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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de enero de 1990

 

1. Concluye mañana la "semana de oraciones por la unidad de los cristianos". Deseo atraer vuestra atención hacia el tema que ha inspirado la reflexión y la oración de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes durante toda esta semana: "Que todos sean uno... para que el mundo crea" (Jn 17, 21)

Con estas palabras, la víspera de su Pasión, que lo llevaría a morir en la Cruz "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52), Jesús oró por sus discípulos y por todos los que creerían en él, en todos los tiempos y en todos los lugares. Oró entonces también por los cristianos de nuestro tiempo. Pidió al Padre que fuesen "uno", unidos entre sí de un modo que supera toda comprensión: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17, 21).

La unidad que invoca el Señor para sus discípulos es ante todo la comunión con Dios. Una comunión de existencia y no solo de sentimiento: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti". Una comunión que es inhabitación de Dios en el hombre y asimilación del hombre a Dios.

2. La segunda Carta de Pedro recuerda que el poder de Dios "nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por medio de las cuales nos ha sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 3-4).

De esta misteriosa comunión de vida con Dios, gracias a la que hemos sido hecho partícipes de su misma naturaleza, brota la comunión entre los cristianos, El Concilio Vaticano II advirtió con lucidez y señaló explícitamente esa perspectiva. El Decreto sobre el ecumenismo recuerda a todos los fieles "que tanto mejor promoverán e incluso practicarán la unión de los cristianos cuanto mayor sea su esfuerzo por vivir una vida más pura según el Evangelio. Porque cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntimamente y más fácilmente podrán aumentar la mutua hermandad" (Unitatis Redintegratio, n. 7)

Y en esta misma perspectiva se comprende la estrecha relación que Jesús establece entre unidad de los cristianos y progreso de la fe en el mundo: "Que sean uno... para que el mundo crea" (Jn 17, 21). La unidad expresa, en realidad, la calidad y la coherencia de nuestra fe en el único Señor. Así se explica la afirmación lapidaria del Concilio Vaticano II: "El auténtico ecumenismo no se da sin la conversión interior" (Unitatis Redintegratio, n. 7). Por eso, la santidad de vida y la oración son definidas como "alma de todo el movimiento ecuménico" (ib., n. 8).

3. Las palabras de Jesús nos remiten al centro de la cuestión ecuménica y a su planeamiento esencial: indican la urgencia de restablecer la unidad de la comunidad cristiana de modo pleno y armónico, a fin de que se cumpla la misión de la Iglesia de anunciar a todas las gentes al Salvador Jesucristo.

Del texto evangélico se debe deducir también la importancia de la oración para la recomposición de la unidad. El mismo Señor Jesús se dirigió al Padre para pedir que "cuidara" a sus discípulos en su nombre (cf. Jn 17, 11), que "los santificara en la verdad" (Jn 17, 19), y que infundiera en ellos el mismo amor que el Padre tiene hacia el Hijo.

Orar por la unidad es un compromiso al alcance de todo cristiano. Si no todos pueden participar en ciertos aspectos de la búsqueda de la unidad (estudios, diálogo, colaboración práctica), todos pueden ciertamente unirse a la insistente y concorde invocación del don de la unidad. Lo pueden hacer las parroquias, las comunidades religiosas, especialmente las de vida contemplativa, y cada una de las personas. Todos los cristianos, sin exclusiones, están comprometidos en esta búsqueda de comunión universal que proviene de nuestro común bautismo.

4. Por otra parte, el horizonte ecuménico requiere y alienta esta participación. Si dirigimos la mirada hacia atrás, a los veinticinco años pasados desde la conclusión del Concilio Vaticano II y al Decreto Unitatis Redintegratio, con el que los Padres conciliares dieron un fuerte impulso al movimiento ecuménico, advertimos que la situación es muy diversa y ha mejorado sustancialmente. Se ha consolidado el espíritu de fraternidad y de solidaridad cristiana. La reflexión sobre el común bautismo ha reforzado la conciencia de los vínculos de comunión existentes entre los cristianos y el deber de superar las divergencias que permanecen, con el fin de llegar a la completa unidad de fe.

La Iglesia católica, por su parte, ha entablado un diálogo directo con todas las demás Iglesias y comunidades eclesiales, de Oriente y de Occidente. Se han establecido contactos, nuevas relaciones, diálogos multilaterales y diálogos bilaterales, y diversas formas de colaboración. Ha aumentado también la oración común.

5. El conjunto de este movimiento ha producido un primer resultado de especial importancia: ha hecho nacer un más profundo conocimiento mutuo que, progresivamente, está eliminando prejuicios heredados pasivamente por el pasado y juicios equivocados. Además, el diálogo teológico ha delimitado con mayor claridad las divergencias reales pero también ha hecho emerger significativas convergencias sobre temáticas que en el pasado han sido causa de fuertes disensiones y de conflictos (ministerio del orden, eucaristía, autoridad en la Iglesia).

Este proceso no puede quedarse a medio camino. Debe recorrer íntegramente su itinerario para llegar a un pleno acuerdo sobre la base de la Sagrada Escritura y de la gran Tradición de la Iglesia. Por esto, existe una absoluta necesidad de la participación de todos, de acuerdo con el papel que cada uno desempeña en la vida de la Iglesia.

6. En su oración, Jesús atestigua que Él ha dado a sus discípulos la Palabra, les ha dado a conocer el nombre de Dios, y ellos han creído en Él, el Enviado de Dios. Por eso, pide al Padre que sus discípulos sean santificados en la verdad y que participen en su misma gloria: "Para que sean uno como nosotros... para que sean perfectamente uno" (Jn 17, 22 ss.).

La unidad a la que están llamados los cristianos es la unidad perfecta. No podemos contentarnos con la situación actual de comunión verdadera pero parcial. Frente a los cristianos está el ideal de la plena unidad de fe, de vida sacramental y de articulación orgánica de toda la Iglesia. Una consideración serena de nuestro pasado reciente nos hace notar que los cristianos están avanzando por este camino señalado por el Espíritu Santo en nuestro tiempo.

7. Personalmente doy gracias al Señor por las muchas ocasiones que me ofrece de constatar el nuevo sentimiento de fraternidad instaurado entre los cristianos. Las visitas a Roma de responsables de otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como mis viajes a las diversas partes del mundo, me brindan la oportunidad de encuentros densos de emociones, de caridad, de leales conversaciones y de recíproco y fraterno aliento.

Como suele suceder en esos encuentros, oremos también nosotros hoy con la oración que Jesucristo nos enseñó. Y al invocar al Padre nuestro, incluyamos en nuestra intención a todos los bautizados esparcidos por el mundo.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora a todos los peregrinos y visitantes de lengua española, a quienes doy mi más cordial Bienvenida.

En particular, al grupo de Religiosas Dominicas de la Presentación y las Junioras de la Congregación de María Inmaculada.

Saludo igualmente a la representación de la Isla de Pascua, y les renuevo las expresiones de afecto y cercanía que les dirigí en el mensaje radiotelevisado con ocasión de mi viaje pastoral a Chile. Cristo, que es nuestra Pascua, sea luz y camino para todos los habitantes de Rapa Nui.

Imparto complacido mi Bendición Apostólica.



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