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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE BRASIL
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 21 de enero de 1985

 

Señor Embajador:

1. Es para mí motivo de alegría recibir hoy a Vuestra Excelencia en este acto de presentación de las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federal de Brasil ante la Santa Sede. Es acogido aquí con suma atención e interés, como lo será siempre. Tengo en gran aprecio las palabras que me ha dirigido y que reflejan a un tiempo sus buenas disposiciones personales de dedicarse a la alta misión que hoy comienza, y también ciertamente los sentimientos de afecto del Gobierno y del querido pueblo brasileño hacia el Sucesor de Pedro; en él encuentran plena reciprocidad.

Le doy una cordial bienvenida y le agradezco las expresiones deferentes transmitidas de parte del Señor Presidente, General Joao Baptista Figueiredo, que ha enviado a Su Excelencia y termina ahora sus altas funciones, ruego a usted le comunique mis mejores saludos; e igualmente al Señor Presidente electo, con mis deseos de éxito feliz en la guía suprema de los destinos de la Nación brasileña.

La Santa Sede mira a su País y al pueblo brasileño con gran estima y simpatía, por su rico patrimonio cultural impregnado de tradición cristiana y portador de tantas promesas en el contexto de América Latina y del mundo. Ante el momento histórico que Brasil esta viviendo, existe una expectativa general que deseo sea felizmente satisfecha. Y así será ciertamente con sentido positivo —es lo que yo deseo—, si se tiene en cuenta el pasado de nación pacífica y ordenada que le hacer honor, el carácter de su cultura y sobre todo la índole generosa  de su gente. Ésta seguirá esforzándose sin duda por el bien mayor de cada brasileño, a fin de que disponga de medios suficientes para su realización integral a través de la participación responsable e iluminada en la vida y en los destinos de la comunidad.

2. Con sumo aprecio y cierta añoranza recuerdo mi contacto directo con el pueblo brasileño a lo largo de los doce días de mi grata peregrinación por su País en 1980. Junto con la cortesía de las autoridades, que se desvelaron por facilitar esta visita pastoral, se me han quedado grabadas indeleblemente muchas imágenes de belleza y de bondad; pero sobrepuja a todas la imagen del hombre concreto con toda su verdad, que tuve la oportunidad de encontrar en varias situaciones personales. Vi a este hombre marcado no sólo por la «brasilidad» (identidad de su cultura resultante de la fusión de riquezas culturales y valores espirituales de variada procedencia), sino también por la aspiración generalizada de plasmar y mantener a Brasil como una gran familia.

Miembro de esta familia, el Señor Embajador ha recibido una misión que será – estoy cierto de ello y se lo deseo de corazón – una nueva experiencia que enriquecerá su precedente estancia en Roma. Como es sabido, se trata de llevar adelante un tipo de relaciones muy especiales que no se plasman en acuerdos políticos, económicos o culturales, sino sobre todo en bienes y valores que se sitúan en diferente plano y se procuran conjuntamente a través del diá1ogo y —cuando lo exige el bien mayor de las personas y de los pueblos, y lo consiente la misión propia de la Iglesia— por medio de la colaboración con miras a un mayor bien común, como son la justicia y la paz. Cuidar cuanto se refiere a la supervivencia, salud, educación y promoción de los pueblos, protección de minorías étnicas, posibilidades de trabajo, justa distribución y valorización de bienes primarios y defensa de los valores de la familia, fraternidad social e integridad moral, son campos en los que no es raro que confluyan la solicitud de la Iglesia y la dedicación de los gobernantes de los pueblos.

Como es sabido, dentro de los límites de su misión propia, la Iglesia no cesa de aconsejar a los fieles que compartan con prudencia los esfuerzos encaminados a eliminar o disminuir carencias y emprender verdaderas reformas, afrontar necesidades vitales, facilitar a todos el acceso a los medios de alimentación, sanidad e instrucción, mejorando las condiciones de vida y así garantizar la paz. Sin vincularse a ningún sistema político, en su papel de signo y estímulo para salvaguardia de la trascendencia de la persona humana, la Iglesia se encuentra, e incluso llega a converger, en el mismo camino de la comunidad política cuando se trata de ponerse al servicio de la sublime vocación personal y social de los hombres que la integran y que son al mismo tiempo miembros de la comunidad política (cf. Gaudium et spes, 76).

3. Cuando rendía homenaje a la memoria de los hijos de la Iglesia por la aportación prestada en la tarea de plasmar la sociedad brasileña actual, – caracterizada por una «ecumenicidad» especial, el Señor Embajador ha rescaldado este punto de encuentro de la acción de la Iglesia y del Estado en el terreno de los valores éticos y espirituales; efectivamente, en éstos radica la dignidad de toda persona humana con sus derechos, libertades y deberes, que deben imponerse procurando el progreso auténtico y el bien común por caminos de comprensión, ayuda mutua, justicia y fraternidad, bien diferentes de los caminos de la violencia que estalla cuando estos derechos, libertades y deberes no se ejercen.

En Brasil, nación de larga tradición cristiana, el Estado y la Iglesia han dialogado y tenido la preocupación de mantener actitudes constructivas recíprocas con respeto de los campos respectivos; y es de desear que esto continúe. La Santa Sede agradece ya de antemano todas las veces que Vuestra Excelencia se haga eco de las convicciones y deseos propios de la misión de la Iglesia, que ésta no cesa de manifestar respecto de los grandes problemas y desafíos planteados hoy en el mundo entero y que afectan, por tanto, a todos y a cada uno de los países. No es el momento de enumerar dichos problemas y desafíos; a ellos aludí en mi reciente encuentro con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12 de enero de 1985). Todas y cada una de las naciones están llamadas a interesarse mediante un diálogo serio y franco e incluso a entablarlo evitando omisiones en los imperativos del bien común de la entera familia humana y los imperativos de la solidaridad; como es sabido, cuando ésta es genuina, comporta el respeto a los demás; y es una obligación para con los pueblos que se hallan en dificultad.

Expreso mis mejores votos de que Brasil siga asumiendo con clarividencia y discernimiento su papel en la construcción de un mundo más iluminado por el amor, la justicia, la verdad del hombre y la solidaridad, caminos éstos hacia la paz estable.

A Su Excelencia, que continúa aquí hoy la tradición de relaciones amistosas ininterrumpida desde los albores de la Independencia de su País, le deseo cordialmente que las aspiraciones admirables de dedicación total a servir que acaba de proclamar, se hagan realidad sin obstáculos; y, sobre todo, le deseo un feliz y fecundo desempeño de su misión, que le proporcione alegría y consuelos, y le permita también descubrir mejor el rostro de la Iglesia Católica. Por todo eso pido para Su Excelencia, para el querido pueblo brasileño —y cuantos tienen la tarea de salvaguardar y promover su bien común—, la asistencia, los favores y bendiciones de Dios.


*L'Osservatore Romano, Edición semanal en lengua española, n. 10, p.10.

 


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