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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL III CONGRESO MISIONERO LATINOAMERICANO

Lunes 6 de julio de 1987

 

1. Amados Hermanos en el Episcopado
y queridos Congresistas venidos de toda América Latina:

Me es muy grato dirigiros estas palabras con ocasión del III Congreso Misionero Latinoamericano, que tiene lugar en Bogotá y que ha tomado como lema: “América, llegó tu hora de ser evangelizadora”.

En vosotros quiero hacer presente mi saludo a todas y cada una de las Iglesias particulares del continente: a los Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, a todos los hijos e hijas de la Iglesia.

Un saludo de gratitud va dirigido también a los organizadores y responsables del Congreso: a Monseñor Mario Revollo Bravo, Arzobispo de Bogotá; a los representantes de cada una de las Conferencias Episcopales del continente y a sus respectivas Comisiones Episcopales de Misiones; a las Direcciones Nacionales de las Pontificias Obras Misionales y al Departamento de Misiones del CELAM. Y, junto con ellos, a tantas personas que con la oración y el sacrificio ayudan a hacer presente el Reino de Dios en el mundo.

2. Os habéis señalado como objetivo general del Congreso: Impulsar en las Iglesias particulares de América Latina el sentido misionero para que, con motivo del V Centenario del comienzo de su evangelización, realicen el propósito expresado en Puebla de “proyectarse más allá de sus propias fronteras” (Puebla, n. 368). Hace un año, durante mi visita pastoral a Colombia, os recordaba con insistencia este mismo objetivo, cuando os decía que “ha llegado para toda América Latina la hora de emprender una evangelización sin fronteras” (Encuentro con los sacerdotes, seminaristas y religiosos  en la catedral de Bogotá, n. 8, 1 de julio de 1986: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IX, 2 (1986) 23).

Bien sabéis cuán cercano me siento de vosotros; con cuánta solicitud mi corazón comparte vuestras inquietudes y aspiraciones; con qué gozosa esperanza veo llegar la hora misionera de vuestras Iglesias particulares.

Signo de mi comunión profunda con vosotros, quiere ser también la presencia del Señor Cardenal José Tomko, mi Enviado especial para este III Congreso Misionero Latinoamericano.

¡América, ha llegado tu hora de ser evangelizadora, de ir más allá de tus fronteras!

3. Interpelados por los “signos de los tiempos”,—a casi ya quinientos años del inicio de la evangelización de vuestros pueblos y a las puertas del tercer milenio cristiano—, os habéis reunido para estudiar la manera de ayudar a las Iglesias particulares de América Latina, a concretar su compromiso de proyectarse más allá de su fronteras, dando a las misiones, desde su pobreza.

No es necesario deciros con qué atención y solicitud he seguido las actividades que han preparado este Congreso, que se desarrolla en la línea de los dos primeros celebrados en Torreón y en Tlaxcala (México). Hago fervientes votos para que de esta asamblea, de este privilegiado “cenáculo”, surjan propuestas, sugerencias y líneas de acción, capaces de ofrecer a cada Iglesia particular la posibilidad de traducir en la práctica y sin dilación el compromiso asumido, que hará de vuestro continente un continente de esperanza misionera para toda la Iglesia . . .

4. En mis oídos resuenan las palabras del Divino Maestro: “Id y haced discípulos a todas las gentes... enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Este mismo mandato ha motivado los viajes misioneros del Sucesor de Pedro a los cinco continentes. Hoy, al contemplar el panorama que ofrece una gran parte de la humanidad que aún no ha descubierto a Cristo y recibido su mensaje de salvación integral, el mandato del Señor Jesús cobra mayor fuerza y se hace sumamente apremiante.

Al final del segundo milenio cristiano, la Iglesia, que es “misionera por naturaleza”, no puede cerrar los ojos a semejante panorama y a tales exigencias.

Para que América Latina pueda responder a este permanente llamado que hace la Iglesia universal, ha de saber comunicar a los demás la fe recibida, compartiendo las gracias particulares que han acompañado el don de la fe.

Durante este medio milenio de vida cristiana en América Latina, el Espíritu Santo ha enriquecido con sus dones a las diversas comunidades de creyentes concediéndoles grandes santos y numerosos misioneros. De este modo se han ido preparando los caminos para poder llevar ahora el Evangelio al mundo de hoy, ep todos sus espacios y ambientes. No se puede olvidar que "vuestra hora misionera es el compromiso de una herencia recibida” (Celebración de la Palabra en Tumaco, n. 4, 4 de julio de 1986: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IX, 2 (1986) 105).

5. América está llamada a ser “continente de la esperanza misionera”. Debe y podrá serlo si renueva “su inspiración más profunda, la que le viene directamente del Maestro: ¡A todo el mundo! ¡A toda creatura! ¡Hasta los confines de la tierra!” (Evangelii Nuntiandi, 50). Debe y podrá serlo enviando, desde su pobreza, mensajeros que anuncien a todas las gentes el “Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree..., porque en él se revela la justicia de Dios” (Rm. 1, 16-17).

La Iglesia en América ha sido y es consciente de que proclamar y dar testimonio del Evangelio a todas las gentes es una responsabilidad de todos y cada uno de los Obispos, consagrados “para la salvación de todo el mundo” (Ad Gentes, 38; Lumen Gentium, 23). Es también responsabilidad de todo sacerdote, religioso y religiosa, que, en comunión con sus Pastores, están llamados a participar plenamente, en conformidad con su propio carisma, en la edificación del Cuerpo Místico de Cristo, en todas las regiones de la tierra. Y lo es, igualmente, de todo bautizado, pues creer en Cristo exige interesarse por la salvación de todos los hombres, sus hermanos.

Gracias a esta conciencia, la Iglesia en América ha hecho ya mucho por el mundo misionero. Pero lo que falta y es posible hacer es mucho mas.

¡Sí, América, ha llegado tu hora!

Examinad pues, queridos Hermanos en el Episcopado, amados hijos e hijas, esta urgencia prioritaria. Que este encuentro, como signo de unidad y comunión eclesial, os mueva a todos, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos para que con vigoroso empeño,—en palabras de mi venerado predecesor el Papa Pío XII— podáis “complir la misión que la Divina Providencia parece haber confiado a ese inmenso continente, que se enorgullece de su fe católica, y de tomar parte preferente en la nobilísima tarea de comunicar, más allá de sus propias fronteras, los preciosos dones de paz y salvación” (Pío XII, Ad Ecclesiam Christi, die 29 iun. 1955: ASS 47 (1955) 541)

6. Pido a Dios que dé nuevo impulso a vuestro compromiso misionero durante este Año Mariano. Que María, Estrella de la Evangelización, la primera evangelizadora de América, “presente en la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el Reino de su Hijo” (Redemptoris Mater, 28), OS acompañe y asista en vuestras jornadas de estudio y reflexión y obtenga del Señor las gracias necesarias para hacerlas fructificar abundantemente. Los santuarios, dedicados a Maria en cada uno de vuestros pueblos, se van a convertir en un Magnificat misionero que, como canto de Iglesia peregrina precedida por María en marcha hacia el V centenario de vuestra evangelización y hacia el año dos mil, va a señalar la hora misionera de toda América Latina.

A todos bendigo de corazón, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.



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