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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS RESPONSABLES DE LA OBRA PONTIFICIA DE LA INFANCIA
MISIONERA CON OCASIÓN DEL AÑO INTERNACIONAL DEL NIÑO
 

 

Mons. D. Simon Lourdusamy,
Presidente del Consejo Superior
de la Obra Pontificia de la Santa infancia

En este año Internacional del Niño me ha parecido muy oportuno responder al deseo de muchos responsables de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, dirigiéndoles una palabra de estimulo, destinada también a los niños que en todos los países pertenecen a este Movimiento de la Iglesia, y a todos aquellos que los educan en el espíritu misionero. Será muy grato para usted, en cuanto Presidente de una obra tan predilecta para el Papa y de gran valor para su ministerio de verdad y caridad, hacer a los niños partícipes de este mensaje.

La floración de nuevos Movimientos de apostolado, bajo el bien conocido impulso del Papa Pío XI, pudo dejar en olvido a las Asociaciones más antiguas, con frecuencia centradas más bien en la piedad, y correspondientes a una determinada época y sus necesidades. En cuanto a la Obra de la "Santa Infancia", fundada hace más de 130 años por la intuición y celo de mons. Forbin Janson y ahora denominada "Obra de la Infancia Misionera", no podemos dejar de admirar todo cuanto, desde sus comienzos. ha tenido de realismo y aun de modernidad. ¿Qué otra cosa se proponía dicha Obra, sino promover, por medio de los niños mismos, la salud espiritual y corporal de las niños nacidos en países poco evangelizados y poco afectados por el desarrollo técnico de que hoy comienzan a beneficiarse? Sí, el celo por el bautismo de los niños en peligro de muerte, la protección y a veces el rescate de los niños que lograban sobrevivir, la adopción de estos mismos niños por parte de familias cristianas, el cuidado y esfuerzo por su instrucción, constituían una verdadera red de solidaridades humanas y espirituales entre los niños de los antiguos y de los nuevos continentes. Pero efectivamente —y es la paradoja de nuestra época—, crecen sin cesar las necesidades materiales, y más todavía las necesidades morales y religiosas. La infancia misionera y su jóvenes obreros apostólicos, de quienes encontramos, en algún sentido, cierto prototipo en el Evangelio, tienen siempre su puesto en el anuncio de la Buena Nueva (cf. Evangelii nuntiandi, 72).

El fundador de esta Obra Pontificia reflexionó ciertamente sobre la que podemos llamar "la pastoral de Jesús" y que comportaba una cierta pastoral de la infancia. Cristo quiere que dejemos que los niños vayan a El. Admira su sencillez y su confianza, su transparencia y su generosidad. El Evangelista Mateo nos dice que Jesús llamó a uno de ellos y, colocándolo en medio de sus discípulos que discutían sobre méritos y precedencias, lo presentó a ellos como modelo de los que desean entrar en el Reino de los cielos. ¡Más aún! El Señor se identifica con el mundo de los pequeños: "El que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe" (Mt 18, 5). ¡Y llegó e maldecir a aquellos que los escandalizan! Jesús no condiciona a los niños, no se sirve de los niños. Los llama y los hace copartícipes de su plan de salvación del mundo. ¡Qué maravilla! Lo hizo notar claramente el Apóstol Juan al citar las palabras de Andrés, hermano de Pedro, antes de la multiplicación de los panes: "Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero esto, ¿qué es para tantos?" (Jn 6, 9). Jesús agradeció este humilde don y, con su poder divino, le dio dimensiones que el pequeño donante no podía prever.

También hoy los niños cristianos, formados en el conocimiento y amor evangélico hacia los niños de su edad privados de los bienes necesarios para su desarrollo integral. pueden cooperar en este trabajo de justicia, de solidaridad, de paz, de expansión del Reino de Dios. Y de este modo, esos niños no sólo desarrollan y personalizan su vida bautismal y humana, sino que interpelan y evangelizan al mundo de los adultos, a veces insensibilizados y escépticos ante la necesidad y eficacia de la solidaridad de la donación de sí mismo.

Con estas reflexiones sobre la actualidad de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera y de sus fuentes evangélicas, quiero animar a utilizar todos los medios para su progreso. Confío mucho en el celo bien conocido, prudente y perseverante de los responsables nacionales, regionales y diocesanos. En armonía con los otros Movimientos de apostolado de la infancia, deberán ellos mejorar constantemente sus métodos de acción, diferentes sin duda de un país a otro, pero ciertamente convergentes.

Sin considerarlo exhaustivo, hay que subrayar en primer lugar el puesto privilegiado que la oración de los niños ocupa en una óptica misionera; y es necesario unir a ella el interés permanente por la información y la formación de los niños mediante programas catequéticos, sólidos y bien adaptados, sesiones para educadores de niños en el espíritu misionero, renovación bien estudiada de las actividades educadoras misioneras, desde el diseño y la expresión escénica. hasta la constitución de grupos unidos en fraternidad. la organización de colectas debidamente presentadas y realizadas, especialmente en el campo de los medios catequísticos, a veces tan limitados. No hay que olvidar tampoco el educar a los niños a considerar y estimar las riquezas culturales y religiosas de aquellos a quienes quieren ayudar, en un clima de intercambio mutuo y verdaderamente fraternal.

Pero es mi deseo, sobre todo, que la Jornada mundial de la Infancia Misionera, felizmente situada en el tiempo de Navidad y Epifanía, sea para los niños, para sus educadores —entre los que desearía ver a muchos adolescentes—, y aun para sus familias, el momento del impulso anual para una solidaridad humana y cristiana cada vez más meditada, eficaz y recíproca.

Con esta firme esperanza, invoco pata la infancia misionera los dones del Espíritu Santo, y envío a su Presidente, a los responsables nacionales y a sus colaboradores, y a todos los niños del mundo que dan lo mejor de sí mismos a esta Obra eclesial. mi afectuosa bendición apostólica.

Vaticano, 10 de abril de 1979.

IOANNES PAULUS PP. II



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