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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 1 de marzo de 1989

 

La resurrección: evento histórico y al mismo tiempo meta-histórico

1. La resurrección de Cristo tiene el carácter de un evento, cuya esencia es el paso de la muerte a la vida. Evento único que, como Paso (Pascua), fue inscrito en el contexto de las fiestas pascuales, durante las cuales los hijos y las hijas de Israel recordaban cada año el éxodo de Egipto, dando gracias por la liberación de la esclavitud y, por lo tanto, exaltando el poder de Dios-Señor que se había manifestado claramente en aquel “Paso” antiguo.

La resurrección de Cristo es el nuevo Paso, la nueva Pascua, que hay que interpretar a partir de la Pascua antigua, pues ésta era figura y anuncio de la misma. De hecho, así fue considerada en la comunidad cristiana, siguiendo la clave de lectura que ofrecieron los Apóstoles y los Evangelistas a los creyentes sobre la base de la palabra del mismo Jesús.

2. Siguiendo la línea de todo lo que se nos ha transmitido desde aquellas antiguas fuentes, podemos ver en la resurrección sobre todo un evento histórico, pues ésta sucedió en una circunstancia precisa de lugar y tiempo: “El tercer día” después de la crucifixión, en Jerusalén, en el sepulcro que José de Arimatea puso a disposición (cf. Mc 15, 46), y en el que había sido colocado el cuerpo de Cristo, después de quitarlo de la cruz. Precisamente se encontró vacío este sepulcro al alba del tercer día (después del sábado pascual).

Pero Jesús había anunciado su resurrección al tercer día (cf. Mt 16, 21; 17, 23; 20, 19). Las mujeres que acudieron al sepulcro ese día, encontraron a un “ángel” que les dijo: Vosotras... “buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28, 5-6).

En la narración evangélica la circunstancia del “tercer día” se pone en relación con la celebración judía del sábado, que excluía realizar trabajos y desplazarse más allá de cierta distancia desde la tarde de la víspera. Por eso, el embalsamamiento del cadáver, de acuerdo con la costumbre judía, se habla pospuesto al primer día después del sábado.

3. Pero la resurrección, aún siendo un evento determinable en el espacio y en el tiempo, trasciende y supera la historia.

Nadie vio el hecho en sí. Nadie pudo ser testigo ocular del suceso. Fueron muchos los que vieron la agonía y la muerte de Cristo en el Gólgota, algunos participaron en la colocación de su cadáver en el sepulcro, los guardias lo cerraron bien y lo vigilaron, lo cual se habían preocupado de conseguirlo de Pilato “los sumos sacerdotes y los fariseos”, acordándose de que Jesús había dicho: A los tres días resucitaré. “Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan los discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’” (Mt 27, 63-64). Pero los discípulos no hablan pensado en esa estratagema. Fueron las mujeres quienes, al ir al sepulcro la mañana del tercer día con los aromas, descubrieron que estaba vacío, la piedra retirada, y vieron a un joven vestido de blanco que les habló de la resurrección de Jesús (cf. MC 16, 6). Ciertamente, el cuerpo de Cristo ya no estaba allí. A continuación fueron muchos los que vieron a Jesús resucitado. Pero ninguno fue testigo ocular de la resurrección. Ninguno pudo decir cómo había sucedido en su carácter físico. Y menos aún fue perceptible a los sentidos su más íntima esencia de paso a otra vida.

Este es el valor meta-histórico de la resurrección, que hay que considerar de modo especial si queremos percibir de algún modo el misterio de ese suceso histórico, pero también trans-histórico, como veremos a continuación.

4. En efecto, la resurrección de Cristo no fue una vuelta a la vida terrena, como habla sucedido en el caso de las resurrecciones que él habla realizado en el período prepascual: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran sucesos milagrosos (y, por lo tanto, extraordinarios), pero las personas afectadas volvían a adquirir, por el poder de Jesús, la vida terrena “ordinaria”. Al llegar un cierto momento, murieron nuevamente, como con frecuencia hace observar San Agustín.

En el caso de la resurrección de Cristo, la cosa es esencialmente distinta. En su cuerpo resucitado. El pasa del estado de muerte a “otra” vida, ultra-temporal y ultra-terrestre. El cuerpo de Jesús es colmado del poder del Espíritu Santo en la resurrección, es hecho partícipe de la vida divina en el estado de gloria, de modo que podemos decir de Cristo, con San Pablo, que es el “homo caelestis” (cf. 1 Co 15, 47 ss.).

En este sentido, la resurrección de Cristo se encuentra más allá de la pura dimensión histórica, es un suceso que pertenece a la esfera meta-histórica, y por eso escapa a los criterios de la mera observación empírica del hombre. Es verdad que Jesús, después de la resurrección, se aparece a sus discípulos, habla, conversa y hasta come con ellos, invita a Tomás a tocarlo para que se cerciore de su identidad: pero esta dimensión real de su humanidad total encubre la otra vida, que ya le pertenece y que le aparta de lo “normal» de la vida terrena ordinaria y lo sumerge en el “misterio”.

5. Otro elemento misterioso de la resurrección de Cristo lo constituye el hecho de que el paso de la muerte a la vida nueva sucedió por la intervención del poder del Padre que “resucitó» (cf. Hch 2, 32) a Cristo, su Hijo, y así introdujo de modo perfecto su humanidad -también su cuerpo- en el consorcio trinitario, de modo que Jesús se manifestó como definitivamente “constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu... por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en presentar la resurrección de Cristo como manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Col 2, 12; El 1, 19 ss.: cf. también Hb 7, 16) por obra del Espíritu que, al devolver la vida a Jesús, lo ha colocado en el estado glorioso de Señor (Kyrios), en el cual merece definitivamente, también como hombre, ese nombre de Hijo de Dios que le pertenece eternamente (cf. Rm 8, 11; 9, 5; 14, 9; Flp 2, 9-11; cf. también Hb 1, 1-5; 5, 5, etc.).

6. Es significativo que muchos textos del Nuevo Testamento muestren la resurrección de Cristo como “resurrección de los muertos”, llevada a cabo con el poder del Espíritu Santo. Pero al mismo tiempo, hablan de ella como de un “resurgir en virtud de su propio poder” (en griego: anéste), tal como lo indica, por lo demás, en muchas lenguas la palabra “resurrección”. Este sentido activo de la palabra (sustantivo verbal) se encuentra también en los discursos pre-pascuales de Jesús, por ejemplo, en los anuncios de la pasión, cuando dice que el Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, morir, y luego resucitar (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; 10, 34). En el Evangelio de Juan, Jesús afirma explícitamente: “Yo doy mi vida, para recobrarla de nuevo... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 17-18). También Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, escribe: “Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó” (1 Ts 4, 14).

En los Hechos de los Apóstoles se proclama muchas veces que “Dios ha resucitado a Jesús...» (2, 24. 32; 3, 15. 26, etc.), pero se habla también en sentido activo de la resurrección de Jesús (cf. 10, 41), y en esta perspectiva se resume la predicación de Pablo en la sinagoga de Tesalónica, donde “basándose en las Escrituras demuestra que “ Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos...” (Ch 17, 3).

De este conjunto de textos emerge el carácter trinitario de la resurrección de Cristo, que es “obra común” del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y, por lo tanto, incluye en sí el misterio mismo de Dios.

7. La expresión “según las Escrituras”, que se encuentra en la Primera Carta a los Corintios (15, 3-4) y en el Símbolo niceno-constantinopolitano, pone de relieve el carácter escatológico del suceso de la resurrección de Cristo, en el cual se cumplen los anuncios del Antiguo Testamento. El mismo Jesús, según Lucas, hablando de su pasión y de su gloria con los dos discípulos de Emaús, los recrimina por ser tardos de corazón “para creer todo lo que dijeron los profetas», y después, “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24, 26-27). Lo mismo sucedió durante el último encuentro con los Apóstoles, a quienes dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”. Y, entonces, abrió su inteligencia para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los Muertos al tercer día, y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén...” (Lc 24, 44-48).

Era la interpretación mesiánica, que dio el mismo Jesús al conjunto del Antiguo Testamento y, de modo especial, a los textos que se referían más directamente al misterio pascual, como los de Isaías sobre la humillación y sobre la “exaltación” del Siervo del Señor (Is 52, 13-53, 12), y los del Salmo 109/110 A partir de esta interpretación escatológica de Jesús, que vinculaba el misterio pascual con el Antiguo Testamento y proyectaba su luz sobre el futuro (la predicación a todas las gentes), los Apóstoles y los Evangelistas también hablaron de la resurrección “según las Escrituras”, y se fijó a continuación la fórmula del Credo. Era otra dimensión del Acontecimiento como misterio.

8. De todo lo que hemos dicho se deduce claramente que la resurrección de Cristo es el mayor evento en la historia de la salvación y, más aún, podemos decir que en la historia de la humanidad, puesto que da sentido definitivo al mundo. Todo el mundo gira en torno a la cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurrección su pleno significado de evento salvífico. Cruz y resurrección forman el único misterio pascual, en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la Iglesia: ésta celebra y renueva cada año este evento, cargado de todos los anuncios del Antiguo Testamento, comenzando por el “Protoevangelio” de la redención y de todas las esperanzas y las expectativas escatológicas que se proyectan hacia la “plenitud del tiempo”, que se llevó a cabo cuando el reino de Dios entró definitivamente en la historia del hombre y en el orden universal de la salvación.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Me es grato dar mi más cordial bienvenida a todos los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

En particular, deseo saludar con todo afecto a la numerosa peregrinación de Hermandades de Nuestra Señora del Rocío, a la que acompañan sus capellanes y el Señor Obispo de Huelva.

Desde Andalucía y desde otros lugares de España habéis iniciado, queridos hermanos y hermanas, este verdadero “camino del Rocío” que os trae a Roma, centro de la catolicidad, para profesar vuestra comunión con toda la Iglesia, vuestro afecto al Sucesor de Pedro y como broche de oro al Año Mariano.

Sé que estáis empeñados en dar una nueva vitalidad a la religiosidad popular mariana en la tierra de María Santísima; lo cual vaya acompañado de una creciente formación cristiana, una más activa participación en la vida litúrgica y caritativa de la Iglesia, que se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico.

Quiero alentaros vivamente en vuestros propósitos, como hijos de la Iglesia y como fieles laicos asociados, a dar testimonio de los valores cristianos en la sociedad española. Que vuestras Hermandades y Cofradías sean centros de animación de la vida cristiana, que se proyecte en las realidades temporales y en la vida pública, como he señalado en la reciente Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles laici, que vuestra devoción a la Santísima Virgen os corrobore en vuestra fe y en vuestros compromisos cristianos como constructores de paz, fraternidad y armonía. Sed fermento del Evangelio en vuestros pueblos y ciudades con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano.

A todos bendigo de corazón. ¡

Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva la Blanca Paloma!



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