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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de junio de 1990

 

El Espíritu Santo en el crecimiento espiritual del joven Jesús

1. San Lucas concluye el “evangelio de la infancia” con dos textos que abarcan todo el arco de la niñez y de la juventud de Jesús. Entre los dos textos se halla la narración del episodio del niño Jesús perdido y hallado durante la peregrinación de la Sagrada Familia al templo. En ninguno de estos dos pasajes se nombra explícitamente al Espíritu Santo, pero quien ha seguido al evangelista en la narración de los acontecimientos de la infancia y lo sigue en el capítulo sucesivo, en el que se recoge la predicación de Juan Bautista y el bautismo de Jesús en el Jordán, donde el protagonista invisible es el Espíritu Santo (cf. Lc 3, 16. 22), percibe la continuidad de la concepción y de la narración de Lucas, que comprende bajo la acción del Espíritu Santo también los años juveniles de Jesús, vividos en el silencioso misterio que luego constituirá siempre la dimensión más íntima de la humanidad de Jesús.

2. En los dos textos conclusivos del “evangelio de la infancia” el evangelista, después de habernos informado que, cumplido el rito de la presentación en el templo, “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret”, añade: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40). Y de nuevo, como conclusión de la narración sobre la peregrinación al templo y la vuelta a Nazaret, anota: “Jesús crecía en sabiduría, es estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). De estos textos resulta que existió realmente un desarrollo humano de Jesús, Verbo eterno de Dios que asumió la naturaleza humana al ser concebido y nacer de María. La infancia, la niñez, la adolescencia y la juventud son los momentos de su crecimiento físico como se realiza en todos los “nacidos de mujer”, entre los que también él se encuentra con pleno título, como afirma san Pablo (cf. Ga 4, 4).

Según el texto de Lucas, se dio también en Jesús un crecimiento espiritual. Como médico atento a todo hombre, Lucas tuvo cuidado de anotar la realidad integral de los hechos humanos, incluido el del desarrollo del niño, en el caso de Jesús así como en el de Juan Bautista, del que también escribe que “el niño crecía y su espíritu se fortalecía” (Lc 1, 80). De Jesús dice aún más específicamente que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría”; “crecía en sabiduría... y en gracia ante Dios y ante los hombres”; y también: “la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40. 52).

En el lenguaje del evangelista el “estar sobre” una persona elegida por Dios para una misión suele atribuirse al Espíritu Santo, como en el caso de María (Lc 1, 35) y de Simeón (Lc 2, 26). Eso significa trascendencia, señoría, acción íntima de Aquel que proclamamos “Dominum et vivificantem”. La gracia que, siempre según Lucas, estaba “sobre Jesús”, y en la que “crecía”, parece indicar la misteriosa presencia y acción del Espíritu Santo, en el que, según el anuncio del Bautista referido por los cuatro evangelios, Jesús habría de bautizar (cf. Mt 3, 11; Mc 1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 33).

3. La tradición patrística y teológica nos da una mano para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el “crecimiento en gracia y en sabiduría” en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de la gracia, la llama repetidamente “gratia Spiritus Sancti” (cf. Summa Theol., I-II, q. 106, a. 1), como don gratuito en el que se expresa y se concreta el favor divino hacia la creatura amada eternamente por el Padre (cf. I, q. 37, a. 2; q. 110, a. 1). Y, hablando de la causa de la gracia, dice expresamente que “la causa principal es el Espíritu Santo” (I-II, q. 112, a. 1 ad 1, 2).

Se trata de la gracia justificante y santificante, que hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (cf. I-II, q. 111, a. 1). “Según esta gracia se entiende la misión del Espíritu Santo y su inhabitación en el hombre” (I, q. 43, a. 3). Y en Cristo, por la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, por la excelsa nobleza de su alma, por su misión santificadora y salvífica hacia todo el género humano, el Espíritu Santo infundía la plenitud de la gracia. Santo Tomás lo afirma basándose en el texto mesiánico de Isaías: “Reposará sobre él el espíritu de Yahveh” (Is 11, 2): “Espíritu que está en el hombre mediante la gracia habitual (o santificante)” (III, q. 7, a. 1, sed contra); y basándose en el otro texto de Juan: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14) (Summa Theol., III, q. 7, aa. 9-10).

Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad.

4. Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que “son perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos dice Lucas que ‘Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto’ (Lc 4, 1). Por consiguiente, se hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa” (III, q. 7, a. 5). La sabiduría sobresalía entre esos dones.

5. Sería conveniente proseguir ilustrando el tema con las admirables páginas de santo Tomás, así como de otros teólogos que han investigado la sublime grandeza espiritual del alma de Jesús, en la que habitaba y obraba de modo perfecto el Espíritu Santo, ya en su infancia, y luego a lo largo de toda la época de su desarrollo. Aquí sólo podemos señalar el estupendo ideal de santidad que Jesús, con su vida, ofrece a todos, incluso a los niños y a los jóvenes, llamados a “crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres”, como Lucas escribe del niño de Nazaret, y como el mismo evangelista escribirá en los Hechos de los Apóstoles a propósito de la Iglesia primitiva, que “crecía en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31). Es un magnifico paralelismo, más aún, una repetición, no sólo lingüística sino también conceptual, del misterio de la gracia que Lucas veía presente en Cristo y en la Iglesia como continuación de la vida y de la misión del Verbo encarnado en la historia. De este crecimiento de la Iglesia bajo el soplo del Espíritu Santo son partícipes y actores privilegiados los numerosos niños que la historia y la hagiografía nos muestran como particularmente iluminados por sus santos dones. También en nuestro tiempo la Iglesia se alegra de saludarlos y proponerlos como imágenes límpidas del joven Jesús, lleno de Espíritu Santo.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo ahora presentar mi más cordial saludo a todos los peregrinos y visitantes de lengua española presentes en esta audiencia. En particular, al numeroso grupo de periodistas procedentes de Argentina y Chile, que se encuentran en Italia con ocasión del Campeonato Mundial de fútbol, a quienes aliento a hacer de su actividad profesional un servicio a la fraternidad entre los pueblos y a las virtudes humanas de la sana competición y el deporte.

A todas las personas, familias y grupos provenientes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.



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