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MENSAJE "URBI ET ORBI"
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

(Pascua, 4 de abril de 1999)

 

1. “Haec est dies quam fecit Dominus”.
“Éste es el día en que actuó el Señor”
En el libro del Génesis se dice que primero
fueron los días de la creación,
durante los cuales Dios llevó a cabo
“los cielos, la tierra y sus ejércitos” (2,1);
modeló al hombre a su imagen y semejanza,
y el séptimo día dio por concluida la labor que había hecho (cf. 2,2).

Durante la Vigilia pascual
hemos escuchado esta narración sugestiva,
que nos remonta a los orígenes del universo,
cuando el Señor puso al hombre como responsable de la creación,
haciéndole partícipe de su misma vida.
Lo creó para que tuviera la plenitud de la vida.
Sin embargo, vino el pecado y, con él,
entró la muerte en la historia del hombre.
Con el pecado el hombre fue como separado de los días de la creación.

2. ¿Quién podía volver a unir la tierra al cielo
y el hombre a su Creador?
La respuesta a esa pregunta inquietante nos viene de Cristo,
quien rompiendo las cadenas de la muerte,
ha hecho brillar sobre los hombres su luz admirable.
He ahí porqué esta mañana podemos gritar al mundo:
“Éste es el día en que actuó el Señor”

Es un día nuevo: Cristo ha entrado
en la historia humana cambiando su curso.
Es el misterio de la nueva creación,
del que la liturgia nos ha dado
sorprendentes testimonios en estos días.
Con su sacrificio en la cruz
Cristo canceló la condena de la antigua culpa,
y reconcilió a los creyentes con el amor del Padre.
“¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”,
canta el Pregón pascual.
Aceptando la muerte destruyó el pecado de Adán.
Su victoria es el día de nuestra redención.

3. “Haec est dies quam fecit Dominus”.
El día en que actuó el Señor
es el día del asombro.

Al alborear del primer día después del sábado,
“María Magdalena y la otra María
fueron a ver el sepulcro” (Mt 28,1),
y fueron las primeras en encontrar la tumba vacía.
Testigos privilegiados de la resurrección del Señor,
dieron esta noticia a los Apóstoles.
Pedro y Juan corrieron hacia el sepulcro,
vieron y creyeron.
Cristo les había hecho sus discípulos,
ahora se convierten en sus testigos.
Así se realiza su vocación:
ser testigos del hecho más extraordinario de la historia,
la tumba vacía y el encuentro con el Resucitado.

4. “Haec est dies quam fecit Dominus”.
Éste es el día en que, como los discípulos,
todo creyente es invitado a proclamar
la sorprendente novedad del Evangelio.
Pero, ¿cómo hacer resonar este mensaje
de alegría y de esperanza, cuando las tristezas y las lágrimas
inundan tantas regiones del mundo?

¿Cómo hablar de paz,
cuando se obliga a huir a las poblaciones,
cuando se da caza a los hombres
y se incendian las viviendas,
cuando el cielo se estremece con el estruendo de la guerra,
cuando resuena sobre las casas el silbido de los proyectiles
y el fuego destructor de las bombas devora las ciudades y aldeas?
¡Basta con la sangre del hombre, derramada cruelmente!
¿Cuándo se quebrará la espiral diabólica
de las venganzas y de los absurdos conflictos fratricidas?

5. Imploro al Señor resucitado el don precioso de la paz
ante todo para la martirizada tierra del Kosovo,
donde continúan mezclándose lágrimas y sangre
en un dramático escenario de odio y violencia.
Pienso en los muertos, en los que se quedan sin casa,
en quienes son arrancados de sus familias,
en quienes son obligados a huir lejos.
¡Que se movilice la solidaridad de todos,
para que la paz y la hermandad, finalmente, vuelvan a tomar la palabra!
Y, ¿cómo permanecer insensibles frente al aluvión sufriente
de hombres y mujeres del Kosovo
que llaman a nuestras puertas buscando ayuda?
En este santo día, siento el deber
de dirigir una llamada apremiante
a las Autoridades de la República Federal de Yugoslavia
para que permitan la apertura de un corredor humanitario,
que haga posible el llevar ayuda a las poblaciones
hacinadas a lo largo de la frontera del Kosovo.
Para la acción de solidariedad no pueden haber fronteras
son siempre necesarios los corredores de la esperanza.

6. Pienso también en las regiones de África,
donde tardan en apagarse preocupantes focos de guerra;
en las Naciones de Asia, donde no se suavizan
las peligrosas tensiones sociales;
en los Países de Latinoamérica,
empeñados a recorrer un azaroso y agotador camino
hacia metas de mayor justicia y democracia.
Ante los signos persistentes de la guerra,
ante tantas y tan dolorosas derrotas de la vida,
Cristo, vencedor del pecado y de la muerte,
exhorta a no claudicar.

¡La paz es posible, la paz es apremiante,
la paz es responsabilidad primordial de todos!
Que el alba del tercer milenio vea el surgir
de una nueva era en la que el respeto por cada hombre
y la solidaridad fraterna entre los pueblos
derroten, con la ayuda de Dios,
la cultura del odio, de la violencia y de la muerte.

7. En este día la Iglesia,
exhorta a la alegría en todo el orbe:
“Ha llegado hoy el gozoso día, esperado por todos nosotros.
¡En este día Cristo ha resucitado, Aleluya, Aleluya!”(Canción polaca del s. XVII).
“Haec est dies quam fecit Dominus:
exultemus et laetemur in ea”.
“Este es el día en que actuó el Señor,
sea nuestra alegría y nuestro gozo”
Sí, hoy es día de gran gozo.
Se alegra María
tras haber sido asociada en el Calvario
a la cruz redentora del Hijo:
“Regina caeli, laetare”.
Contigo, Madre del Resucitado,
toda la Iglesia da gracias a Dios
por la maravilla de una vida nueva
que la Pascua ofrece cada año
a Roma y al mundo entero, ¡Urbi et Orbi!
Cristo es la vida nueva:
¡Él, el Resucitado!



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