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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de abril de 1991

 

El Espíritu Santo, luz del alma

1. La vida espiritual tiene necesidad de iluminación y de guía. Por eso Jesús, al fundar la Iglesia y al mandar a los Apóstoles al mundo, les confió la tarea de hacer discípulos a todas las gentes, como leemos en el evangelio según san Mateo (28, 19-20), pero también la de «proclamar la Buena Nueva a toda la creación», como dice el texto canónico del evangelio de san Marcos (16, 15). También san Pablo habla del apostolado como de una iluminación para todos (cf. Ef 3, 9).

Pero esta obra de la Iglesia evangelizadora y maestra pertenece al ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores y, de manera diversa, a todos los miembros de la Iglesia, para continuar para siempre la obra de Cristo, el «único Maestro» (Mt 23, 8), que ha traído a la humanidad la plenitud de la revelación de Dios. Permanece la necesidad de un Maestro interior que haga penetrar en el espíritu y en el corazón de los hombres la enseñanza de Jesús. Es el Espíritu Santo a quien Jesús mismo llama «Espíritu de verdad» y que, según nos promete, guiará hacia toda la verdad (cf. Jn 14, 17; 16, 13). Si Jesús ha dicho de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 14, 6), es esta verdad de Cristo la que el Espíritu Santo hace conocer y difunde: «No hablará por su cuenta, sino que hablará de lo que oiga..., recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 13-14). El Espíritu es Luz del alma: Lumen cordium, como lo invocamos en la secuencia de Pentecostés.

2. El Espíritu Santo fue Luz y Maestro interior para los Apóstoles que debían conocer a Cristo en profundidad, a fin de poder llevar a cabo la tarea de ser sus evangelizadores. Lo ha sido y lo es para la Iglesia y, en la Iglesia, para los creyentes de todas las generaciones; de modo particular, para los teólogos y los maestros del espíritu, para los catequistas y los responsables de comunidades cristianas. Lo ha sido y lo es también para todos aquellos que, dentro y fuera de los límites visibles de la Iglesia, quieren seguir los caminos de Dios con corazón sincero y, sin culpa, no encuentran quién los ayude a descifrar los enigmas del alma y a descubrir la verdad revelada. Ojalá que el Señor conceda a todos nuestros hermanos ―millones, es más, millares de millones― la gracia del recogimiento y de la docilidad al Espíritu Santo en los momentos que pueden ser decisivos en su vida.

Para nosotros, los cristianos, el magisterio íntimo del Espíritu Santo es una certeza gozosa, fundada en la palabra de Cristo sobre la venida del «otro Paráclito» que, según decía, «el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). «Os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

3. Como resulta de este texto, Jesús no confía su palabra sólo a la memoria de sus oyentes: esta memoria será auxiliada por el Espíritu Santo, que reavivará continuamente en los Apóstoles el recuerdo de los acontecimientos y el sentido de los misterios evangélicos.

De hecho, el Espíritu Santo guió a los Apóstoles en la transmisión de la palabra y de la vida de Jesús, inspirando ya sea su predicación oral y sus escritos, ya la redacción de los evangelios, como hemos visto en su momento en la catequesis sobre el Espíritu Santo y la revelación.

Pero sigue siendo él mismo el que ayuda a los lectores de la Escritura para que comprendan el significado divino que encierra el texto, del que es inspirador y autor principal: sólo él puede hacer conocer «las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10), tal como están contenidas en el texto sagrado; él es quien ha sido enviado para instruir a los discípulos sobre las enseñanzas del Maestro (cf. Jn 16, 13).

4. De este magisterio íntimo del Espíritu Santo nos hablan los mismos Apóstoles, los primeros transmisores de la palabra de Cristo. Escribe san Juan: «En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo [Cristo] y todos vosotros lo sabéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad» (1 Jn 2, 20-21). Según los Padres de la Iglesia y la mayoría de los exegetas modernos, esta «unción» (chrisma) designa al Espíritu Santo. Más aún, san Juan afirma que aquellos que viven según el Espíritu no tienen necesidad de otros maestros: «En cuanto a vosotros ―escribe―, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas ―y es verdadera y no mentirosa― según os enseñó, permaneced en él» (1 Jn 2, 27).

También el apóstol Pablo habla de una comprensión según el Espíritu, que no es fruto de sabiduría humana, sino de iluminación divina: «El hombre naturalmente (psichicòs) no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente (pneumaticòs) pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarlo» (1 Co 2, 14-15).

Por tanto, los cristianos, habiendo recibido el Espíritu Santo, unción de Cristo, poseen en sí mismos una fuente de conocimiento de la verdad, y el Espíritu Santo es el Maestro soberano que los ilumina y guía.

5. Si son dóciles y fieles a su magisterio divino, el Espíritu Santo los preserva del error, y los hace vencedores en el conflicto continuo entre el «espíritu de la verdad» y el «espíritu del error» (cf. 1 Jn 4, 6). El espíritu del error, que no reconoce a Cristo (cf. 1 Jn 4, 3), es esparcido por los «falsos profetas», siempre presentes en el mundo, también en medio del pueblo cristiano, con una acción a voces descubierta e incluso clamorosa, y a veces engañosa y servil. Como Satanás, también ellos se visten a menudo como «ángeles de luz» (cf. 2 Co 11, 14) y se presentan con carismas de aparente inspiración profética y apocalíptica. Esto ya sucedía en los tiempos apostólicos. Por eso san Juan advierte: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1 Jn 4, 1). El Espíritu Santo, como ha recordado el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 12), protege al cristiano del error, haciéndole discernir lo que es genuino de lo que es falso. El cristiano, por su parte, siempre necesita buenos criterios de discernimiento acerca de las cosas que escucha o lee en materia de religión, de Sagrada Escritura, de manifestaciones de lo sobrenatural, etc. Tales criterios son: la conformidad con el Evangelio, pues el Espíritu Santo no puede menos de «recibir de Cristo»; la sintonía con la enseñanza de la Iglesia, fundada y mandada por Cristo a predicar su verdad; la rectitud de la vida de quien habla o escribe; y los frutos de santidad que derivan de lo que se presenta o se propone.

6. El Espíritu Santo enseña al cristiano la verdad como principio de vida y le muestra la aplicación concreta de las palabras de Jesús en su vida. Además, hace descubrir la actualidad del Evangelio y su valor para todas las situaciones humanas, adapta la inteligencia de la verdad a todas las circunstancias, a fin de que esta verdad no permanezca sólo como abstracta y especulativa, y libera al cristiano de los peligros de la doblez y de la hipocresía.

Por eso, el Espíritu Santo ilumina a cada uno personalmente, para guiarlo en su comportamiento, indicándole el camino que tiene que seguir y abriéndole por lo menos alguna perspectiva en relación con el proyecto del Padre acerca de su vida. Es la gran gracia de luz que san Pablo pedía para los Colosenses: «La inteligencia espiritual», capaz de hacer que ellos comprendan la voluntad divina. En efecto, los tranquilizaba: «Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad [de Dios] con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena...» (Col 1, 9-10). Para todos nosotros es necesaria esta gracia de luz, a fin de que conozcamos bien la voluntad de Dios sobre nosotros y podamos vivir plenamente nuestra vocación personal.

No faltan nunca problemas que a veces parecen insolubles. Pero el Espíritu Santo socorre en las dificultades e ilumina. Puede revelar la solución divina, como en el momento de la Anunciación para el problema de la conciliación de la maternidad con el deseo de conservar la virginidad. Aunque no se trate de un misterio único, como el de la intervención de María en la encarnación del Verbo, puede decirse que el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables.

7. El Espíritu Santo concede y obra todo esto en el alma mediante sus dones, gracias a los cuales es posible practicar un buen discernimiento, no según los criterios de la sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino de la divina, que puede parecer necedad a los ojos de los hombres (cf. 1 Co 1, 18-25). En realidad, sólo el Espíritu «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10-11). Y si hay oposición entre el espíritu del mundo y el Espíritu de Dios, Pablo recuerda a los cristianos: «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Co 2, 12). A diferencia del «hombre natural», el «hombre espiritual» (pneumaticòs), está abierto sinceramente al Espíritu Santo y es dócil y fiel a sus inspiraciones (cf. 1 Co 2, 14-16). Por eso tiene habitualmente la capacidad de un juicio recto, bajo la guía de la sabiduría divina.

8. Un signo del contacto real con el Espíritu Santo en el discernimiento es y será siempre la adhesión a la verdad revelada como la propone el Magisterio de la Iglesia. El Maestro interior no inspira el disentimiento, la desobediencia y ni siquiera la resistencia injustificada frente a los pastores y maestros establecidos por él mismo en la Iglesia (cf. Hch 20, 29). A la autoridad de la Iglesia, como dice el Concilio en la constitución Lumen gentium (n. 12), compete «ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5, 12 y 19-21)». Esta línea de sabiduría eclesial y pastoral viene también del Espíritu Santo.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo ahora saludar muy cordialmente a los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España. En particular, al grupo de Religiosos franciscanos, especialmente de Mallorca, a quienes aliento a continuar tras las huellas del Santo de Asís, modelo de entrega a Dios y amor a los hermanos.

Mientras doy mi cordial bienvenida a los grupos juveniles y parroquiales aquí presentes, imparto a todos con afecto la bendición apostólica.

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

 



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