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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO DE PASTORAL EVANGELIZADORA CELEBRADO EN MADRID DEL 11 AL 14 DE SEPTIEMBRE 

 

Amados hermanos en el episcopado de España;
queridos sacerdotes, religiosos y religiosas;
catequistas y demás agentes de pastoral:

1. Me complace enviar un cordial saludo a todos los participantes en el Congreso de pastoral evangelizadora que bajo el lema «Jesucristo, la buena noticia», se celebra en Madrid durante los días 11 al 14 de septiembre. Después de una atenta y cuidada preparación en muchas diócesis, os reunís numerosos en la capital de España para estudiar los contenidos prioritarios de la nueva evangelización, analizar sus métodos y lenguaje ante los desafíos de la sociedad actual y formular propuestas para una pastoral misionera, contribuyendo así a la preparación del gran jubileo del año 2000 en todas las diócesis de España.

Dentro de pocos días comenzará la visita ad limina de los obispos de esa amada nación, y ya en la semana siguiente a este Congreso tendré la alegría de recibir al primer grupo. Por eso, mi palabra, llena de afecto, quiere ser también como un preámbulo a cuanto tendré ocasión de manifestar a los obispos que vendrán hasta la Sede de Pedro para hacerme partícipe de las ilusiones y aspiraciones, los gozos y esperanzas, las realidades y proyectos, las cruces y dificultades que acompañan la vida de la Iglesia en ese país.

El presente Congreso forma parte del Plan de acción pastoral de la Conferencia episcopal española para el cuatrienio 1997-2000 titulado «Proclamar el Año de gracia del Señor». Así habéis querido responder a mi invitación a preparar la celebración del gran jubileo del año 2000 en la Iglesia universal y en cada Iglesia particular. Escrutando en los signos de los tiempos la voluntad salvífica de Dios en el momento presente, vemos que estos años que preceden al cambio de siglo y de milenio son cruciales para fortalecer la tarea evangelizadora, para lo cual hay que contar con el compromiso radical de todo el pueblo fiel, comenzando por los obispos, primeros responsables, los sacerdotes, sus inmediatos colaboradores, así como los religiosos y religiosas, los miembros de los institutos seculares, los diferentes grupos eclesiales, asociaciones y movimientos apostólicos, las familias cristianas; en definitiva, cada Iglesia particular en su globalidad ha de sentirse realmente empeñada en esta misión a las puertas del tercer milenio.

2. La Iglesia en España, desde sus orígenes, se ha visto animada por un gran espíritu evangelizador. Su gloriosa historia de santos, mártires y misioneros lo atestigua, espléndida fue la epopeya evangelizadora que realizó en América y aún hoy en día la acción constante de tantos evangelizadores y misioneros, dentro y fuera de sus fronteras, demuestra su vitalidad. En los últimos decenios del siglo actual, la Iglesia ha experimentado también los cambios acelerados que vive la sociedad. Estos cambios exigen que se revise su actuación en orden a una evangelización y una pastoral que responda a la nueva situación, que en España, al igual que en otros países de honda tradición católica, «encuentra especial dificultad en aquellos que fueron evangelizados y no viven conforme a la fe» (Proclamar el Año de gracia del Señor, 44). Además se debe hacer frente al fenómeno de la «particular erosión en las convicciones religiosas y éticas de una buena parte de su población, para la que el relativismo imperante y el mito del progreso materialista se sitúan como valores de primer orden y de máxima actualidad, relegando los valores religiosos como si fueran piezas de museo o realidades del pasado» (ib., 45).

Son muchas las cosas buenas que el Espíritu del Señor suscita y valiosas las diversas iniciativas que se emprenden en las tierras de España para fortalecer la fe y sus ricas manifestaciones, lo cual contribuye a enriquecer el noble patrimonio religioso y espiritual de la nación. Sin embargo, se difunde a la vez una tendencia secularista que dificulta la práctica de la vida cristiana, tanto en el orden personal como familiar y social. Esto a veces tiene su reflejo en los jóvenes —muchos de ellos apartados de la fe en Cristo y de la Iglesia—, en la falta de coherencia en cuestiones tan importantes como la moral familiar y social, así como en la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas en algunas diócesis. Ante esta situación, muchos hombres y mujeres de España están comprometidos en anunciar valiente y decididamente el Evangelio, con fidelidad y solicitud para animar la vida de los discípulos del Señor. Su acción sincera va acompañada de la oración y la conversión, lo cual en muchos lugares produce abundantes frutos y prometedoras realidades eclesiales que brotan en las parroquias y en otras obras de la Iglesia y constituyen un don de la gracia de Dios.

Por ello, mi palabra quiere ser de ánimo, exhortándoos a no dejaros vencer por las dificultades, pues como dice el apóstol Pablo: «No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo vendrá la cosecha si no desfallecemos. Mientras tengamos la oportunidad hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Ga 6, 9-10). Proseguid con verdadero amor, con fortaleza y perseverancia en el camino de la nueva evangelización y de la renovación espiritual y apostólica de las parroquias, de las comunidades religiosas, de las asociaciones y movimientos cristianos, según lo que el Señor va suscitando en vuestras Iglesias, en comunión de fe, esperanza y caridad, bajo la guía de los obispos y en fidelidad a las disposiciones del Magisterio.

3. Un campo de especial atención debe ser el de la juventud, mediante diversas acciones encaminadas a su educación y formación religiosa y espiritual, para ayudarles a conocer, amar, imitar y seguir a Jesucristo, el Hijo de Dios y el Salvador de los hombres.

También se les ha de ayudar a acoger día a día el don de la vocación cristiana, tanto en la vida sacerdotal o religiosa, si se sienten llamados por el Señor, como al matrimonio, pues ambos estados son caminos de santidad. A este respecto, forma parte de la evangelización el crear las condiciones necesarias para que los jóvenes puedan oír la llamada de Dios sobre sus vidas.

Asimismo hay que potenciar los esfuerzos ya hechos para preparar a los jóvenes a la vida matrimonial y familiar, así como para atender pastoralmente a las familias jóvenes, sobre todo a las que se encuentran en especial dificultad, en el sentido de favorecer su fidelidad a las enseñanzas doctrinales, espirituales y morales de la Iglesia. Entre los males de nuestra época están las rupturas familiares y el descenso del índice de natalidad, que en España se sitúa entre los más bajos del mundo. No olvidemos que en la familia se fragua el futuro de la humanidad y que como escribí en mi Carta a las familias: «¡Ninguna sociedad humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia! Semejante permisivismo moral llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de comunión entre los hombres» (n. 17).

4. Perseverad, queridos evangelizadores, en mantener vivas la confianza y la esperanza, pues la gracia del Señor no dejará de acompañaros y os ayudará a vencer el espíritu del mundo y sus poderes con la fuerza de su Palabra y de su Espíritu.

En el camino hacia el gran jubileo, en el que se enmarca este Congreso, no olvidéis que la evangelización ha de colaborar al objetivo fundamental señalado en mi carta apostólica Tertio Millennio adveniente: «el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos» (n. 42). Teniendo la mirada fija en Jesucristo, buena noticia para todos los hombres, «Salvador y Evangelizador » (ib., 40), le pido que suscite en vosotros y en todos los fieles de España una fuerte esperanza y os conceda siempre las «motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación del mundo según los designios de Dios» (ib., 46).

Que la Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, presente en vuestros templos y ermitas, en vuestras ciudades y campos, en vuestras casas y familias, os acompañe en los trabajos del Congreso y en el cumplimiento de vuestra misión eclesial y apostólica. Que os sea de ayuda la intercesión de vuestro celestial patrono, el Apóstol Santiago, el primero de los Apóstoles que bebió el cáliz del Señor y bajo cuya guía y patrocinio se conserva la fe en los pueblos de España (cf. Prefacio de la misa de la solemnidad). Con estos deseos os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.

Castelgandolfo, 15 de agosto de 1997



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