de la "tematización", o sea, de la "objetivación" del cuerpo en estas obras. Sin embargo, es necesario hacer aquí inmediatamente algunas distinciones, aunque sólo sea a modo de ejemplo. Una cosa es el cuerpo humano vivo: del hombre y de la mujer, que, de por sí, crea el objeto de arte y la obra de arte (como, por ejemplo, en el teatro, en el ballet y, hasta cierto punto, también durante un concierto), y otra cosa es el cuerpo como modelo de la obra de arte, como en las artes plásticas, escultura o pintura. ¿Se puede colocar en el mismo rango también el filme o el arte fotográfico en sentido amplio? Parece que sí, aunque desde el punto de vista del cuerpo como objeto-tema se verifique, en este caso, una diferencia bastante esencial. En la pintura o escultura el hombre-cuerpo es siempre un modelo, sometido a la elaboración específica por parte del artista. En el filme, y todavía más en el arte fotográfico, el modelo no es transfigurado, sino que se reproduce al hombre vivo: y en tal caso el hombre, el cuerpo humano, no es modelo para la obra de arte, sino objeto de una reproducción obtenida mediante técnicas apropiadas.

5. Es necesario señalar ya desde ahora que dicha distinción es importante desde el punto de vista del ethos del cuerpo, en las obras de cultura. Y añadimos también inmediatamente que la reproducción artística, cuando se convierte en contenido de la representación y de la transmisión (televisiva o cinematográfica), pierde, en cierto sentido, su contacto fundamental con el hombre- cuerpo, del cual es reproducción, y muy frecuentemente se convierte en un objeto "anónimo", tal como es, por ejemplo, una fotografía anónima publicada en las revistas ilustradas, o una imagen difundida en las pantallas de todo el mundo. Este anonimato es el efecto de la "preparación" de la imagen, reproducción del cuerpo humano, objetizado antes con la ayuda de las técnicas de reproducción, que —como hemos recordado antes— parece diferenciarse esencialmente de la transfiguración del modelo típico de la obra de arte, sobre todo en las artes plásticas. Ahora bien, este anonimato (que, por otra parte, es un modo de "velar" u "ocultar" la identidad de la persona reproducida), constituye también un problema específico desde el punto de vista del ethos del cuerpo humano en las obras de cultura y especialmente en las obras contemporáneas de la llamada cultura de masas.

Limitémonos hoy a estas consideraciones preliminares, que tienen un significado fundamental para el ethos del cuerpo humano en las obras de la cultura artística. Sucesivamente estas consideraciones nos harán conscientes de lo muy estrechamente ligadas que están a las palabras que Cristo pronunció en el sermón de la montaña, comparando el "mirar para desear" con el "adulterio cometido en el corazón". La ampliación de estas palabras al ámbito de la cultura artística es de particular importancia, por cuanto se trata de "crear un clima favorable a la castidad", del que habla Pablo VI en su Encíclica Humanae vitae. Tratemos de comprender este tema de modo muy profundo y esencial.


Saludos

(A un grupo de peregrinos de Costa de Marfil)

No puedo saludar en especial a cada uno de los grupos presentes en esta audiencia. A todos dirijo mi saludo cordial y les doy las gracias por su venida. Permitidme que nombre a uno de ellos que viene de bastante lejos, el de peregrinos de Costa de Marfil. Con ayuda de la Compañía "Air Afrique" han querido señalar así el primer aniversario de mi viaje apostólico a su país. Queridos amigos: Me emociona que me devolváis, por así decir, mi visita. Guardo un recuerdo vivo de ella. Me atrevo a esperar que produzca frutos de vitalidad en la fe, caridad activa y unión en torno a vuestros Pastores y con el Sucesor de Pedro. Que Dios os colme de sus bendiciones.

 

Saludo también a un grupo de jóvenes checoslovacos que han venido en peregrinación a Roma de distintos puntos del Occidente de Europa. Dios bendiga a su pueblo por intercesión de los Santos Cirilo y Metodio.

Saludo de corazón a los profesores y alumnos del liceo lituano. Bendigo a todos vosotros, a vuestras familias y a toda la juventud lituana.

(A los jóvenes y a los enfermos y a los recién casados)

Dirijo un saludo particular a vosotros, queridos jóvenes. Y en esta víspera del Jueves Santo atraigo vuestra atención a la realidad grande y dulce de este misterio. En efecto, aquella noche nació la Eucaristía, Sacrificio y Sacramento de amor. Y con ella Dios se quedó entre nosotros. En la Eucaristía se renueva cada día la muerte de Cristo y, por consiguiente, nuestra redención. Es además el alimento vigoroso del alma en el camino hacia el cielo.

Queridos jóvenes: Recibir con frecuencia la Eucaristía es transfigurar poco a poco nuestra naturaleza y transformarla de humana en divina. Es éste el augurio que os hago de todo corazón en la inminencia de la Pascua.

Una palabra de afecto particular os dedico también a vosotros, queridos enfermos, a quienes la fe y el sentido cristiano de la vida han traído aquí junto a la memoria de Pedro. Además de señalaros la Eucaristía, a vosotros os indico a Cristo crucificado, cuyo misterio celebramos el próximo Viernes Santo.

He dicho misterio. Es ciertamente un misterio el Calvario donde el Hijo de Dios es inmolado por la salvación de los hombres.

Queridos hermanos e hijos enfermos: El que sufre como vosotros sufrís, tiene la misma suerte que Cristo y participa de algún modo en su acción redentora, según lo que dice San Pablo: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo" (Col 1, 24). Tarea ardua que quema la carne y hasta el corazón a veces; pero libera el espíritu y lo hace digno de Dios colaborando en la redención del mundo. Que Dios os lo conceda e inunde de paz vuestro corazón.

Queridos recién casados: Cristo clavado en la cruz y muriendo entre gemidos para santificar a su Iglesia y hacerla digna de la mirada del Padre, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), es símbolo ideal del esposo que debe estar dispuesto a dar la vida por su mujer, al igual que la esposa debe hacer todo lo posible por agradar al marido. Es una estrofa de gracia la que canta el Apóstol Pablo en la Carta a los Efesios (5, 25 ss.).

Por tanto, la muerte de Cristo y su feliz resurrección en la alegría tienen mucho que enseñar también a vosotros, queridos esposos. Y bajo este aspecto asimismo, el matrimonio os confiere tal dignidad que os transforma en artífices de gracia. Con tal fin a todos bendigo.

 



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