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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de marzo de 1998

 

1. Mirando al objetivo prioritario del jubileo, que es «el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos» (Tertio millennio adveniente, 42), después de trazar en las anteriores catequesis los rasgos fundamentales de la salvación traída por Cristo, nos detenemos hoy a reflexionar en la fe que él espera de nosotros.

A Dios, que se revela —como enseña la Dei Verbum—, se le debe «la obediencia de la fe» (cf. n. 5). Dios se reveló en la Antigua Alianza, pidiendo al pueblo por él elegido una adhesión fundamental de fe. En la plenitud de los tiempos, esta fe ha de renovarse y desarrollarse, para responder a la revelación del Hijo de Dios encarnado. Jesús la exige expresamente, dirigiéndose a los discípulos en la última Cena: «Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14, 1).

2. Jesús ya había pedido al grupo de los doce Apóstoles una profesión de fe en su persona. Cerca de Cesarea de Filipo, después de interrogar a los discípulos qué pensaba la gente sobre su identidad, les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15). Simón Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16).

Inmediatamente Jesús confirma el valor de esta profesión de fe, subrayando que no procede simplemente de un pensamiento humano, sino de una inspiración celestial: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Estas palabras, de marcado color semítico, designan la revelación total, absoluta y suprema: la que se refiere a la persona de Cristo, el Hijo de Dios.

La profesión de fe que hace Pedro seguirá siendo expresión definitiva de la identidad de Cristo. San Marcos utiliza esas palabras para introducir su Evangelio (cf. Mc 1, 1). San Juan las refiere al concluir el suyo, cuando afirma que lo escribió para que se crea «que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios», y para que, creyendo, se pueda tener vida en su nombre (cf. Jn 20, 31).

3. ¿En qué consiste la fe? La constitución Dei Verbum explica que por ella «el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad", asintiendo libremente a lo que Dios revela» (n. 5). Así pues, la fe no es sólo adhesión de la inteligencia a la verdad revelada, sino también obsequio de la voluntad y entrega a Dios, que se revela. Es una actitud que compromete toda la existencia.

El Concilio recuerda también que, para la fe, es necesaria «la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede "a todos gusto en aceptar y creer la verdad"» (ib.). Así se ve cómo la fe, por una parte, hace acoger la verdad contenida en la Revelación y propuesta por el magisterio de quienes, como pastores del pueblo de Dios, han recibido un «carisma cierto de la verdad» (ib., 8). Por otra parte, la fe lleva también a una verdadera y profunda coherencia, que debe expresarse en todos los aspectos de una vida según el modelo de la de Cristo.

4. Al ser fruto de la gracia, la fe influye en los acontecimientos. Se ve claramente en el caso ejemplar de la Virgen santísima. En la Anunciación, su adhesión de fe al mensaje del ángel es decisiva incluso para la venida de Jesús al mundo. María es Madre de Cristo porque antes creyó en él.

En las bodas de Caná, María por su fe obtiene el milagro. Ante una respuesta de Jesús que parecía poco favorable, ella mantiene una actitud de confianza, convirtiéndose así en modelo de la fe audaz y constante que supera los obstáculos.

Audaz e insistente fue también la fe de la cananea. A esa mujer, que acudió a pedirle la curación de su hija, Jesús le había opuesto el plan del Padre, que limitaba su misión a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La cananea respondió con toda la fuerza de su fe y obtuvo el milagro: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15, 28).

5. En muchos otros casos el Evangelio testimonia la fuerza de la fe. Jesús manifiesta su admiración por la fe del centurión: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande» (Mt 8, 10). Y a Bartimeo le dice: «Vete, tu fe te ha salvado» (Mc 10, 52). Lo mismo repite a la hemorroísa (cf. Mc 5, 34).

Las palabras que dirige al padre del epiléptico, que deseaba la curación de su hijo, no son menos impresionantes: «Todo es posible para quien cree» (Mc 9, 23).

La función de la fe es cooperar con esta omnipotencia. Jesús pide hasta tal punto esta cooperación, que, al volver a Nazaret, no realiza casi ningún milagro porque los habitantes de su aldea no creían en él (cf. Mc 6, 5-6). Con miras a la salvación, la fe tiene para Jesús una importancia decisiva.

San Pablo desarrollará la enseñanza de Cristo cuando, en oposición con los que querían fundar la esperanza de salvación en la observancia de la ley judía, afirmará con fuerza que la fe en Cristo es la única fuente de salvación: «Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» (Rm 3, 28). Sin embargo, no conviene olvidar que san Pablo pensaba en la fe auténtica y plena, «que actúa por la caridad» (Ga 5, 6). La verdadera fe está animada por el amor a Dios, que es inseparable del amor a los hermanos.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, México y Argentina. Invocando la ayuda de la Virgen María, modelo luminoso de fe y caridad, os imparto complacido la bendición apostólica.

(A los fieles lituanos)
La Cuaresma, tiempo de gracia y de sincera conversión, disponga todos los corazones al diálogo con Dios, a través de la reflexi ón, la penitencia y los gestos de solidaridad fraterna.

(A los eslovacos los estimuló a imitar la fe de san José)
Él tuvo su proyecto de vida, pero lo sometió a la voluntad de Dios. De este modo se convirtió en el jefe de la Sagrada Familia. Vosotros, asimismo, confiad en la palabra de Dios. Que sea la regla de vuestra vida. Así, también vuestras familias serán santas y vuestra nación sana.

Dirijo una cordial bienvenida a todos los peregrinos de lengua italiana, en particular a los obispos, a los misioneros, al clero, a los religiosos y a los fieles de las diócesis toscanas de la metrópoli de Siena, que han venido en peregrinación a Roma para encomendar al Señor el éxito de las misiones populares en preparación del gran jubileo del año 2000. Me alegra vuestra presencia tan numerosa y manifiesto mi viva complacencia por esta iniciativa eclesial. Al mismo tiempo que deseo que este intenso anuncio de la palabra de Dios constituya para los fieles de vuestras comunidades diocesanas una ocasión providencial para reafirmar la ardiente adhesión a las enseñanzas del Evangelio y para un renovado empeño de testimonio cristiano en el umbral del tercer milenio, invoco de corazón sobre todos la abundancia de las gracias divinas».

Dirijo un saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.

Queridos jóvenes, que hoy habéis venido en tan gran número, y entre los cuales saludo especialmente a los que van a recibir el sacramento de la confirmación, de la diócesis de Ascoli Piceno, acompañados del obispo; a los alumnos de muchas escuelas y a los muchachos de diversas parroquias, que van a renovar aquí en Roma su profesión de fe. Profundizad en este tiempo de Cuaresma vuestra adhesión a Jesús para ser, como él os quiere, apóstoles del Evangelio entre vuestros coetáneos.

A vosotros, queridos enfermos, os invito a depositar vuestro sufrimiento, que es don de salvación para el mundo, en el altar del sacrificio supremo de Cristo.

Queridos recién casados, acoged con gran disponibilidad la gracia del Espíritu Santo, que os guía por el sendero de la auténtica comunión.



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