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SOLEMNE CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN HONOR
DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica di Santa María la Mayor
Sábado 8 de diciembre de 1984

 

1. «Llena de gracia ... » (Lc 1, 28).

Cuando fueron pronunciadas estas palabras del Arcángel, el Adviento esperado por la humanidad alcanzó su cenit.

Y por esto, también la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María encuentra, cada año, su lugar litúrgico en el período del Adviento.

Efectivamente, el saludo «llena de gracia» da testimonio del misterio de la Inmaculada Concepción.

Este saludo —en boca del Arcángel— prepara la revelación de la Divina Maternidad de María:

«Concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús ... El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1, 31, 35).

¡María! «Has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1, 30). Eres: «llena de gracia».

La plenitud de gracia significa la Maternidad Divina.

La plenitud de gracia significa también la Inmaculada Concepción.

La Inmaculada Concepción es con miras a la Maternidad Divina. Este es el orden de la gracia, es decir, de la economía salvífica de Dios.

2. En la solemnidad de hoy la Iglesia ora con las siguientes palabras:

«Oh Dios, que por la concepción inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado; concédenos por su intercesión llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo ... ».

Esta oración litúrgica contiene en sí todos los elementos de la fe de la Iglesia, conservada en la Tradición y proclamada como dogma por el Siervo de Dios, el Papa Pío IX, el año 1854.

Primero: la preservación del pecado original, esto es, la Inmaculada Concepción de María, debía preparar «una digna morada» al Hijo de Dios en la Encarnación.

Segundo: esta exención del pecado, es decir, la Inmaculada Concepción, es un privilegio que la Madre de Dios debe a la redención realizada por la cruz de Cristo.

Así, pues, el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos lleva a Belén y, a la vez, al Calvario. En cierto sentido, nos guía primero al Calvario y luego a Belén.

María fue redimida de modo particular en el primer instante de su concepción, en previsión del Sacrificio de Cristo Redentor en el Calvario para poder convertirse en Madre del Redentor, en Nazaret y en Belén.

3. Estos años, en los que nos acercamos al final del segundo milenio, se hace particularmente significativo para nosotros el período del Adviento. Lo mismo que entonces el Pueblo elegido, y con él toda la humanidad, se preparaba a la venida del Salvador, así ahora la Iglesia se prepara juntamente con la humanidad al gran jubileo del nacimiento de Cristo.

Hoy, muchos fieles que aman a María, se preguntan y tratan de averiguar, con vivo interés qué día fue su nacimiento. En efecto, primero vino al mundo la que debía ser la Madre del Hijo de Dios, y luego nació el Hijo.

La Iglesia venera cada año la natividad de María con una fiesta especial el día 8 de septiembre. Sin embargo, esta fiesta, por lo que se refiere a la fecha, está subordinada a la solemnidad de la Inmaculada Concepción.

Este misterio ocupa el primer lugar. Efectivamente, en él está la razón más esencial del Adviento: he aquí que Aquella, a quien sus padres darán, un día, el nombre de Miriam (María), en el momento de su concepción en el seno de la madre es engendrada, con toda plenitud, por Dios: es la «Llena de gracia». Este nombre la acompaña desde el primer momento de su concepción. Llena de gracia.

Y cuando en Lourdes, Bernardita pregunta a la Hermosa Señora su nombre, oye que le dice: «Yo soy la Inmaculada Concepción», esto es, la Llena de gracia.

4. La Iglesia, pues, contempla el nacimiento terreno de María, hija de Joaquín y Ana, a través del misterio de su nacer de Dios.

Precisamente este misterio, la Inmaculada Concepción, brilla con una luz particular en el horizonte del Adviento. Año tras año, este misterio prepara a la Iglesia para la Navidad del Señor. Es también la luz propia del Adviento mediante el cual nos preparamos al gran jubileo; el segundo milenio de la Encarnación del Hijo de Dios. Y simultáneamente el segundo milenio de la Maternidad de María.

La Madre del Hijo de Dios nació de modo excelso de Dios: del seno de la Santísima Trinidad.

Está «emparentada» espiritualmente con Dios mismo.

Le decimos: Hija del Eterno Padre, Templo del Espíritu Santo, Madre del Hijo. Pero también decimos a veces: «Filia Tui beati Filii»: Hija de tu bienaventurado Hijo. Así es, efectivamente, en el orden de la gracia, en la divina economía de la redención.

Todo esto se explica también con el misterio de la Inmaculada Concepción.

5. La Inmaculada Concepción es el primer signo y, a la vez, anuncio del tiempo nuevo. Es comienzo de esa plenitud de los tiempos, de la que habla el Apóstol. Brilla no sólo en el horizonte del primer Adviento que se cumplió ya en la noche de la Navidad terrena de Dios, sino también en el horizonte del Adviento definitivo, al que se acerca continuamente la humanidad «sin saber ni el día ni la hora» (Mt 25, 13).

Con palabras realmente inspiradas, San Anselmo habla de ello en la Liturgia de las Horas:

«Deus est Pater rerum creatarum, et Maria mater rerum recreatarum. / Deus est Pater constitutionis omnium, / et Maria mater restitutionis omnium». «Dios es el Padre de las cosas creadas; / y María es la Madre de las cosas recreadas. / Dios es el Padre a quien se debe la constitución del mundo; / y Maria es la Madre a quien se debe su restauración».

De la Concepción Inmaculada tomó origen la obra de la renovación del hombre oprimido por la heredad del primer Adán.

Que la solemnidad de hoy haga surgir en nosotros un ardiente e incontenible deseo de esta renovación por todos los días de nuestra existencia terrena, y, a la vez, con la perspectiva definitiva.

La perspectiva de la realización de todas las cosas en Dios, del cumplimiento de todas las cosas en Dios: «Dios todo en todos» (1 Cor 15,28).

Que Ella, «la Inmaculada Concepción» —que vino al mundo como la «Llena de gracia»— nos lleve siempre hacia esa renovación en Cristo, según las palabras del Evangelio: «De su plenitud todos hemos recibido» (Jn 1, 16).

Que sea Ella la luz de nuestro Adviento.

Ave, Maris Stella!



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