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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL NUEVO EMBAJADOR DE LUXEMBURGO ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 18 de enero de 1982

 

Señor Embajador:

El contenido de las nobles palabras que acaba de dirigirme me ha emocionado vivamente. Al expresarle mi agradecimiento, le hago presentes mis mejores deseos para su misión de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario.

Más allá de su persona, se vuelve mi pensamiento a Su Alteza Real el Gran Duque Juan que preside los destinos de Luxemburgo, y hacia Su Alteza Real la Gran Duquesa Josefina Carlota: es un placer reiterarles, a ellos y a su honorable familia, mi respetuoso recuerdo y mis fervientes votos. Saludo igualmente a cuantos llevan la pesada carga del bien común, en el seno del Gobierno, y a todo el Pueblo luxemburgués, famoso a justo título por su unidad y su valor a través de las vicisitudes de la historia, por su adhesión a los valores religiosos y en especial a la fe católica. Esta fe, podría decirse, ha cimentado el alma del País y, desde siempre, viene siendo compartida por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Evoco aquí, lleno de satisfacción, su fidelidad cristiana, celosamente mantenida por su obispo, Mons. Jean Hengen.

Los votos que hago, Señor Embajador, se refieren en primer lugar al bien de su Patria. Ha puesto de relieve, entre otras cosas, la delicadeza de su posición política y económica, en razón de su situación geográfica. Muchas veces, es cierto, fue difícil la paz en esa encrucijada de pueblos y civilizaciones en que está enclavado su País. ¿Y cómo evitar hoy las incertidumbres de una crisis económica tan general? En otro orden de cosas, ciertos planteamientos culturales nuevos, difundidos de muchas maneras, y el cambio en las costumbres que tantas sociedades conocen, podrían parecer que tienden a romper la adhesión de sus compatriotas a los valores éticos y religiosos, e incluso al respeto de la vida y de la dignidad humana. Pero el Pueblo luxemburgués ha demostrado ampliamente en el pasado estar resuelto a hacer frente a estas dificultades y a prepararse un futuro de progreso digno de este nombre.

Ampliando el horizonte, ¿cómo olvidar, además, la posición privilegiada que ocupa su País en el seno de Europa? A pesar de lo reducido del territorio, ha acogido ya a un gran número de trabajadores de otros países europeos, con todos los problemas de integración que esto implica. Sobre todo, Luxemburgo es miembro activo de las instituciones europeas, algunas de las cuales tienen incluso su sede en la capital, como el Tribunal de Justicia de la Comunidad, el Centro de órganos financieros, el Secretariado del Parlamento Europeo. Deseo que su País contribuya, por su parte, a hacer que Europa sea digna de sus raíces cristianas y de su vocación, contribuya también a promover a todos los niveles las relaciones, los intercambios, las cooperaciones, siempre beneficiosas para los asociados, de modo tan armonioso que respete lo mejor de ellos mismos y los conduzca hacia una solidaridad profunda que se va revelando cada día como más necesaria. Es evidente que esta solidaridad de Europa no podría limitarse a la Europa Occidental, sino que debe enriquecerse con los valores que representan las diversas comunidades nacionales que, juntas, constituyen la originalidad de este continente.

Europa, finalmente, no está encerrada en sí misma. Se espera su testimonio y su acción en la escena internacional. Usted ha recordado los principios a los que se adhiere Luxemburgo en la solución de los problemas entre los diferentes países del mundo: paz, libertad, justicia, solidaridad en la cooperación, sobre una base de igualdad y en el pleno respeto de la independencia y la personalidad de las naciones. La Santa Sede alienta, en efecto, a poner en práctica tales principios. Piensa que, en el plano de las relaciones bilaterales, de las Comunidades, de las Alianzas y de las Organizaciones Internacionales, el esfuerzo primordial ha de ser el de impedir que aumente aún más el foso entre países bien provistos y los pueblos del hambre, y el de ayudar a éstos a hacer frente en primer lugar a los problemas más urgentes para su desarrollo. Pero la Santa Sede estima que no es menos necesario cuidar de que a cada pueblo se le garantice verdaderamente su soberanía, sus libertades, su cultura, sus derechos fundamentales, su alma, podría decirse. Ha aludido, por fin, justamente a lo que “degrada” a los hombres de este tiempo, escarneciendo la dignidad humana y los principios más sagrados, en especial el respeto a los inocentes. En esto se hace necesario, una vez más, un resurgir moral que debe expresarse a nivel de los Acuerdos internacionales o de los instrumentos jurídicos pacientemente elaborados. La Iglesia, por su parte, está dispuesta a alentar todos los pasos que se han esbozado en este sentido; y al mismo tiempo, en el marco de su misión religiosa específica, quiere preparar sin tregua este enderezamiento en el plano de la educación y de las convicciones profundas, interpelando a las conciencias con la luz y la fuerza del Evangelio.

Usted será en adelante testigo asiduo de estos esfuerzos de la Iglesia. Le deseo que esta misión, que espero sea muy fructuosa, le llene de alegría. Ruego a Dios que le bendiga y bendiga también a su querido País.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 4, p.16.

 



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