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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de abril de 1986

 

La Divina Providencia

1. "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra": el primer artículo del Credo no ha acabado de darnos sus extraordinarias riquezas, y efectivamente, la fe en Dios como creador del mundo (de las "cosas visibles e invisibles"), está orgánicamente unida a la revelación de la Divina Providencia.

Comenzamos hoy, dentro de la reflexión sobre la creación, una serie de catequesis cuyo tema central está justamente en el corazón de la fe cristiana y en el corazón del hombre llamado a la fe: el tema de la Providencia Divina, o de Dios que, como Padre omnipotente y sabio está presente y actúa en el mundo, en la historia de cada una de sus criaturas, para que cada criatura, y específicamente el hombre, su imagen, pueda realizar su vida como un camino guiado por la verdad y el amor hacia la meta de la vida eterna en Él.

"¿Para qué fin nos ha creado Dios?", se pregunta la tradición cristiana de la catequesis. E iluminados por la gran fe de la Iglesia, tenemos que repetir, pequeños y grandes, estas palabras u otras semejantes: "Dios nos ha creado para conocerlo y amarlo en esta vida, y gozar de Él eternamente en la otra".

Pero precisamente esta enorme verdad de Dios, que con rostro sereno y mano segura guía nuestra historia, paradójicamente encuentra en el corazón del hombre un doble contrastante sentimiento: por una parte, es llevado a acoger y a confiarse a este Dios Providente, tal como afirma el Salmista: "Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre" (Sal 130, 2). Por otra, en cambio, el hombre teme y duda en abandonarse a Dios, como Señor y Salvador de su vida, o porque ofuscado por las cosas, se olvida del Creador, o porque, marcado por el sufrimiento, duda de Él como Padre. En ambos casos la Providencia de Dios es cuestionada por el hombre. Es tal la condición del hombre, que en la misma Escritura divina Job no vacila de lamentarse ante Dios con franca confianza; de este modo, la Palabra de Dios indica que la Providencia se manifiesta dentro del mismo lamento de sus hijos. Dice Job, lleno de llagas en el cuerpo y en el corazón: "¡Quién me diera saber dónde hallarlo y llegar hasta su morada!. Expondría ante Él mi causa, tendría la boca llena de recriminaciones" (Job 23, 3-4).

2. Y de hecho, no han faltado al hombre, a lo largo de toda su historia, ya sea en el pensamiento de los filósofos, ya en las doctrinas de las grandes religiones, ya en la sencilla reflexión del hombre de la calle, razones para tratar de comprender, más aún, de justificar la actuación de Dios en el mundo.

Las soluciones son diversas y evidentemente no todas son aceptables, y ninguna plenamente exhaustiva. Hay quien desde los tiempos antiguos se ha remitido al hado o destino ciego y caprichoso, a la fortuna vendada. Hay quien para afirmar a Dios ha comprometido el libre albedrío del hombre: o quien, sobre todo en nuestra época contemporánea, para afirmar al hombre y su libertad, piensa que debe negar a Dios. Soluciones extremistas y unilaterales que nos hacen comprender al menos qué lazos fundamentales de vida entran en juego cuando decimos "Divina Providencia": ¿cómo se conjuga la acción omnipotente de Dios con nuestra libertad, y nuestra libertad con sus proyectos infalibles? ¿Cuál será nuestro destino futuro? ¿Cómo interpretar y reconocer su infinita sabiduría y bondad ante los males del mundo: ante el mal moral del pecado y el sufrimiento del inocente? ¿Qué sentido tiene esta historia nuestra, con el despliegue a través de los siglos, de acontecimientos, de catástrofes terribles y de sublimes actos de grandeza y santidad? ¿El eterno, fatal retorno de todo al punto de partida sin tener jamás un punto de llegada, a no ser un cataclismo final que sepultará toda vida para siempre, o —y aquí el corazón siente tener razones más grandes que las que su pequeña lógica llega a ofrecerle— hay un ser Providente y Positivo, a quien llamamos Dios, que nos rodea con su inteligencia, ternura, sabiduría y guía "fortiter ac suaviter" nuestra existencia —la realidad, el mundo, la historia, nuestras mismas voluntades rebeldes, si se lo permiten— hacia el descanso del "séptimo día", de una creación que llega finalmente a su cumplimiento?.

3. Aquí, en esta línea divisoria sutil entre la esperanza y la desesperanza, se coloca, para reforzar inmensamente las razones de la esperanza, la Palabra de Dios, tan nueva, aunque invocada por todos, tan espléndida que resulta casi humanamente increíble. La Palabra de Dios nunca adquiere tanta grandeza y fascinación como cuando se la confronta con los máximos interrogantes del hombre: Dios está aquí, es Emmanuel, Dios-con-nosotros (Is 7, 14), y en Jesús de Nazaret muerto y resucitado. Hijo de Dios y hermano nuestro, Dios muestra que "ha puesto su tienda entre nosotros" (Jn 1, 14). Bien podemos decir que todas las vicisitudes de la Iglesia en el tiempo consisten en la búsqueda constante y apasionada de encontrar, profundizar, proponer, los signos de la presencia de Dios, guiada en esto por el ejemplo de Jesús y por la fuerza del Espíritu. Por lo cual, la Iglesia puede, la Iglesia quiere, la Iglesia debe decir y dar al mundo la gracia y el sentido de la Providencia de Dios, por amor al hombre, para substraerlo al peso aplastante del enigma y confiarlo a un misterio de amor grande, inconmensurable, decisivo, como es Dios. Así que el vocabulario cristiano se enriquece de expresiones sencillas que constituyen, hoy como ayer, el patrimonio de fe y de cultura de los discípulos de Cristo: Dios ve, Dios sabe, si Dios quiere, vive en la presencia de Dios, hágase su voluntad, Dios escribe derecho con nuestros reglones torcidos..., en síntesis: la Providencia de Dios.

4. La Iglesia anuncia la Divina Providencia no por invención suya, aun cuando inspirada por pensamientos de humanidad, sino porque Dios se ha manifestado así, cuando ha revelado, en la historia de su pueblo, que su acción creadora y su intervención de salvación estaban indisolublemente unidas, formaban parte de un único plan proyectado en los siglos eternos. Así, pues, la Sagrada Escritura, en su conjunto se convierte en el documento supremo de la Divina Providencia, al manifestar la intervención de Dios en la naturaleza con la creación y aún más con la más maravillosa intervención, la redención, que nos hace criaturas nuevas en un mundo renovado por el amor de Dios en Cristo. Efectivamente, la Biblia habla de Providencia Divina en los capítulos sobre la creación y en los que más específicamente se refiere a la obra de la salvación, en el Génesis y en los Profetas, especialmente en Isaías, en los Salmos llamados de la creación y en las profundas meditaciones de Pablo sobre los inescrutables designios de Dios que actúa en la historia (Cfr. especialmente Efesios y Colosenses), en los Libros Sapienciales, tan atentos a encontrar la señal de Dios en el mundo, y en el Apocalipsis, que tiende totalmente a encontrar el sentido del mundo en Dios. Al final aparece que el concepto cristiano de Providencia no es simplemente un capítulo de la filosofía religiosa, sino que la fe responde a las grandes preguntas de Job y de cada uno de los hombres como él, con la visión completa de que, secundando los derechos de la razón, hace justicia a la razón misma dándole seguridad mediante las certezas más estables de la teología.

A este propósito nuestro camino se encontrará con la incansable reflexión de la Tradición a la que nos remitiremos oportunamente, recogiendo en el ámbito de la perenne verdad el esfuerzo de la Iglesia por hacerse compañera del hombre que se interroga sobre la Providencia continuamente y en términos nuevos. El Concilio Vaticano I y el Vaticano II, cada uno a su modo, son voces preciosas del Espíritu Santo que no hay que dejar de escuchar y sobre las que hay que meditar, sin dejarse atemorizar del pensamiento, pero acogiendo la linfa vital de la verdad que no muere.

5. Toda pregunta seria debe recibir una respuesta seria, profunda y sólida. Por ello tocaremos los diversos aspectos del único tema viendo ante todo cómo la Providencia Divina entra en la gran obra de la creación y es su afirmación, que pone de relieve la riqueza múltiple y actual de la acción de Dios. De ello se sigue que la Providencia se manifiesta como Sabiduría trascendente que ama al hombre y lo llama a participar del designio de Dios, como primer destinatario de su cuidado amoroso, y al mismo tiempo como su inteligente cooperador.

La relación entre la Providencia Divina y libertad del hombre no es de antítesis, sino de comunión de amor. Incluso el problema profundo de nuestro destino futuro halla en la Revelación Divina, específicamente en Cristo, una luz providencial que, aun manteniendo intacto el misterio, nos garantiza la voluntad salvífica del Padre. En esta perspectiva, la Divina Providencia, lejos de ser negada por la presencia del mal y del sufrimiento, se convierte en el baluarte de nuestra esperanza, dejándonos entrever cómo sabe sacar bien incluso del mal. Finalmente recordaremos la gran luz que el Vaticano II irradia sobre la Providencia de Dios con relación a la evolución y al progreso del mundo, recogiendo al final, en la visión trascendente del reino que crece, el punto final del incesante y sabio actuar en el mundo de Dios providente. "¿Quién es sabio para entender estas cosas, prudente para conocerlas? Pues son del todo rectos los caminos de Yavé, por ellos van los justos, pero los malvados resbalarán en ellos" (Os 14, 10).


Saludos

Me complazco en presentar mi cordial saludo a todos los peregrinos de lengua española.

En particular a las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo a quienes animo a una siempre mayor entrega a las exigencias de su vocación religiosa al servicio de los más necesitados.

Saludo igualmente a los participantes en el X Congreso Internacional de Asociaciones de Investigadores Privados. Que vuestro trabajo profesional se inspire siempre en los principios de la justicia y la verdad.

Mi cordial bienvenida a esta audiencia al grupo de profesionales de Argentina y a la peregrinación procedente de Chile; así como al grupo de emigrantes de Alemania.

Finalmente, me es grato saludar a los numerosos alumnos y alumnas de diversos Colegios españoles que han querido testimoniar su afecto al Papa con su entusiasmo y buenos propósitos de vida cristiana. Os bendigo a vosotros, a vuestros profesores y a vuestras familias en España.

A todos imparto con afecto mi bendición apostólica.



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