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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LA ARCHIDIÓCESIS DE CRACOVIA

 

A la querida archidiócesis de Cracovia, a todo el Pueblo de Dios, a mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, a las familias religiosas masculinas y femeninas, ¡a todos!

Os escribo estas palabras, queridos hermanos y hermanas, en el excepcional e inesperado momento en que —por voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, expresada en el Cónclave de los cardenales tras la muerte de Juan Pablo I, de inolvidable memoria—, dejo la Iglesia de Cracovia, la cátedra episcopal de San Estanislao, para asumir la Cátedra de San Pedro en Roma.

No podría, en esta circunstancia, dejar de pensar en vosotros y dirigirme a quienes, durante 20 años, he estado unido de modo tan estrecho por mi ministerio episcopal y, antes todavía, en mi labor pastoral de profesor, y antes aún, en los difíciles años de ocupación durante la guerra, en las experiencias del trabajo físico y, en fin, en toda mi vida desde que nací.

Creedme: al venir a Roma para el Cónclave, no tenía más deseo que el de volver entre vosotros, a mi queridísima archidiócesis y a mi patria. Pero la voluntad de Cristo era diversa: por eso permanezco aquí e inicio la nueva misión que El me ha confiado. Misión muy elevada, pero también muy difícil y de grandísima responsabilidad. Si pensamos y razonamos con nuestra mente, tal misión sobrepasa las fuerzas huma­nas. ¿No tuvo quizá San Pedro, el primero de todos, miedo de esta misión, cuando decía a Cristo: «Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador? (Lc 5, 8). Y también después de la resurrección cuando, indicando al Apóstol Juan, preguntaba: «Señor, ¿y éste, qué?». Pero Cristo le había reafirmado: «¿A ti qué? Tú sígueme» (Jn 21, 21-22).

Queridos hermanos y hermanas: Permitidme que os dé las gracias por todos los años de mi vida, años de estudio, de sacerdocio, de episcopado. ¿Cómo podía saber que todos estos años me habrían preparado a la llamada que iba a dirigirme Cristo el 16 del presente mes de octubre en la Capilla Sixtina?

Sin embargo, en la perspectiva de este día debo volverme a mirar a todos aquellos que me han preparado, sin saberlo, para esta llamada. Esto es: mis queridísimos padres, que desde hace mucho tiempo ya no viven; mi parroquia de Wadowice, dedicada a la Presentación de la Virgen en el templo; las escuelas elemental y media; la universidad Jaghellonica, la facultad de teología, el seminario eclesiástico. ¿Qué debería decir de mi predecesor en la cátedra de San Estanislao, el cardenal Adan Stefan Sapieha, y del gran exiliado, el arzobispo mons. Eugenius Baziak, de los obispos, sacerdotes y tantos fervorosos Pastores, profundos y excelentes profesores, religiosos y religiosas ejemplares; de tantos seglares de ambientes diversos que he encontrado en mi vida; de los compañeros de escuela, universidad y seminario; de los obreros de "Solvay", de los intelectuales, escritores, artistas, gentes de distinta profesión; y también de tantos matrimonios, de los universitarios, de los grupos apostólicos, de los oasis, de tantos muchachos y muchachas que buscan el sentido de la vida con el Evangelio en la mano y que a veces encuentran el camino de la vocación sacerdotal o religiosa?

Todo esto lo llevo en mi corazón y en cierto modo lo tengo conmigo: toda mi querida Iglesia de Cracovia, parte singular de la Iglesia de Cristo en Polonia, y también de la historia de nuestra patria. La Cracovia vieja y nueva, las nuevas zonas de la ciudad, los hombres nuevos, los nuevos barrios, Nowa Hutta; la solicitud por la urgencia de nuevos templos y parroquias, las nuevas exigencias de evangelización, la catequesis y la pastoral. Todo esto sigue conmigo en la Cátedra de Pedro. Todo esto constituye una parte de mi alma que no puedo abandonar. La parte de mi experiencia, de mi fe, de mi amor que se ensancha y abarca tantos lugares que me son muy queridos; tantos santuarios de Cristo y de su Madre, como Mogila, Ludzmierz, Myslenice, Staniatki o Rychwald, y especialmente Kalwaria Zebrzydowka, con sus senderos que recorría con tanto placer. Conservo en los ojos y en el corazón el panorama de la tierra de Cracovia, de Zywiec, de Slask, de Podgale, Beskidy y Tatra. Ofrezco al Señor esta tierra tan amada y todo el paisaje de Polonia, pero sobre todo sus hombres.

Una vez más doy las gracias a los obispos: Julian, Jan, Stanislaw, Albin; al cabildo metropolitano, a los que trabajan en la curia, al consejo presbiteral, a los decanos, párrocos y vicarios, porque la mayor parte de vosotros, queridos hermanos, habéis recibido vuestra ordenación de mi ministerio episcopal.

Al escribir estas palabras, deseo aseguraros mi fiel recuerdo y mi oración constante.

Deseo que aceptéis como dirigidos a vosotros los pensamientos que he expresado en la carta a todos los connacionales.

He debido dejar Cracovia en vísperas de los preparativos para el gran jubileo de San Estanislao. Quizá Dios me permita tomar parte en él. Espero que el trabajo de 7 años en honor de San Estanislao, aquel trabajo que iniciamos juntos en 1972, madure y dé sus frutos con las decisiones del Sínodo pastoral y con todo lo que tienda a la renovación de la Iglesia de Cracovia dentro del espíritu del Vaticano II.

Dios bendiga a todos en esta obra. Bendiga al nuevo metropolitano de Cracovia, a quien le sea asignada después de mí la cátedra de San Estanislao, y a todo el Pueblo de Dios de esa Iglesia. Una vez más os confío a Cristo, a través de las manos y el corazón de la Madre de Dios.

Ciudad del Vaticano, 23 de octubre de 1978.

 

IOANNES PAULUS PP. II



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