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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA,
LOS DIRIGENTES POLÍTICOS DEL PAÍS
Y LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO*

Yaundé, Camerún
Lunes 12 de agosto de 1985

 

Señor Presidente,
Excelencias,
Señoras y Señores:

1. ¿Cómo permanecer insensible a las afectuosas palabras y a las elevadas consideraciones que acaban de pronunciarse? Por ellas, manifiesto mi vivo agradecimiento al Presidente Paul Biya y, a través de su persona, doy las gracias a cuantos contribuyen a mi acogida en este País tan atractivo de Camerún; siento de verdad una enorme alegría de poderle visitar como Pastor de la Iglesia universal. Esta tarde, tengo el honor de dirigirme a los dirigentes políticos del País y a los diplomáticos: en el ejercicio de mi misión de Pastor universal, considero este encuentro importantísimo, dadas vuestras altas responsabilidades para el progreso de Camerún y la paz del mundo.

2. Mis respetuosos saludos y mis deseos se dirigen en primer lugar a su persona, Señor Presidente que, hará pronto tres años, accedisteis a la magistratura suprema después de haber desarrollado una importante tarea al servicio a vuestro País desde hace muchos años. Sobre usted recae la pesada carga de promover la unidad de la Nación, hacer que todas las fuerzas converjan a su desarrollo, intentando asegurar el bien de todos los cameruneses y animar al País hacia el progreso y la renovación necesarios.

Saludo además a quienes colaboran con usted en esta gran empresa como miembros del Gobierno, los que la mantienen en el terreno de las opciones políticas, como miembros del Comité central y de la oficina política nacional de la «Unión Democrática del Pueblo Camerunés», y a quienes ostentan la responsabilidad legislativa como parlamentarios.

¡Que Dios os ayude en la conducción de los asuntos públicos al servicio de todos vuestros compatriotas!

3. Camerún se presenta en efecto como una encrucijada de etnias, de lenguas, de religiones, abierto a la vez al mundo francófono y anglófono, en el corazón de África y como un país muy típico de este continente africano. Una situación así requiere ciertamente que entre estos grupos diversos haya un espíritu de tolerancia y de diálogo, el respeto a las condiciones particulares de cultura y religión; requiere que se tengan en cuenta las responsabilidades locales y los derechos de cada cual, la estima mutua y la cooperación fraterna. Ello exige, además, por parte de los dirigentes nacionales, una gran vigilancia para que se observe en todas partes este espíritu, para evitar que sean vejados de un modo o de otro los demás y para asegurar la participación de todos en el bien común.

He aquí la situación con la que tiene que contar el Camerún. Una situación más exigente que otras situaciones uniformes. Pero la unión que sabe integrar en la armonía este abanico de realidades diferenciadas y de valores personales tiene posibilidades para ser más rica en humanidad. La Iglesia Católica, por su parte, vive una situación parecida en el plano universal. Y, en este País, yo mismo he podido visitar cuatro provincias con problemas pastorales bastante diversos; he podido escuchar en la liturgia la sinfonía de expresiones lingüísticas variadas. Nuestra comunión está tejida por esta catolicidad. Y nadie está excluido de nuestra simpatía ni de nuestro diálogo: por eso acabo de recibir a la Delegación de las Iglesias Protestantes y luego a la de los Musulmanes.

4. Pero el Camerún no puede ser un mosaico de intereses particulares. Es un Estado soberano, una República unificada. Es una nación. Y a vosotros os toca reavivar la conciencia y hacer converger hacia el bien común los esfuerzos de todos los ciudadanos, la contribución de todas las etnias. Vosotros intentáis desarrollar este sentimiento patriótico que haga que el Camerún se sienta orgulloso de su identidad nacional. Deseáis justamente, que todos participen activamente en la vida pública – dentro del respeto al orden, al bien superior de la Nación y a los derechos de los otros –, para preparar así un futuro digno para todos los hijos de este País, asegurándoles lo más posible una igualdad de oportunidades. Es una tarea inmensa el realizar vuestros proyectos de desarrollo rural integrado, de formación moral e intelectual de la juventud, de creación de empleos, afrontando al mismo tiempo los problemas de la sanidad, la vivienda, el urbanismo, los transportes, los salarios, la protección social.

5. Todos los países, sobre todo los del Tercer Mundo, deben afrontar además un desafío económico y social con medios limitados e intentan poner en movimiento todas sus energías. Lo que interesa es encontrar una forma de hacer las cosas que, por sí misma, desarrolle las mejores cualidades del ser humano, sin recurrir a sistemas opresores, que harían perder al hombre su libertad, y sin dejar tampoco que los poderes financieros acrecienten ciegamente y de forma egoísta su dominio para provecho de unos pocos. También importa evitar la paralización que supone el exceso de burocracia así como los males de la corrupción, de los fraudes y del despilfarro. Uno no puede, pues, dejar de alegrarse al ver cómo se ponen en práctica los llamamientos de los dirigentes de este País a la moralización de los comportamientos: al rigor en la gestión, a la integridad, a la competencia y a la conciencia profesionales, al trabajo bien hecho, a la perseverancia en el esfuerzo, al sentido de la responsabilidad, a la preocupación por el bien común, a la dedicación, a la búsqueda de la justicia social para todos.

6. La Iglesia aprecia esta preocupación ética y espera que dé sus frutos. Ciertamente, en todos los países del mundo, la Iglesia tiene sumo interés en que su objetivo religioso, sus métodos, su doctrina – que es un mensaje de vida espiritual antes de comportar como consecuencia una dignidad moral – no sean confundidos con los del Estado. La Iglesia permanece siempre libre en su juicio sobre las realidades morales. Invita a rebasarlas en la justicia y la caridad, teniendo en cuenta todos los elementos personales y comunitarios y superando los riesgos de la instalación egoísta o del abuso del poder, riesgos que pueden resurgir continuamente.

La Iglesia piensa así mismo que un Estado no podría llevar a buen término su noble tarea de educación del sentido cívico si no se apoya lo suficiente en los Cuerpos intermedios, en las comunidades naturales más restringidas y en las diversas instancias que tienen también ese papel educativo. Pienso, sobre todo, en las familias que deben ser alentadas en su estabilidad y en su misión; en las escuelas que merecen ser apoyadas en la medida en que integran esta formación moral y espiritual en la instrucción.

Por lo demás la formación de las conciencias en la rectitud, en el sentido de la responsabilidad personal, en la solidaridad con los otros va de por sí es lo que la Iglesia intenta como proyección del mensaje cristiano en la vida social. Por ello también ella se alegra cuando constata puntos de convergencia entre su compromiso y los esfuerzos de los responsables políticos.

7. Señoras y Señores, miembros de los Cuerpos Constitutivos de este País, no deseo olvidar tampoco aquellos aspectos de política exterior que tanto os interesan. Deseáis que el Camerún asuma el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones, no sólo para hacer valer sus derechos, sino para aportar su contribución a los esfuerzos de la comunidad internacional en orden a hacer progresar la paz, la justicia, el desarrollo. Y, junto a vosotros, me dirijo ahora a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante este Gobierno y a los representantes de las organizaciones internacionales residentes en Camerún.

Conocéis la participación que la Santa Sede aporta gustosamente a la vida de la comunidad de las naciones, bien sea en los contactos diplomáticos que le permite su estatuto, bien en las reuniones internacionales a las que es invitada. Al comienzo de cada año, yo mismo tengo la oportunidad de exponer al conjunto de los Embajadores acreditados ante la Santa Sede los principios que guían nuestra acción, concerniente a la búsqueda incansable de la paz a través del diálogo, la necesidad de una reducción de los armamentos, la salvaguardia de los Derechos Humanos fundamentales y de las libertades fundamentales, la consolidación de los instrumentos jurídicos que aseguren más justicia, la solidaridad necesaria, sobre todo entre el Norte y el Sur, una eficaz toma en consideración de las necesidades primordiales de subsistencia alimenticia y de higiene y, en general, la solicitud humanitaria hacia todos «aquellos que no han sido tenidos en cuenta a lo largo del camino de la historia» (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 15 de enero de 1983, n. 4)

Hoy, sin tomar en consideración esos puntos a nivel mundial, quisiera considerar con vosotros el bien común del continente africano, en el que desempeñáis vuestra misión. Me parece que ese bien pasa sobre todo por el respeto a la identidad de África y a su dignidad, por la contribución a su desarrollo económico, por el aliento a su progreso moral. La pregunta que se plantea a nuestra conciencia es la siguiente: ¿qué hacemos nosotros, qué podemos hacer nosotros para favorecer sinceramente el bien de todos nuestros hermanos y hermanas de África?

8. La dignidad supone en primer término una verdadera independencia nacional (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 14 de enero de 1984, n. 2). Éste es ya el caso de casi todos los países del continente africano; y se espera que los que no son aún independientes – pienso sobre todo en Namibia – lo serán sin tardanza, de forma honrosa y pacífica, como todas las demás naciones africanas. La etapa de la independencia, felizmente realizada durante estos veinticinco años, debe permitir que los efectos con que se contaba y que ya se han obtenido se desarrollen aún más, ¿Quién negará que se trata, en este punto concreto, de un elemento capital para la plena responsabilidad de las naciones interesadas, para el desarrollo coherente con sus propios valores humanos, morales y espirituales, y para un fortalecimiento de la comprensión y de la solidaridad entre los países de África? Y, sin embargo, la independencia no resuelve por sí sola los graves problemas de la evolución de un país. Muchos temen aún, del exterior, una forma de dependencia más sutil, económica o cultural, en cuyo marco sufran ciertos influjos ideológicos que han dejado penetrar en su civi1ización.

Por encima de estos deseos de plena libertad en la dirección de sus asuntos internos, los países africanos desearían sin duda que los países de los otros continentes tengan más en cuenta, en el plano internacional, sus propuestas y sus decisiones que, por lo general, llevan el sello de la moderación y no apelan a la violencia.

En definitiva, a lo que desearían llegar ahora estas jóvenes naciones independientes, sería a la autosuficiencia.

9. La autosuficiencia económica no puede significar que el País se repliegue sobre sí mismo, lo cual no sería ni posible ni deseable. Pero es normal que cada uno de los países de África tome las riendas de su propio desarrollo y sea alentado a hacerlo, utilizando todos los recursos naturales de que dispone y asegurando la expansión de producciones adaptadas a sus necesidades. También es deseable que se desarrolle, allí donde ya exista, una solidaridad con los países africanos que pertenecen a la misma área geográfica, o que se establezca donde aún no exista. Estas relaciones naturales de vecindad han dado ya buenos resultados.

Saludo asimismo los esfuerzos de la Organización de la Unidad Africana: ¿Cómo no desear que progrese esta unidad, así como otras Organizaciones continentales, para asegurar una marcha coherente hacia la solución equitativa de los diversos problemas políticos y sociales de África?

Es necesario, en fin, que la Comunidad internacional siga aportando su ayuda e incluso la aumente, dada la situación de urgencia en muchos países africanos en el terreno del hambre, de la sanidad o de las inversiones. Es de esperar que los problemas de seguridad Este-Oeste no polaricen demasiado la atención y el empleo de los recursos en los países llamados del Norte: ¡Ojalá se preocupen más de las diferencias crecientes con los llamados países del Sur y comprendan que la interdependencia es también para ellos una cuestión de supervivencia! Pero el punto sobre el cual los países del Tercer Mundo manifiestan con todo derecho una sensibilidad especial es el cuadro en el que se inscribe esa ayuda: no aceptan que ésta oculte un deterioro de los términos del intercambio o ciertas injusticias en el comercio o las inversiones. Desean que se les ayude lealmente a salir del problema inextricable de los préstamos y las deudas demasiado pesadas a las que se ven obligados a comprometerse a costa de grandes riesgos.

Quienes busquen el bien de África, sean del Norte o del Sur, procurarán reconsiderar de nuevo estos problemas con equidad y abrir la vía a soluciones realistas y justas, capaces de salvaguardar la dignidad de los países que tienen derecho a progresar en el desarrollo.

10. Si un progreso así no es auténtico sino en la justicia, no resulta posible sino en la paz. África necesita paz. No puede soportar guerras, ni siquiera guerrillas, ruinosas en vidas humanas y en destrucciones, que requieren por otra parte gastos militares muy elevados y que exacerban las pasiones, transforman a los hermanos en enemigos. ¿Quién podría resignarse a guerras fratricidas e incluso en ciertos casos a genocidios?

Ante los conflictos aún existentes o que renacen, todo el mundo debe plantearse honestamente la pregunta sobre sus causas. Las injusticias cometidas por ciertos regímenes en el terreno de los Derechos del hombre, en general, o de las reivindicaciones legítimas de una parte de la población, a la que se niega la participación en responsabilidades comunes, desencadenan levantamientos de una violencia deplorable, pero que no podrán ser superados más que con el restablecimiento de la justicia. También es verdad que ciertas ingerencias externas promueven guerrillas con el sólo objetivo de desestabilizar (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 14 de enero de 1984, n. 4). Es cierto, en fin, que la venta de armas realizada con la única intención de la ganancia animan a los beligerantes.

Quien ame a África evitará al menos soplar sobre esos braseros de violencia, o más bien hará todo lo posible por conducir las partes en litigio a la sabiduría de la paz que responde al deseo profundo de numerosos africanos, suficientemente afectados por otra parte.

11. Entre esas pruebas, todo el mundo piensa en el azote terrible de la sequía que afecta a tantos países, en la zona de Sahel y en muchos otros sitios. El hambre resultante parece conmover, en fin, al mundo entero, pero – más allá de los socorros de urgencia de los que depende la vida de millones de nuestros hermanos y hermanas – todos sabemos que es preciso preparar desde ahora un futuro más seguro. Dios ha puesto suficientes recursos de imaginación en nuestro espíritu, de amor en nuestros corazones y de vigor en nuestros brazos, junto a los medios técnicos que El ha permitido que lográramos obtener para que sea más capaces de salir de una situación de fatalismo. El sentido de responsabilidad por parte de los interesados, la solidaridad generosa de sus hermanos abren las puertas a la esperanza. La FAO y muchos otros Organismos toman muy en serio este reto. La Sede Apostólica contribuye con sus iniciativas, según sus medios; volveré a hablar de ello dentro de poco en Nairobi. ¡Pero que ninguno de nosotros vuelva la espalda a la angustia que afecta a las víctimas del hambre junto a nosotros!

12. Desgraciadamente, tampoco África se ha librado de la triste situación de los refugiados. Nuestro planeta cuenta con decenas de millones de refugiados, pero los de África son especialmente numerosos y probablemente han aumentado el doble en el transcurso de los últimos cinco años. Aquí tenemos que rendir una vez más homenaje a las instancias internacionales, tales como la Alta Comisaría para los Refugiados, que siguen estos problemas con un profundo sentido humanitario y que contribuyen en buena medida al mantenimiento de los campos de refugiados. Sabemos también todo lo que este país de Camerún ha hecho por conceder asilo a los refugiados que han venido de Guinea Ecuatorial y sobre todo del Chad, y por participar en su integración. También en este terreno será preciso poner remedio a las causas de estos desplazamientos forzados. Lo que incita a huir no es sólo el hambre o las condiciones precarias de vida, sino el miedo, la guerra, la injusticia (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 15 de enero de 1983, n. 6). Incluso si se llega a mantener la vida material de una parte de los refugiados, el estado de postración moral en que se encuentran, desarraigados de su patria y sin trabajo, resulta inhumano. Es de desear que sean integrados lo mejor posible en la vida económica y social del país que los acoge; pero la solución mejor es la repatriación voluntaria con garantías de seguridad en su país de origen. Llamo también la atención sobre los innumerables emigrantes, cuya suerte es con frecuencia tan precaria como la de los refugiados.

13. Existen otros azotes que cada uno de los países, ya independientes, debe esforzarse por eliminar. Esos azotes existen también en otros lugares que no son África con tanta o mayor gravedad. A algunos países se les puede felicitar por haber acabado con ellos. Pero vale la pena insistir, una vez más, sobre tales problemas, pues son demasiadas las víctimas inocentes de los mismos y uno se siente impotente para socorrerlas. Querría prestarles mi voz. Deseo hablar de los atentados a los derechos del hombre que, por lo demás, se proclaman con tanta fuerza. Cómo no pensar en los encarcelamientos arbitrarios, en las condenas, incluso en las ejecuciones sin procesos verdaderos, en las detenciones por delitos de opinión en condiciones inhumanas, en las torturas, en las desapariciones. Se apela a la seguridad; nadie negará la oportunidad de las medidas de seguridad ante ciertos peligros que amenazan con hacer vacilar incluso los regímenes democráticos; pero con demasiada frecuencia se apela a ella más de lo necesario, sin garantías de justicia, y como si una divergencia política fuera ya un delito.

Otra injusticia que clama al cielo en ciertas regiones de África es la discriminación racial que, justamente, suscita la indignación del mundo y de la Iglesia. ¡Es deplorable ver cómo se prolonga aún un sistema de segregación que, con el recurso a duras represiones, continúa haciendo demasiadas víctimas, pisoteando un derecho humano elemental!

Entre los Derechos fundamentales de la persona, siento, en fin, la necesidad de citar una vez más la libertad religiosa, pues conozco demasiadas situaciones donde los cristianos son vejados en el ejercicio de su culto y en la obtención de medios necesarios para su formación en la fe. En ciertas regiones de África, la Iglesia sufre, por ejemplo, al ver a sus misioneros expulsados o no acogidos, cuando vienen a consagrar su ministerio al servicio de la Iglesia local, que pide su ayuda, y de las poblaciones, que se benefician de ella; sufre al constatar ciertas formas de discriminación o de suspicacia, de las que son víctimas sus fieles; sufre al ver cómo se atenta contra la vida y la libertad personal de los sacerdotes, los religiosos, las religiosas que testimonian sólo el amor y la paz.

Todas estas situaciones deplorables son el fruto del espíritu de violencia o del orgullo de una minoría muy reducida; con mayor frecuencia, traducen el miedo o la falta de madurez. Deshonran a quienes las instauran. Los Estados que sienten el orgullo de ser soberanos deben mostrarse dignos de su responsabilidad y comprender que tienen deberes frente a sus pueblos y frente a cada uno de sus ciudadanos (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 14 de enero de 1984, n. 4).

14. En realidad, quien ame a África, descubre, por encima de estas miserias universalmente unidas a la debilidad del hombre, cierto número de valores humanos, morales y espirituales que no piden más que desarrollarse y que el Cristianismo, por su parte, desearía alentar y ennoblecer con la paz y la caridad que vienen de Cristo. África puede ofrecer al mundo, entre otros, el ejemplo de la hospitalidad generosa y nunca agotada; el ejemplo de la solidaridad entre los miembros de una misma familia o de una misma tribu, tan sólida que nadie permanece abandonado; el ejemplo de un sentido religioso espontáneo que familiariza con lo invisible. Todos éstos son valores que el mundo moderno necesitaría para evitar las contradicciones y las trampas de un Humanismo privado de sus dimensiones religiosas fundamentales y para realizar una convivencia feliz en todos los niveles de la sociedad.

Señor Presidente, Excelencias, Señoras, Señores: Ved en mis reflexiones el gran deseo de conseguir que este continente africano sea cada vez más amado, respetado, promovido, acogido en la escena internacional. Vuestro honor como responsables políticos y diplomáticos es contribuir al bienestar del pueblo, del vuestro y de todos los de la comunidad humana que no pueden vivir sino siendo solidarios. ¡Que el Altísimo os inspire en esta noble función y os dé su paz!


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.35, pp.6, 7.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 



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