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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles de 7 de junio 1995

(Lectura:
capítulo 15 del evangelio de san Juan)

1. El domingo de Pentecostés tuve la oportunidad de visitar de nuevo Bélgica, nación e Iglesia a la que estoy particularmente vinculado ya desde que realizaba mis estudios en Roma, cuando era huésped del Colegio belga. Esta vez, la finalidad de mi breve visita fue la beatificación del padre Damián de Veuster, misionero de la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que dio su vida atendiendo a los leprosos en la isla de Molokai, situada en el archipiélago de Hawai.

El concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia, dedica un capítulo a la vocación universal a la santidad. Confirmación de esta vocación son los santos y los beatos que la Iglesia eleva a los altares, presentándolos como modelos de vida evangélica, que se caracterizaron por la heroicidad de sus virtudes. Hace dos semanas tuve la alegría de canonizar, en Olomouc (Moravia) a santa Zdislava y a san Jan Sarkander. El domingo pasado correspondió al padre Damián de Veuster, como para proseguir el mismo testimonio de santidad. Y el hecho de que esta beatificación haya coincidido con la solemnidad de Pentecostés confiere a ese acontecimiento un significado particular. En efecto, el Espíritu Santo es la persona de la santísima Trinidad a la que se le atribuye, de modo particular, la santidad de Dios. El Espíritu Santo, por consiguiente, es la fuente de la santidad del hombre y el artífice incesante de nuestra santificación.

En el cenáculo, después de la Ascensión del Señor al cielo, la santísima Virgen María y los Apóstoles permanecieron en oración a la espera del Espíritu Santo: esa oración, de alguna manera, ha sido constantemente escuchada en la historia de la Iglesia. Lo testimonian las canonizaciones y las beatificaciones, incluida la del padre Damián, que vivió de 1840 a 1889 y cuyo ejemplo ha atraído, entre otros, también al jesuita polaco p. Jan Beyzym, apóstol de los leprosos en Madagascar. El proceso de beatificación del padre Beyzym está en curso.

2. Junio es el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Lo ha subrayado significativamente el hecho de que la beatificación del padre Damián se haya llevado a cabo en Bruselas, ante la basílica del Sagrado Corazón, en Koekelberg. A pesar de la lluvia, se congregaron en torno al altar fieles procedentes de varias ciudades y naciones, que participaron con gran recogimiento en la ceremonia. Una delegación de la isla de Molokai acudió para recibir la reliquia de su misionero y llevarla a la patria. La Iglesia belga construyó la basílica del Sagrado Corazón al terminar la primera guerra mundial, que había provocado numerosas víctimas. ¿Cómo no pensar en el gran cementerio de guerra que se halla en Ypres, cerca de Gante, donde, durante mi anterior peregrinación, hace diez años, tuvo lugar el encuentro con los jóvenes?

Al recuerdo de la primera guerra mundial, y sobre todo de la segunda, después de las celebraciones del 50° aniversario de su final en Europa, se unió durante la visita una ardiente oración por la paz en el continente europeo y en el mundo entero. Los belgas colaboran con gran empeño a la construcción de la paz. Vale la pena recordar aquí que el actual arzobispo de Malinas-Bruselas, el cardenal Godfried Danneels, es presidente de la organización mundial Pax Christi. Sus predecesores han desempeñado papeles significativos en la historia de la nación con ocasión de las dos guerras mundiales: durante la primera, guiaba la diócesis el cardenal Désiré Joseph Mercier, y, durante la segunda, el cardenal Joseph Ernest Van Roey, cuya herencia fue recogida por el cardenal Leo Jozef Suenens, que tiene ya más de noventa años. El rito de beatificación, que se celebró en la basílica del Sagrado Corazón, nos permitió recordar a esas dos grandes figuras eclesiales y el testimonio que dieron de Cristo.

El encuentro de la tarde, que tuvo lugar en la catedral de la archidiócesis de Malinas-Bruselas, fue una especie de acción de gracias por la beatificación, expresada por las congregaciones de los Sagrados Corazones de Jesús y María, presentes en varios países del mundo. Es de desear que la beatificación del padre Damián contribuya a intensificar sus actividades misioneras. En el rito tomó parte todo el Episcopado belga, entre cuyos méritos en la vida de la Iglesia se puede contar el compromiso ecuménico, tanto en el período preconciliar como después del Vaticano II.

3. Para concluir, deseo manifestar mi gratitud al Episcopado y a la Iglesia que está en Bélgica por la invitación que me hicieron para realizar esta visita. Asimismo, doy las gracias a las autoridades, a los responsables y a los administradores públicos que han velado con empeño por el buen desarrollo de la misma. Sobre todo les agradezco la preparación pastoral de la visita, garantía de abundantes frutos espirituales en la vida de los fieles.

Este viaje apostólico debía haberse llevado a cabo el año pasado, pero se tuvo que aplazar a causa del conocido accidente que sufrí. Hubiera debido ser más articulado y amplio, con más encuentros y etapas. Entre éstas, el encuentro con los jóvenes, que no falta nunca en mis peregrinaciones apostólicas, dado que la juventud constituye el futuro y la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.

Quisiera aprovechar esta ocasión para saludar a todos aquellos con quienes tenia la intención de encontrarme.

Me resulta difícil no mencionar aquí a la dinastía que reina en el país. Agradezco al rey Alberto y a la reina la amable acogida. Bélgica es una monarquía constitucional y los reyes belgas se han inscrito de forma indeleble en la historia de su nación, así como en la de Europa. Pienso en los monarcas que reinaban durante las dos guerras mundiales. De modo especial pienso en el rey Balduino, que falleció recientemente, con quien tuve la dicha de encontrarme varias veces, no sólo en el curso de mi anterior visita a Bélgica, sino también en Roma. Su recuerdo se halla grabado en la memoria de sus compatriotas y de todos nosotros. Fue un gran promotor de los derechos de la conciencia humana, dispuesto a defender los mandamientos divinos, y especialmente el quinto: ¡No matarás!, en particular por lo que se refiere a la protección de la vida de los niños aún por nacer.

Su herencia espiritual, conservada con solicitud por su viuda, la reina Fabiola, constituye un tesoro común para la nación y para la Iglesia. Esa herencia sigue viva en sus compatriotas, como lo demuestra la reacción general, llena de afecto, ante su recuerdo, de parte de todos los que participaron en la ceremonia de beatificación del padre Damián.

Mi visita a Bélgica, y sobre todo la beatificación del padre Damián, se ha convertido en una etapa importante en el camino de preparación para el comienzo del tercer milenio. En efecto, los santos ponen más plenamente de relieve la presencia de Cristo en la historia de la humanidad. Gracias a ellos, Cristo, que es "él mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8) nos permite cruzar el umbral del tiempo, preparándonos de este modo para la eternidad, que es la dimensión de Dios.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina.

En particular, al grupo “Amigos de la catedral de Santander” y a otros grupos españoles; saludo asimismo a los peregrinos de Costa Rica, Colombia y Argentina.

En este mes de junio, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, os invito a poner en práctica su mandamiento de amar a todos, condición indispensable para promover la causa de la paz.

A todos os imparto con afecto mi bendición apostólica.

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 



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